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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Lectio Divina. Navidad

Navidad. Oración con el Evangelio. Ciclo A.
Lc 2, 1-14

1. INVOCA

El Señor quiere llegar hasta ti en este tiempo de oración. Te va a regalar su Palabra, es decir, su mismo Hijo, nacido en entrega total para hacernos felices.
Jesús, que nace en Belén en carne humana, es el mismo que viene como Palabra que da la vida. Tus palabras dan vida eterna (Jn 6, 68). Le diré como Pedro a Jesús.
Deja a un lado tus planes y preocupaciones. Porque el Señor te dirige su mensaje.
Invoca al Espíritu, con el canto repetido: Veni, Sancte Spiritus:



Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Lc 2, 1-14)

Contexto litúrgico

La solemnidad de Navidad ofrece tres textos litúrgicos para la celebración de las Misas de la víspera, de la aurora y del día. Escogemos el Evangelio del relato del nacimiento de Jesús, que nos trasmite san Lucas.

Texto

1. Dio a luz a su Hijo primogénito (v. 7)

Lucas compone un relato histórico y teológico sobre el nacimiento de Jesús. Los datos históricos aparecen en los primeros versículos (1-5): el emperador Augusto, el gobernador Quirino, José y María. Y en estas indicaciones elementales, el evangelista va describiendo los aspectos teológicos del niño que nace como ser humano en la pobreza.
En este Niño, desprotegido y débil, está presente, nace como descendiente del rey David. Según los profetas el Mesías nacería de la familia de David en Belén (Mal 5, 1).
Este Niño es el Salvador, Mesías y Señor (v. 11). Lucas enfoca el nacimiento de Jesús desde la perspectiva de la fe de Pascua. Los signos pascuales son: la gloria del Señor (v. 14), la alegría (v. 10) y la universalidad de la salvación: para todo el pueblo (v. 10).
Jesús viene a traer la salvación y la liberación, desde su aceptación de la precariedad y pobreza que esclavizan a muchos humanos. A todos quiere ayudar con la oferta de su redención.

2. Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres… (v. 14)

El cántico de los ángeles dan el tono al acontecimiento salvador. La “gloria de Dios” que ama y quiere salvar a todos, es la finalidad primera del nacimiento de Jesús.
La gloria de Dios se va realizando en la historia humana. Dios ha querido acercarse todo lo posible al hombre. Que no es un ser olvidado de Dios. Es el ser preferido del amor de Dios, que nos envía a su Hijo en figura y presencia humanas, en la pobreza y en el olvido de muchos.
Ese Niño es Dios y se hace pequeño, sencillo y cercano. Para que superemos todo miedo a la grandeza de la divinidad y nos acerquemos a Él con toda confianza. La gloria de Dios queda manifestada en la pobreza y sencillez, signos de la condición humana.
La “paz”. Es el mensaje de los ángeles que pregonan el gran regalo que nos trae el recién nacido. La paz es la síntesis de todos los bienes que el Señor nos obsequia. La paz es también la plenitud de la vida que el Resucitado imparte a los discípulos (Jn 20, 19 y 21).
La paz es la consecuencia del amor de Dios. Paz a los hombres que ama el Señor (v 14). Jesús viene a mostrarnos el rostro amable y misericordioso del Padre. Lucas es quien más resalta el aspecto misericordioso del Señor.

3. Vamos a Belén (v. 15)

Los pastores se animan unos a otros: Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado.
Ante una noticia tan sorprendente los pastores se ponen inmediatamente en camino para ver lo que los ángeles habían anunciado. Varios gestos de los pastores quedan reseñados en el texto:
- Vamos a Belén (v. 15): se motivan para ir al encuentro del Mesías;
- Fueron de prisa (v. 16), con ganas de llegar al lugar;
- Encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre (v. 16);

Regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído (v. 20).
Comunicaron lo que había visto y oído acerca del Niño.
Son los primeros testigos ante el pueblo de la presencia de Dios entre los hombres. Los pastores escuchan, se mueven, experimentan, se alegran, alaban y anuncian.
Es cierto: los pobres son los que captan el mensaje del Evangelio porque sus corazones están más abiertos que los que viven satisfechos con sus bienes.


3. MEDITA

Tratemos de profundizar en el misterio. Mejor. Que el misterio de un Dios tan pequeño u necesitado entre en lo más íntimo de nuestro ser. Éste es el mayor milagro que Dios ha realizado: un Niño se nos ha dado, un Niño débil, pobre, sencillo, necesitado y cercano encierra todo la grandeza de Yahvé.
Ya no podemos tener miedo ni recelo a este Dios que busca ansiosamente nuestra amistad, nuestra respuesta de amor. ¿Qué más puede hacer Dios por llegar a tu corazón?
Y Jesús quiere ser reconocido hoy en los débiles, necesitados y marginados. Gracias a su nacimiento, los humanos somos más hermanos y también participamos de Dios, porque el mismo Dios está participando de nuestra naturaleza humana.


4. ORA

Gracias, Padre, por enviarnos a tu mismo Hijo como tierno Infante (que no puede hablar), para que sea tu Palabra ante nosotros y nuestras palabras ante Ti. Tu Hijo, el Verbo preexistente desde siempre, por quien fueron hechas todas las cosas, ya se ha hecho semejante a nosotros, para que también nosotros seamos semejantes a Ti, Padre.
Recíbenos, Padre, por tu Hijo y Hermano nuestro. Junto con María y José, adoramos a tu Hijo, que ya es parte de nuestra historia y de nuestras esperanzas.


5. CONTEMPLA

A este Niño débil, que quiere entrar en tu vida del todo y para siempre. Hazle un sitio en tu corazón. Él ha dado este salto hasta nosotros, para acompañarnos en nuestro camino hacia la felicidad, hacia la vida que Él nos trae.


6. ACTÚA

Agradeceré al Padre, a Jesús, a María, por el don de nuestro Hermano.
Repetiré: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14).
Recitamos el salmo 96(95). Repetimos todos: Canten al Señor un canto nuevo.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!

¡Lleguemos hasta él dándole gracias, aclamemos con música al Señor!

Porque el Señor es un Dios grande, el soberano de todos los dioses:

en su mano están los abismos de la tierra, y son suyas las cumbres de las montañas;

suyo es el mar, porque él lo hizo, y la tierra firme, que formaron sus manos.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!

Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:

«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,

cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras.

Cuarenta años me disgustó esa generación, hasta que dije: «Es un pueblo de corazón extraviado, que no conoce mis caminos».

Por eso juré en mi indignación: «Jamás entrarán en mi Reposo».
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