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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Solemnidad de la Santísima Trinidad


(Tiempo Ordinario)
Ex 34, 4b-6. 8-9; Sal Dan 3, 52-56; 2Co 13, 11-13; Jn 3, 16-18
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.  

En este domingo, que sigue a Pentecostés, celebramos la Solemnidad de la
Santísima Trinidad. Gracias al Espíritu Santo los creyentes podemos conocer, por
decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que Él es comunión de amor,
vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo,
el Papa Benedicto XVI nos dice al respecto: «... Después del tiempo pascual, después
de haber revivido el acontecimiento de Pentecostés, que renueva el bautismo de la
Iglesia en el Espíritu Santo, dirigimos la mirada, por decirlo así, "a los cielos abiertos"
para entrar con los ojos de la fe en las profundidades del misterio de Dios, uno en la
sustancia y trino en las personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo...» (BENEDICTO XVI;
Homilía en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, 3 de junio 2007).


La Trinidad es para nosotros un misterio de salvación y de vida en plenitud.
Dios que es indefinible, impensable, es lo primero y lo último, lo profundo, el
fundamento de todo lo que existe. La Trinidad tiene que estar presente en cada
momento de nuestra vida, porque es la vida del hombre. El Siervo de Dios Juan Pablo
II desarrolló varias catequesis sobre el Misterio de la Trinidad, en una de ellas nos
dice: «...La Santa Iglesia en su fe trinitaria se siente unida a todos los que confiesan al
único Dios. La fe en la Trinidad no destruye la verdad del único Dios; por el contrario,
pone de relieve su riqueza, su contenido misterioso, su vida íntima. Esta fe tiene su
fuente -su única fuente- en la revelación del Nuevo Testamento. Sólo mediante esta
revelación es posible conocer la verdad sobre Dios uno y trino. Efectivamente, éste es
uno de los 'misterios escondidos en Dios, que -como dice el Concilio Vaticano I- si no
son revelados, no pueden ser conocidos'...» (JUAN PABLO II, Catequesis Dios Uno y
Trino, 27 de noviembre de 1985).

En otra de estas catequesis el Siervo de Dios Juan Pablo II nos dijo: «... El
misterio aquí se hace profundísimo: tres Personas distintas y un solo Dios. ¿Cómo es
posible? La razón comprende que no hay contradicción, porque la Trinidad es de las
personas y la unidad de la Naturaleza divina. Pero queda la dificultad: cada una de las
Personas es el mismo Dios, entonces cómo se distinguen realmente? Las tres
Personas divinas se distinguen entre sí únicamente por las relaciones que tienen Una
con Otra: y precisamente por la relación de Padre a Hijo, de Hijo a Padre; de Padre e
Hijo a Espíritu, de Espíritu a Padre e Hijo. En Dios, pues, el Padre es pura Paternidad,
el Hijo pura Filiación, el Espíritu Santo puro 'Nexo de Amor' de los Dos, de modo que
las distinciones personales no dividen la misma y única Naturaleza divina de los
Tres...»  
(JUAN PABLO II, Catequesis Tres personas distintas y un solo Dios verdadero,
4 de diciembre de 1985).

El dogma de la Santísima Trinidad para los cristianos se ha considerado el
dogma inescrutable para la razón humana, Jesucristo mismo dice: 'Nadie conoce al
Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera
revelárselo' (Mt 11, 27).
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