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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Lectio Divina. 9o Domingo del Tiempo Ordinario

Lectio Divina. 9o Domingo del Tiempo Ordinario
Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A.

1. INVOCA
Prepara tu ánimo para la escucha de la Palabra de Dios. El Señor te va a dirigir su Palabra. Ábrete al Espíritu, para aceptar su inspiración y su animación. La Palabra no sólo nos orienta sino que nos fortalece y nos da vida.
Deja a un lado las ocupaciones y las preocupaciones. Prepara el texto bíblico. Haz el silencio exterior e interior.
Invoca al Espíritu Santo, repitiendo con insistencia: Veni, Sancte Spiritus



Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 7, 21-27) (Qué dice la Palabra de Dios)
Contexto litúrgico

Seguimos celebrando los domingos del Tiempo Ordinario, con sus lecturas de la Palabra de Dios. Hoy celebramos la Liturgia con los textos del Domingo 9 del T.O.

Contexto bíblico

Estos versículos que leemos hoy forman parte de lo que se llama el Sermón de la montaña, que comprende los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según san Mateo. En estos capítulos presenta Mateo la enseñanza nueva de Jesús.
Como conclusión de este mensaje, las palabras de Jesús resume dos formas de ser discípulos suyos.
Jesús es el Maestro. Así le presenta Mateo desde el principio del capítulo 5. Pretende dejar muy claro el mensaje del Maestro y lo que pide de aquel que le quiera seguir.

Texto

1. No todo el que me dice: "Señor, Señor" (v. 21)
La enseñanza de Jesús en este texto es sobre la coherencia entre fe y obras, entre oración y conducta, entre lo que creemos y realizamos.
El sólido fundamento para nuestra construcción personal ha de estar basado en roca firme, no en arena que fácilmente se mueve y no es estable.
Es una llamada que nos hace Jesús para integrar toda nuestra vida desde la fe en Él y unificar nuestra espiritualidad: fe y obras, lo que creemos y lo que practicamos.
El que así obra se parece al que construye su casa sobre roca. Edifica su vida sobre cimientos y fundamentos sólidos. Vendrán las tentaciones y las tempestades. Pero, el discípulo fiel se mantendrá inconmovible en su adhesión firme a Jesucristo.
La Roca sólida es el mismo Jesucristo. Es el único capaz de hacer inquebrantable nuestra fe.
Junto a esa fe firme, necesitamos aferrarnos a un compromiso de vida (oración y acción), para pasar de las palabras a los hechos.
La unificación de nuestra actitud interior con la conducta exterior irá convirtiendo nuestra persona conforme al modelo Jesús, siempre coherente, y en conformidad constante con la voluntad del Padre.
Ni se puede prescindir de la oración ni se puede quedar sólo en la oración. La oración que no vaya convirtiendo las obras, será una oración estéril. Y la vida (conducta, sentimientos, valores, actitudes) que no sea confrontada constantemente por los valores y criterios del Evangelio, no será una vida auténticamente cristiana.

2. El que hace la voluntad de mi Padre (v. 21)

Obras son amores y no buenas razones. Lo dice el sabio refrán popular. Nosotros damos crédito a aquella persona que hace lo que piensa y que conforma sus palabras con el estilo de su vida. Lo demás es una hipocresía.
Vivimos en una sociedad invadida por un exceso insoportable de palabras. Por todos los lados escuchamos buenas palabras, si el interesado quiere presentarse ante los demás. Y el exceso de palabras también se manifiesta en las opiniones que vertimos sobre la conducta de los demás.
Según el Evangelio, esto es construir la casa sobre arena. Pues no hay mayor testimonio que el de nuestras obras. Si yo no realizo obras iguales a las de mi Padre, no me crean. Pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas, aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre (Jn 10, 38).
La vida cristiana ha de conformarse a la voluntad de Dios. No a otras opiniones o criterios. Y la voluntad de Dios se va realizando cuando los cristianos sintonizan todo su ser al proyecto del mismo Dios: el Reino de Dios en la tierra. Que todos vivamos como hijos suyos, amándonos, ayudándonos, respetándonos, formando la comunidad de discípulos de Jesús. El plan de Dios es que seamos felices, por los caminos trazados por el mismo Dios.
Así se construye el edificio de nuestra propia existencia. Si nos apoyamos en nuestro propio modo de vivir una religión inventada y acomodada a nuestro modo de pensar, entonces estamos construyendo sobre arena.
La persona fiel al Evangelio es la que está preparada para el momento de la prueba. Aquella persona que sólo se fundamenta en sus actos religiosos, se verá sacudida fuertemente en momentos de prueba. Y seguramente no resistirá tales embates.

3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)
¿Cómo entiendo esta enseñanza de Jesús? ¿Estoy construyendo mi vida sobre sólidos fundamentos? ¿Trato de relacionar y unificar fe y vida? O ¿llevo una doble vida? Por un lado los rezos, las oraciones, los sacramentos y por otro, la conducta, la responsabilidad en el trabajo, la ayuda al prójimo....
¿Cómo puedo integrar fe y vida? ¿Hago la oración aplicando las inspiraciones del Espíritu a la conversión de mi modo de pensar y obrar?

4. ORA (Qué le respondo al Señor)
Hágase tu voluntad. Haz, Señor, que yo aprenda a querer lo que Tú quieres. Que ponga por delante de mis acciones tu ideal, tu pensamiento, lo que Tú deseas.
Hágase tu voluntad, Señor. Porque sé que Tú quieres para mí lo mejor, la felicidad.
Hágase tu voluntad. Que dirija siempre mis pasos por tus caminos, aunque, a veces, me resulten dolorosos y difíciles.
Hágase tu voluntad, Padre. Que yo conforme mi conducta y mis pensamientos a tu modo de pensar y de obrar. Que no me deje llevar de la hipocresía, haciendo ver que soy buen cristiano, cuando mis obras no van por buen camino.

5. CONTEMPLA
A Jesús, siempre disponible a realizar la voluntad del Padre.
A ti mismo, que con frecuencia te dejas llevar por tus caprichos o modos de valorar las cosas.

6. ACTÚA
Repite con frecuencia: Hágase tu voluntad.

Autor: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net

Preguntas o comentarios al autor
P. Martín Irure (mirure@yahoo.com)
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