Jesús instituyó una cabeza para su Iglesia

Jesús instituyó una cabeza para su Iglesia
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Algunos grupos suelen impugnar la función y poder que la Iglesia adjudica al Papa, afirmando en algunos casos que pretendemos poner en sus manos lo que en realidad es atributo de Jesús.

Esto no es así.
Jesús mismo instituyó a san Pedro como cabeza de los Apóstoles y fundamento de la Iglesia al afirmar: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella" (Mt 16,18), y al prometer que el poder de la muerte no prevalecerá sobre su Iglesia, está poniendo de manifiesto que las promesas que deposita en san Pedro exceden su persona y son propias de su carácter de cabeza de los Apóstoles.

Pero además, Jesús deposita en san Pedro una serie de promesas y misiones, que por estar referidas a la Iglesia, es evidente que no se pueden restringir a la persona del primer Papa, sino que a través de él se extienden a sus sucesores para bien de la Iglesia:

# Mt 16,19: "Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos."

# Lc 22,31-32: "... tú, después de que hayas vuelto, confirma a tus hermanos."

# Jn 21,15-17: "... apacienta mis corderos,... apacienta mis ovejas,... apacienta mis ovejas..."
En consecuencia, negar que el Papa, como sucesor de san Pedro, es la cabeza de la Iglesia, es negarle a la Iglesia el cimiento sólido sobre el que Jesús mismo quiso edificarla.

El alma humana no se reencarna después de la muerte

Algunos grupos y muchos cristianos tienden a confundir el concepto cristiano de Resurrección con el oriental de reencarnación. La afirmación de la reencarnación es contraria a la fe cristiana pues:

# Niega la unidad de cuerpo y alma propia del hombre, ya que reduce la persona a su sólo espíritu.

# Considera a la muerte como liberación, no como castigo del pecado según lo expresa Gn 3.

# Niega el valor redentor del sacrificio de la Cruz, ya que supone la necesidad de vidas consecutivas para poder alcanzar el estado de felicidad.

# Ignora la Misericordia de Dios, ya que no deja lugar al arrepentimiento y el perdón, al exigir que toda culpa sea pagada en esta vida o en las sucesivas.

# Contradice las afirmaciones del Nuevo Testamento en orden a que el hombre muere una sola vez: "...del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una solo vez, y luego el juicio..." (Hb9, 27)

# Contradice la fe cristiana de que el juicio personal de cada hombre, se da inmediatamente después de su muerte: "... Y decía (el buen ladrón): ´Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino´ Jesús le dijo: ´Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso´" (Lc 23,42-43).

A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica expresa claramente: "La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino.

Cuando ha tenido fin ´el único curso de nuestra vida terrena´´, ya no volveremos a otras vidas terrenas. ´Está establecido que los hombres mueran una solo vez´ (Hb 9,27). No hay ´reencarnación´ después de la muerte" (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1012-1013).

Hay que guardar el domingo, no el sábado

Algunos grupos de tendencia judaizante (especialmente los Adventistas), sostienen que los católicos faltamos al precepto bíblico de guardar el séptimo día, ya que no observamos el descanso sabático y lo hemos transferido al domingo. Ciertamente el término sábado refiere al día séptimo, pero desde el nacimiento de la Iglesia los cristianos trasladaron el descanso sabático al primer día de la semana, el día de la Resurrección del Señor (de ahí la denominación de ´Domingo´, ´día del Señor´), para conmemorar el acontecimiento fundamental de nuestra Redención.

Esto lo expresan claramente los Apóstoles en reiteradas ocasiones:

# "Un domingo que nos reunimos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente..." (Hch 20,7).

# "Todos los domingos aparte y deposite cada uno lo que haya logrado ahorrar..." (1 Co 16,2).

# "Un domingo, se apoderó de mí el Espíritu..." (Ap 1,10).

Pero en definitiva, el verdadero seguidor de Cristo ha de ponerse más allá de estas discusiones, como expresa san Pablo: "... que nadie os juzgue por asuntos de comida o bebida, solemnidades, fiestas mensuales o semanales. Todo eso es sombra de lo venidero; la realidad pertenece a Cristo..." (Col 2,16-17)

Las Escrituras no prohiben las imágenes

A partir de la prohibición de adorar imágenes contenida en Ex 20,3-5; Lv 26,1; Dt 4,15-16; y el mandato de destruírlas, muchos grupos, especialmente de origen evangélico, acusan a los católicos de violar la Ley de Dios adorando imágenes.

Ciertamente sigue vigente la condena a la idolatría del Antiguo Testamento, pero los católicos no adoramos imágenes ya que la Iglesia Católica nunca ha afirmado que las imágenes de la Santísima Virgen y de los santos sean dioses e, incluso, sería una falta grave brindar adoración a una imagen de Nuestro Señor, ya que la imagen no es la misma Persona Divina.

En este sentido es preciso tener presente que:

# Los textos bíblicos mencionados (Ex 20,3-5; Lv 26,1; Dt 4,15-16) se refieren específicamente a la idolatría (adoración de objetos materiales como si ellos mismos fueran dioses), no a la realización de imágenes para la ornamentación de los templos.

# De hecho, el mismo Dios dispone y acepta el uso de imágenes en el mismo Templo de Jerusalén: Ex 25,18-19; Nm 21,8-9; 1R 6,25-29; 7,25-29; 9,3.

# Hay un hecho particular que debe ser tenido muy en cuenta: cuando la plaga de serpientes en el desierto, el mismo Dios manda esculpir una imagen de serpiente que al ser mirada por los israelitas les otorga la salud (Nm 21,8-9); pero cuando la fe del pueblo se pervierta y comiencen a adorarla como a un ídolo, la imagen será destruida (2R 18,4).

Consiguientemente la falta no está en utilizar imágenes, sino en confundirlas con el mismo Dios; esto es propiamente la idolatría. Claro que tampoco se obliga a nadie a utilizar imágenes.

Autor: Oscar Gerometta | Fuente: Catholic.net
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