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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

¡El Señor venció a la muerte!




Él está vivo y quiere que vos lo encuentres y que lo invites a tu lado. Cristo resucitado te anda buscando a vos, para que lo conozcas y lo ames. Quiere darte su amor, su amistad, su ternura.

Arduos y pesados han sido los días que preceden a la Resurrección: días de la Pasión y Muerte del Señor. Días de dolor, de pena, de angustia. Días que no tienen sentido para los cristianos, si no se ven de cara a la Resurrección.

Pues, ¿para qué tanto sufrimiento, tanto dolor, tantos actos de amor? No tienen sentido, no sirven para nada, si la Resurrección del Señor no está presente. La vida del cristiano ha de estar orientada hacia la vida eterna, hacia el encuentro amoroso con Dios, con Jesucristo. Cristo vino al mundo para abrirnos las puertas del Cielo, para devolvernos la amistad con Dios.

Todo ello se logra el día de la Resurrección. Alegrémonos, pues, de la Resurrección del Señor.

¡Cristo a Resucitado! ¡El Señor venció a la muerte! ¡El pecado ha sido aniquilado!. ¡Por fin Cristo triunfó! Desde que se hizo hombre en el seno de María, estuvo esperando con ansiedad este momento. Momento de triunfo y de gozo.

Recordemos que Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre para rescatarnos del pecado original, para abrirnos las puertas del Cielo, para pagar la ofensa tan grande que Adán y Eva, nuestros primeros padres habían cometido. Se encarnó para rescatarnos del pecado y de la muerte, para devolvernos la amistad con Dios y ser nuevamente sus hijos. ¡Sí! Para todo ello Jesucristo se hizo hombre. Y lo hizo únicamente por amor a nosotros, a cada uno de sus hijos. Desde que habitó entre nosotros dentro del seno de María, esperaba el momento de pagar esa terrible deuda y devolvernos la amistad con Dios. Esperaba, desde entonces, este momento: la Resurrección. Después de su muerte en la cruz, donde la deuda quedaría cancelada, donde el pecado sería vencido, donde el amor reinaría, Jesucristo resucita de entre los muertos. Él, que es el Señor de la Vida, pues es Dios mismo, cumple su palabra: el que crea en mí, tendrá la vida eterna; quien coma de mi cuerpo y beba de mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré. Y Él mismo resucita, pues no es Dios de muertos, sino de vivos; es Dios vivo.


¡Qué alegría tan grande ha de nacer en nuestros corazones, pues Jesús nos ha devuelto la amistad con Dios! Gracias a su Muerte y a su Resurrección, podemos llamarnos y ser nuevamente, hijos de Dios. ¡Qué felicidad! ¡Nosotros, amigos de Dios, hijos de Dios, herederos del Cielo!

Además, al saber que Jesucristo ha resucitado para no volver a morir, nuestra alma se ha de llenar de tranquilidad y confianza pues sabemos que Dios está con nosotros, se encuentra presente todos los días a nuestro lado. Él nos espera con los brazos abiertos al final de nuestra vida en el mundo, que es el nacimiento a la vida eterna.

Ante esta maravillosa noticia, la buena nueva de la Resurrección del Señor, sería conveniente que nos preguntemos:
¿Creemos en su resurrección? ¿Creemos verdaderamente que Él está junto a nosotros, en nuestra vida de todos los días?
¿Nos interesa de verdad el vivir de acuerdo a sus enseñanzas para que alcancemos voluntariamente la vida eterna?
O, tristemente, por el contrario, ¿no nos interesa su Resurrección? ¿Acaso no creemos en la vida eterna? ¿Despreciamos el amor de Dios por nosotros?

Muchos cristianos decimos con nuestras palabras que amamos a Dios, que creemos en Él, que deseamos llegar a la vida eterna. Pero, en verdad vivimos como si negáramos todo esto, pues vivimos cometiendo pecados, pecados que ofenden a Dios, pecados que lo llevaron a morir en la cruz.

