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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Lectio Divina: Bautismo del Señor

Lectio Divina. Bautismo del Señor
Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A.

1. INVOCA

Comienzas este tiempo de oración, encuentro de amistad e intimidad con el Señor.
Aprécialo y deja a un lado tus ocupaciones para captar, en el silencio, la Palabra que vas a escuchar y meditar. El Padre te va a trasmitir su Palabra, es decir, te va a donar a su Hijo Jesús, la Palabra hecha palabras y sentimientos nuestros.

Invoca al Espíritu que fecundó a María para ofrecernos la Palabra en palabras humanas.
Ábrete a la acción del Espíritu, como Jesús en el momento del bautismo.
Invoca al Espíritu, que espera tu apertura y confianza: Veni, Sancte Spiritus

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 3, 13-17)
Contexto litúrgico

La Liturgia de la Iglesia nos va presentando diferentes manifestaciones (teofanías)del Hijo de Dios hecho hombre:
- en Navidad, se manifestó a María, José y a los pastores;
- en la solemnidad de la Epifanía, se manifestó a los sabios de oriente;
- en el bautismo, se manifiesta ya adulto en el comienzo de su misión evangelizadora.
Celebramos en este domingo la manifestación de Jesús, como Hijo amado, y en su condición de hombre.

Texto

1. Jesús se presentó a Juan para que lo bautizara (v. 13)

Jesús, el Mesías, el Enviado de Dios, el profeta esperado, se sumerge en este momento de su bautismo, en lo más hondo de nuestra condición humana: el pecado. Se coloca el Inocente en la fila de los pecadores, asemejándose a todos los humanos pecadores, asumiendo en sí mismo el pecado del mundo. Sin duda, al cargar todos los pecados del mundo, éste habría sido para Jesús uno de los momentos más duros de su existencia terrena como hombre y como Mesías. Sentirse “pecador”, Él el “hijo amado del Padre”.
A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios (2 Cor 5, 21).
El bautismo, para los judíos, era un rito penitencial. El bautizado se reconocía pecador. Jesús representa al nuevo pueblo de Dios, regenerado en las aguas del bautismo, celebrado por la Iglesia.
También nos recuerda cómo el pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, traspasa el Mar Rojo. Jesús es el nuevo Moisés que abre el camino verdadero de la liberación pasando las aguas del río Jordán. Y convierte así el agua en sacramento de salvación para los hijos de Dios, el nuevo y definitivo pueblo de Dios, la Iglesia.

2. Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco (v. 17)

La respuesta del Padre sobre su Hijo no se hace esperar. Mateo nos describe con brevedad y con profundidad el sentido de esta teofanía.
- Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua (v. 16). Jesús supera las aguas de la muerte para convertirlas en agua de vida para todos los que creen en Él. Así inaugura el bautismo cristiano, que nos hace salir de la esclavitud del pecado para entrar en la libertad de la vida del Espíritu.
- Se abrieron los cielos (v. 16). El Padre mismo desciende sobre su Hijo y sobre los redimidos. El cielo se abre en Jesús, Dios y hombre, para toda la humanidad. Jesús es el mediador y el puente entre Dios y los hombres, para aplicar la salvación.
- Y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y descendía sobre él (v. 16). Es la unción de consagrado que, como hombre, recibe Jesús para la misión de Mesías que va a comenzar con su predicación. Ya está toda la Trinidad en la tierra, realizando la comunión entre la humanidad y Dios.
- Una voz que venía del cielo decía: `Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco´ (v. 17). Es la Palabra que manifiesta la vida íntima de la Trinidad. Porque Jesús asume la condición pecadora de los hombres y se presenta como “pecador”, por eso, el Padre le da el abrazo cariñoso, para que el Hijo humanizado emprenda la misión encomendada a favor de la humanidad, identificado con el plan de salvación y confiado totalmente en el Padre. Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (Heb 10, 7).
Cada hombre que recibe el bautismo llega a ser hijo amado de Dios, ungido con la fuerza del Espíritu, consagrado como sacerdote, profeta y rey. Discípulo de Jesús y miembro de la Iglesia, del nuevo pueblo de Dios. El bautizado sale de la esclavitud del pecado y es consagrado por la unción del Espíritu para ser apóstol, enviado por la Iglesia para predicar el Evangelio, la Buena Noticia de la salvación.


3. MEDITA

Reconozco el don inmenso que el Padre me concede en su Hijo al recibir el bautismo de manos de la Iglesia. Es la nueva vida que emerge de la esclavitud para ser libre. Para ser libres, Cristo nos ha liberado (Gal 5, 1).
Me siento “hijo predilecto” del Padre, dispuesto a emprender las durezas y las alegrías de la vida por el Evangelio.


4. ORA

Gracias, Padre, porque me tienes como tu hijo amado, junto a Jesús.
Gracias, Jesús, porque asumes mis pecados y los ahogas en las aguas bautismales.
Gracias, Espíritu, porque me unges con tu fortaleza para colaborar en el Reino.
Gracias, Iglesia, porque me siento en mi casa y en mi familia con otros hermanos.


5. CONTEMPLA

A Jesús que asume todos nuestros pecados y los sepulta para siempre.
A Jesús inundado de gozo, al recibir el abrazo de amor del Padre y del Espíritu.
A mí mismo, que, con Jesús y gracias a Él, me siento también hijo amado del Padre.


6. ACTÚA

Seré agradecido por el don de la fe que me abre a la misión de ser apóstol del Evangelio.
Sentiré la voz del Padre, que a mí me dice: Tú eres mi hijo amado, el predilecto.
Recitamos el salmo 29. Todos repetimos: Gloria y alabanza a nuestro Dios.

¡Aclamen al Señor, hijos de Dios, aclamen al gloria y el poder del Señor!

¡Aclamen la gloria del hombre del Señor, adórenlo al manifestarse su santidad!

¡La voz del Señor sobre las aguas! El Dios de la gloria hace oír su trueno: el Señor está sobre las aguas torrenciales.

¡La voz del Señor es potente, la voz del Señor es majestuosa!

La voz del Señor parte los cedros, el Señor parte los cedros del Líbano;

hace saltar al Líbano como a un novillo y al Sirión como a un toro salvaje.

La voz del Señor lanza llamas de fuego;

la voz del Señor hace temblar el desierto, el Señor hace temblar el desierto de Cades.

La voz del Señor retuerce las encinas, el Señor arrasa las selvas. En su Templo, todos dicen: «¡Gloria!».

El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales, el Señor se sienta en su trono de Rey eterno.

El Señor fortalece a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz.

Autor: P. Martin Irure | Fuente: Catholic.net
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