Traduce esta página /Translate

English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

La imposición de manos

Cuando el Sacerdote nos impone las manos, el que lo hace, en realidad es Nuestro Señor Jesucristo.

En ese momento Él:

nos BENDICE
nos SANA espiritual, física, animica y psiquicamente,

nos LIBERA de todo mal o atadura
nos DA EL DON DE LA SABIDURÍA, para conocer y saborear las cosas de Dios
y finalmente nos ABRAZA.






La imposición de manos fue una recomendación y una señal de Cristo que iría inherente a los que creyeren en Él. Y así dijo Cristo: "A los que creyeren acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán las serpientes y aunque bebieran algo mortífero, no les dañará. Impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos" (Mc. 16, 17). Esas fueron las palabras de Cristo. Y así se cumplió, fielmente, en los primeros siglos del Cristianismo y hasta nuestros días.
Por medio de la imposición de manos  el  Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles, con la obligación que el Señor impuso: de ir anunciando la Llegada de su Reino, Venida que por estar ahora más próximo que antes, urge llevar a la práctica.


La imposición de manos señala una transmisión, o también una ordenación. En las Escrituras vemos imposición de manos en los momentos de: a) orarse por la salud de los enfermos; b) por la recepción del Espíritu Santo; c) por la ordenación al diaconado; d) por la entrega de un don; e) por el envío de apóstoles (Mr. 16:18; Hch. 6:6; 8:17; 9:17; 13:3; 19:6; 1 Ti. 4:14; 2 Ti. 1:6), también queda implicada la imposición de manos en la palabra griega usada al describir la constitución de los presbíteros o sacerdotes.
Por causa de la realidad de la resurrección de Cristo y la realidad de su entrega de dones a los hombres, existe también la realidad espiritual de la delegación de autoridad que proviene directamente de la Cabeza del Cuerpo, que es Cristo Jesús, mediante el Espíritu Santo, y que opera realmente por Su Iglesia en la que existe realmente el ministerio espiritual del Cuerpo, el cual es un ministerio de justificación y reconciliación, bajo el Nuevo Pacto, en el Espíritu vivificante (2 Co. 3:2-11,17,18; 4:1-6). Tal ministración del Espíritu acontece a través del Cuerpo sujeto a Su Cabeza celestial, por lo cual tal Cuerpo recibe la delegación de autoridad en una forma espiritual y viva, y cuando transmite u ordena, en ejercicio de la autoridad espiritual, entonces hace uso de la imposición de manos, como señal de la realización auténtica y espiritual de tal transmisión y ordenación efectuada, bajo la autoridad directa de la Cabeza y en el poder del Espíritu.
Es por eso que Pablo aconsejaba a Timoteo a no imponer las manos con ligereza (1 Ti. 5:22); se imponen las manos con ligereza cuando se hace apresuradamente y con motivos bajos en un rito hueco y vacío, desprovisto de la realidad espiritual; es decir, en la mera presunción de la carne y sin la verdadera participación y dirección de la Cabeza, Cristo Jesús. Cuando motivos humanos e intereses particulares mueven a hacer ostentación ritual, pero sin haberse atendido a la voz del Espíritu, se está obrando con ligereza. ¿Estará acaso Dios obligado a vindicar o respaldar lo que atrevidamente hacemos en la carne tomando con osadía y presunción Su propio nombre? Sin embargo, la Iglesia sí tiene Su nombre a disposición para obrar en el Espíritu con auténtica autoridad delegada, cuando se habla en íntima sujeción a la Cabeza celestial. Esa es la razón por la cual vemos a los apóstoles, también al presbiterio, orando antes de imponer las manos (Hch. 6:6; 8:15,17; 13:3; 1 Ti. 4:14). Durante la oración opera una relación íntima con la Cabeza celestial, por lo cual el Espíritu Santo puede revelar e impulsar a una auténtica imposición de manos, señalando así una auténtica transmisión espiritual efectuada, o una genuina ordenación efectuada y nacida desde el seno del Cristo glorificado que constituye.
Cuando Dios verdaderamente ordena o da, entonces entrega el carisma que es evidente de por sí. No es que el título meramente haga al ministerio, sino que el servicio prestado o ministerio, según el carisma provisto por Cristo directamente, tiene su propio nombre o título, que entonces, bajo la evidencia del Espíritu y bajo la dirección de la Cabeza celestial, es reconocido oficialmente en la conciencia de la Iglesia, que acata la autoridad de Cristo manifiesta en el carisma y con la cual se edifica espiritualmente.
4 comentarios

Entradas populares