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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Pentecostés: octavo domingo y fin del período Pascual


Tras la muerte de Jesús, los discípulos están desconcertados. Jesús resucitado se les aparece en varias ocasiones, pero ellos siguen perdidos, sin rumbo, sin saber qué hacer.
 Pero un día, algo sucede que les da fuerzas y valentía. En ese preciso instante descubren verdaderamente quién es Jesús y la tarea que deben realizar juntos.
Origen de la fiesta de Pentecostés
Los judíos celebraban una fiesta 50 días después de la pascua, donde recordaban la Alianza en el Monte Sinaí cuando Moisés recibió las tablas de la Ley.  Esta fiesta se llamaba Pentecostés.
Jesús prometió enviar al Espíritu en varias oportunidades: durante la Última Cena, les dice a sus apóstoles: “Mi padre os dará otro Paráclito (Abogado), que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17). Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Paráclito (Abogado), El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (San Juan 14, 25-26). Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Paráclito (Abogado),... muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,... y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14). 
Explicación de la fiesta
Cincuenta días después de la fiesta pascual, cuando ya había pasado el día de la Ascensión, los apóstoles, que tenían miedo de salir a predicar, se encontraban reunidos con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. 
Repentinamente, escucharon un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. En ese instante el Espíritu Santo descendió sobre ellos y comenzaron a hablar en lenguas desconocidas. Por esos días, Jerusalén estaba invadida por muchos extranjeros que venían a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.
A partir de ese día, los apóstoles ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.
¿Cuándo celebramos Pentecostés?
La fiesta de Pentecostés, uno de los Domingos más importantes del año, después de la Pascua, se celebra luego de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús.
 
Pentecostés, algo más que la venida del Espíritu Santo
Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es la Pascua. En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. 
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Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.
Es bueno tener presente, entonces, que todo el tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir.

La Vigilia de Pentecostés
Entre las muchas actividades que se preparan para esta fiesta, se encuentra la tradicional Vigilia de Pentecostés que, bien pensada y preparada, puede ser una experiencia profunda y significativa para quienes participan en ella.
Una vigilia, que significa “Noche en vela” (porque se desarrolla de noche), es un acto litúrgico, una importante celebración de un grupo o una comunidad que vigila y reflexiona en oración. En ella se comparten, a la luz de la Palabra de Dios, experiencias, testimonios y vivencias. Todo en un ambiente de acogida y respeto.
En el caso de Pentecostés centramos la atención en el Espíritu Santo prometido por Jesús en reiteradas ocasiones.
Algo que nunca debiera estar ausente en una Vigilia de Pentecostés son los dones y los frutos del Espíritu Santo. A través de diversas formas y distintos recursos (lenguas de fuego, palomas, carteles, voces grabadas, tarjetas, pegatinas, etc.) debemos destacarlos y hacer que la gente los tenga presente, los asimile y los haga vida: no sirve de nada mencionarlos sólo en esta fiesta, o escribirlos en hermosas tarjetas, si no reconocemos que nuestro actuar diario está bajo la acción del Espíritu y de los frutos que vayamos produciendo.

La Confirmación: un nuevo Pentecostés
Este Sacramento es una acción especial del Espíritu Santo , por el cual la persona que ha sido bautizada lo recibe a Él y a todos sus dones en plenitud.
Por el Bautismo formamos parte de la Iglesia, por la Confirmación busca también un compromiso del cristiano que es enviado a una misión especial y con una gran responsabilidad de defender la fe, llevarla a los demás a través del apostolado y ser testigo de Jesucristo con la palabra y el ejemplo.
Al recibir el Sacramento de la Confirmación nos convertimos en verdaderos soldados  de Cristo, siempre dispuestos a luchar de palabra y obra  por nuestra fe.
 Fuente: http://www.sanmiguel.org.ar
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