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SS. Pedro y Pablo

Qué le responderíamos a Jesús si hoy nos preguntara: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? / Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer

Mateo 16, 13-19
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los …

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CRUCIFÍCALO - III

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I. A LO LARGO DE LA HISTORIA

¡Crucifícalo!

Uno de los pasajes más desconcertantes del Evangelio es el que recoge el plebiscito popular sobre Jesús. El Evangelista Mateo nos pone en antecedentes:

"Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte; pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último se presentaron dos que declararon: Éste dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo en tres días" (Mt, 26,59-61).

Hasta aquí todo resulta comprensible: se entiende que dos calumniadores a sueldo declaren falsamente ante un tribunal; se entiende que por despecho o por ambición, haya jueces corruptos: son realidades que se han dado -y que se seguirán dando- a lo largo de la historia.

Lo que cuesta entender es la ira que provoca Jesús en unas gentes que tenían tantas razones para estarle agradecidas, y su inesperada simpatía hacia un criminal como Barrabás.

Ese furor desconcertó también al procurador romano, aunque "sabía -apunta el Evangelio- que le habían entregado por envidia".No hubo, entre todo el gentío, ni una vacilación, ni una voz discordante.

"¿A quién de los dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: ¿Pues qué ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!" (Mt, 27,21-23. 3 Ibid 27, 20)

La escena -por mucho que el Evangelista explique que "los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a Jesús" resulta incongruente. Esas multitudes se habían beneficiado de los milagros de Jesús; muchos de aquellos hombres le habían seguido, años atrás, por los campos de Judea; y posiblemente ellos, o sus mujeres, o sus hijos, habían alfombrado el suelo a su paso, pocos días antes, durante su entrada triunfal en Jerusalén.

Los estudios acerca de la mentalidad de aquella sociedad no logran explicar de un modo definitivo esa trágica incoherencia de actitudes, ese ¡crucifícalo! irracional y furioso. Porque no hubo ni tan siquiera uno que alzara su voz para defenderle.

Esa ira casi irracional -que se da en culturas y mentalidades muy diversas- traspasa la frontera de la lógica humana: se adentra en el misterio del mal, en ese mysterium iniquitatis que rodeó la vida terrena de Jesús, yla vida de los santos en muy diversas latitudes de la tierra.

Las acusaciones que se han ido escuchando a lo largo de la historia de la Iglesia contra los hombres y mujeres de Dios, son un eco lejano de ese grito y sus consecuencias han sido las mismas: la crucifixión, física o moral, de los seguidores de Cristo.

Jesús lo anunció claramente: "Si el mundo os odia, sabed que antes de vosotros me ha odiado a mí" y sus palabras se han ido cumpliendo, siglo tras siglo. Al igual que la de Jesús, la presencia de los santos ha sido un signo inquietante y muchas veces incómodo para sus contemporáneos. Las mujeres y los hombres de Dios han experimentado, de un modo u otro, la soledad, la incomprensión o la infamia; la persecución, la calumnia o el desprecio; la Cruz, en definitiva.

"Éstos son los que de generación en generación han seguido a Cristo -recordaba Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificación de Josemaría Escrivá y Josefina Bakhita-: a través de muchas tribulaciones han entrado en el reino de Dios".
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