Lectio Divina. 8o Domingo del Tiempo Ordinario

Lectio Divina. 8o Domingo del Tiempo Ordinario
Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A.

1. INVOCA
Comienza este rato de oración con un fuerte deseo de encontrarte con el Señor. Él es quien te llama a estar con Él. Quiere manifestarte su deseo y su plan sobre ti, a través de la Palabra que vas a meditar.
Haz un acto de fe en el mismo Padre, en Jesús y en el Espíritu, que están contigo y quieren darte todo lo que son.
Invoca al Espíritu con sencillez y con confianza: Veni, Sancte Spiritus



Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)

2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 6, 24-34)
Contexto bíblico
El Evangelio de este domingo pertenece a los capítulos que el evangelista Mateo dedica al mensaje de Jesús, que ha sido llamad El sermón del monte. En estos capítulos, Mateo nos va presentando lo esencial de su enseñanza, colocando su ideal por encima de la Ley antigua.

1. Nadie puede servir a dos amos (v. 24)

Jesús quiere dejar bien claro que sus discípulos deben optar decididamente por el Reino de Dios. Éste debe ser el objeto de la elección de los discípulos: el Reino de Dios y su justicia, es decir, hacer la voluntad del Padre en todo momento. Hay que optar por Jesucristo. No se puede andar cambiando entre Dios y el dinero. Porque Dios es el Bien absoluto. Y elegir el dinero en sustitución de Dios es una idolatría, un rendimiento al dios falso.
Jesús pide radicalidad. Marca una línea divisoria. Es decir, el que opta por seguirle ha de ir asumiendo los mismos valores que Él manifestó en su vida terrena: amor incondicional al Padre y amor a los hermanos. Con todas sus consecuencias. Dios es el valor absoluto. Todo lo demás es relativo. “Mi Dios y mi todo”, decía san Francisco
Dinero. Se trata de la riqueza mal adquirida y utilizada para explotar a los otros. Para muchos el dinero es su dios, a quien veneran, sirven y por él se afanan.
Servir. Tiene un matiz de tipo cultual. El que da culto a Dios, no puede dar culto a las riquezas. Porque entre Dios y el dinero no puede haber componendas. Y en esto, se manifestará con las obras a quién se da el culto verdadero: a Dios o a las riquezas.

2. No se inquieten pensando qué van a comer (v. 25)

No es una invitación al descuido y a la dejadez por el sustento digno para sí y para la familia. Es una llamada a la confianza total en Dios, que conduce a la libertad, a no dejarse esclavizar por las preocupaciones de la comida y del vestido.
Esta exhortación de Jesús a esperar y confiar en Dios, tal vez, a algunos les parezca pecar de ingenuidad y de evasión de la realidad cotidiana. Pero, hay un largo espacio entre la confianza a la que nos anima Jesús y la “preocupación excesiva” por el mantenimiento corporal. Mucha gente hace consistir su felicidad en tener: cosas, dinero, comodidad, éxito... Si hacemos depender nuestra felicidad de poseer más y más cosas, esa felicidad no se da. Nos convierte en insaciables.
Jesús, como siempre, va al fondo de la persona, para estabilizarla en la serenidad y en la paz, venciendo las tensiones y las preocupaciones. Quiere fundamentar la felicidad de cada uno en encontrarse consigo mismo, para no dejarse vencer por los bienes materiales, descuidando otros motivos de gozo más sencillos y gratuitos: una conversación con un amigo, un paseo al campo o al monte con la familia, una comida suficiente... Los pequeños gozos de la vida hay que saber disfrutarlos para no agobiarse por el consumismo.

3. Busquen primero el reino de Dios y hacer su voluntad (v. 33)

Éste es el centro de la estabilidad del cristiano: buscar, por encima de todo, el Reino de Dios y su justicia. Hay entre los cristianos posturas muy fáciles cuando hablan de Dios. Así esperan que la divina providencia les facilite todo lo necesario para vivir y para superar las dificultades. Tal vez, confunden el azar o la casualidad con el Dios providente. Otros ven en Dios como el que nos tiene que remediar muchas situaciones dolorosas. Y lo reclaman en su oración con exigencia, ya que consideran que Dios les tiene que conceder lo que piden, porque se creen “buenos hijos de Dios”.
Tampoco Jesús quiere esta postura cómoda. Nos llama a la confianza, pero poniendo de nuestra parte todo lo posible y necesario para vivir como verdaderas personas. La confianza en la providencia de Dios hay que vivirla acompañando, al mismo tiempo, el interés y esfuerzo por la justicia de Dios entre los hombres. Porque Dios quiere que vivamos en comunidad, en fraternidad, compartiendo los trabajos y los bienes.
A cada día le basta su afán (v. 34). No angustiarse, no agobiarse, confiar en el Padre, que nos ayuda siempre en nuestra existencia humana y espiritual.

3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)
La Palabra nos pone a revisar nuestras actitudes más hondas. ¿En qué o en quién pongo yo mi corazón, mis ilusiones, mis intereses? ¿Por qué me muevo, me afano, me inquieto? ¿Por tener más? ¿Por llevar una vida más cómoda?
¿Me doy cuenta de que el Evangelio es una llamada constante a la austeridad y sencillez de vida y de contentarse con pocas cosas? ¿Reviso lo que tengo en casa: vestidos, ajuar, aparatos electrodomésticos...? Cuando voy de compras, ¿caigo en la tentación de comprar lo que no necesito?
¿Confío de verdad en el Señor? ¿Busco los intereses de su Reino, de su justicia? ¿Me comprometo a evangelizar a otras personas, a disfrutar de la vida sanamente, a descubrir la sencillez y la sencillez en la comida, vestido, etc...?

4. ORA
Señor, me doy cuenta de que pongo el corazón en cosas que no me llenan. Busco satisfacciones donde no las puedo conseguir y que no me van a dar la paz interior.
Revisaré constantemente mi estilo de vida. Formularé una escala de valores, para que sea tu plan de salvación, Señor, lo primero que busque en mí y en los míos y en otras personas.

5. CONTEMPLA
A Jesús, que vive alegre, sereno, confiando en el Padre, disfrutando de la convivencia de sus discípulos, retirándose a la montaña, sentándose a la mesa para convivir y exponer su mensaje.
A Jesús que te ofrece la paz y la serenidad, desprendiéndote de tanta cosa.
A Jesús que te dice como a Marta: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte; y nadie se la quitará (Lc 10, 41-42).
A ti mismo, que no encuentras tu centro, que vives desasosegado e inquieto por tantas cosas...

6. ACTÚA
Ofrece al Señor tus inquietudes. Trata de reorientarlas según los valores del Reino, para que la paz domine tu corazón.
Me repetiré muchas veces: Sólo una cosa es necesaria.

Autor: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net
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P. Martín Irure
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