A aceptarlo a Él en nuestras vidas y comportarnos como sus hijos. Recordemos que hace dos mil años Dios se hizo hombre para liberarnos del pecado, de la condenación de nuestras almas, de la muerte eterna. Sin embargo, esto no significa que ya estemos salvados. Cada uno de nosotros, voluntariamente, ha de buscar su salvación y a ayudar a los demás a hacerlo. ¿Tú quieres realmente salvarte? ¿Quieres en verdad aceptar las enseñanzas y mandatos amorosos de Jesús para hacerlos vida de tu vida? ¿Crees verdaderamente que Jesús es Dios? ¿Amas a tu prójimo como Él quiere que lo hagas?

Hoy que Jesucristo nos invita personalmente a vivir su Resurrección, volvamos nuestro corazón, nuestra mente, nuestros intereses, nuestras fuerzas hacia Él, porque Él está vivo y nos invita a vivir con Él esa vida. Descubrámoslo en cada uno de nuestros hermanos, en nuestros familiares, en nuestros hijos y cónyuge, en nuestros padres y parientes, en los pobres, en todas y cada una de las personas con que nos topemos.

Cristo ha resucitado, anda caminando en las calles de todas las ciudades, pueblos y comunidades del mundo. Se esconde en el rostro de los niños, de los enfermos, de los necesitados.

Cristo resucitado te anda buscando a ti, para que lo conozcas y lo ames. Quiere darte su amor, su amistad, su ternura. Quiere invitarte a la vida eterna, a compartir con Él el Reino de su Padre; te busca para decirte que eres heredero de Dios, que eres su hijo, que te espera para darte la vida eterna. Cristo resucitado te busca para decirte que no te angusties en el mundo, que no te sientas triste, solo y abandonado. Él está vivo y quiere que tú lo encuentres y que lo invites a tu lado. Él te busca amorosamente; busca únicamente tu bien; quiere acompañarte todos los días, y a todas horas. Cristo resucitado te anuncia que ya has sido liberado de las garras del pecado, de la muerte, del odio. Cristo resucitado te espera con los brazos abiertos.

Cristo resucitado únicamente te pide una cosa, sin la cual de nada servirá todo lo que Él sufrió, todo el esfuerzo que hizo para que tú puedas estar con Él: te pide, nos pide, que amemos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo. Es decir, que no permitamos que el pecado llegue a nuestras vidas, que es lo que nos separa de Dios; y que amemos a todos los que tenemos junto como Él mismo nos ama: hasta la muerte.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la Resurrección de Jesús es la verdad que cierra toda nuestra fe en Cristo. Los primeros cristianos, hace dos mil años, creían en la Resurrección del Señor como la verdad central de la fe. Además vivían su vida cotidiana iluminada por su Resurrección.

¿Tomamos en cuenta en nuestra vida de todos los días que Jesús ha resucitado? Los primeros cristianos sí lo hacían. Y dieron un testimonio tan profundo, que muchas personas creyeron en Cristo sólo por la alegría con la que los cristianos vivían su fe.

La salvación de nuestra alma ha de ser lo más importante en nuestras vidas, junto con la salvación de los demás. Un buen cristiano, fiel hijo de Dios, redimido y salvado por Jesucristo debe vivir su vida de todos los días con la alegría de saber que Jesús resucitó, que está cerca de nosotros y que nos espera ansioso con los brazos abiertos.

El pecado, el peor enemigo de Dios, ha de ser desterrado de nuestras vidas, pues es lo único que nos puede separar irremediablemente de Dios. Seamos enemigos declarados del pecado.

La salvación de los hombres no depende nada más de la Muerte y Resurrección de Jesús. Se necesita que cada uno de nosotros quiera ser salvado y, así, vivir una vida de acuerdo a los mandatos del Señor.


Fuente: Catholic.net
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