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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

"El Amor de Dios por encima de la traición del hombre"



Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Flp 2, 6-11;

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 27, 11-54;

Es evidente que la razón de fondo por la cual hoy se lee la Pasión completa, es para que hagamos una visión amplia de todo el Misterio Redentor que vamos a celebrar a lo largo de esta semana.
Los diversos momentos están claramente reflejados por Mateo y los diversos momentos del relato están condensados como para que nos demos cuenta de la magnitud de lo que supone realmente la traición al amor y de lo que supone sobre todo el amor de Dios por encima de la traición del hombre.
Yo solo quisiera destacar dos momentos de este día. Uno en particular de este día y el otro del contexto evangélico que hemos leído.
Al comienzo de la celebración en la procesión de los ramos, recordábamos como la multitud de los hijos de Israel, sacaban agitando palmas y ramos de olivo proclamando: «Hosanna al que viene en nombre del Señor», el Hijo de Dios, el Hijo de David, el Rey de Israel. Y era la gente la que gritaba, la que aclamaba, la multitud de los hijos de Israel. Muchos.
Jesús simplemente conducido por un borrico, montado –digamos- en la humildad personificada entra en Jerusalén. El, el Rey de reyes, el Señor de señores, el Dios de la gloria -como le llama la Escritura- entra sobre un pollino y en silencio.

En el relato no se recuerda ni una sola palabra de Jesús en este momento. Después a lo largo y al transcurso de todas las acusaciones, el evangelista repite en varios momentos: «Jesús callaba». Eran los hombres los que le aclamaban. Ahora, camino del Calvario y llegado a él, eran los hombres los que gritaban lo contrario. Sólo en un último momento Jesús gritó y gritó un versículo de un Salmo que los judíos utilizaban para una de sus oraciones determinadas.
Es curioso la prontitud y la rapidez con que los hombres nos dejamos manipular por las circunstancias, por otros hombres o por quien sea. Nosotros hablamos mucho, gritando que el Señor es el Mesías, que el Señor es Salvador, que el Señor es el hijo de David, Hosanna al Señor. Después, de igual forma o con más firmeza quizás, -como una persona con la que estuve conversando- decimos: Dios me ha abandonado. ¿Dónde está Dios? También hablamos demasiado.
Jesús nos enseña dos cosas fundamentales para nuestro seguimiento de Jesús. Porque la clave está en vivir como El vivió, hacer lo que El nos enseñó y hacer lo que Dios dice.
Jesús es signo indeleble de la estabilidad -diríamos, valga la expresión- cuando ya dijo todo lo que tenía que decir, calló, guardó silencio. Predicó el Evangelio pero después calló, guardó silencio, como enseñándonos: es tiempo de vivir, no es tanto tiempo de hablar. Es tiempo de hacer y de vivir como Dios dice. Es tiempo de encarnar el amor como Dios dice. Es tiempo de expresarlo con gestos y signos claros y convincentes. En este tiempo nuestro todos tenemos algo que decir, aunque sea un sentimiento, o no importa lo que sea. Todo el mundo habla mucho; pero no da la vida por los demás. Lo repetimos. En las puertas de Jerusalén los hombres gritaban, camino del Calvario los hombres gritaban, hablaban, reivindicaban, condenaban juzgaban...
Jesús nos enseña a guardar silencio.
El silencio de la palabra para dejar que sea la vida la que hable. Para dejar que sea el corazón el que hable. Para que nunca las palabras traicionen nuestro corazón. Para que nunca las palabras nos engañen y nos lleven donde no queremos llegar, donde después tenemos que retroceder.

Jesús callaba. Solamente en la cruz antes de expirar: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?» Nos empeñamos muchas veces en interpretar estas palabras como un lamento de Jesús, a veces lo hacemos como justificando nuestros propios lamentos. Pero Jesús no se lamenta. El nos enseña en ese momento una cosa sencilla y, a la vez, sublime: a entregar nuestro espíritu, a entregar nuestra vida en las manos de Dios y a orar. Porque al entregar nuestra vida en las manos de Dios y de orar, nacerá la vida en nosotros y sabremos lo que tenemos que hacer. Pero no a la inversa. La experiencia de Dios, de la oración y de entregar nuestra vida en las manos de Dios, para que El haga, para que El deshaga, para que El nos conduzca, para que El nos marque por donde tenemos que caminar y nosotros fielmente lo hagamos, de ahí nacerá nuestra Vida.
Como decía Pablo: «Hacemos lo que no queremos y no hacemos lo que queremos». Eso es igual que las palabras. Todo lo tolera. Igual que el papel escrito, podemos escribir lo que queramos sin que el papel proteste. Es tiempo -nos dice Jesús- es tiempo de amar y de dar la vida. De amar y de dar la vida. Entregarla al Señor pero darla al mundo, darla a los hombres, como el Señor. Es tiempo de callar pero regalar. Es tiempo de callar pero ofrecer. Es tiempo de callar para vivir. Y solamente Dios puede enseñarnos cómo vivir y eso solamente nos lo puede enseñar a través de la oración.
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