Lectio Divina. 2º Domingo de Pascua



Lectio Divina. 2º Domingo de Pascua

Pascua. Oración con el Evangelio. Ciclo A. 
Autor: P. Martín Irure 

1. INVOCA


  • Prepara tu ánimo para entrar en la oración. El Señor te va a dirigir su mensaje por medio de su Palabra. Por tu parte, deja a un lado todo lo que te puede distraer de este encuentro con el Amado, en silencio y en diálogo.

  • Sólo el silencio te hará escuchar el intercambio que el Señor quiere ofrecerte.

  • Orar es: callar para escuchar, callar para tener hambre de la Palabra, callar es posibilitar que la Palabra te diga los secretos de Dios.

  • Orar es: hacerse consciente de la llamada de Dios a la interioridad. Y abrirse a esa llamada como tierra reseca, agostada, sin agua.

  • Orar es: sentirse habitado por el Señor, en el silencio de uno mismo, para admirar a Dios, que quiere estar contigo para siempre.

  • Invocamos al Espíritu, que es el gran Artífice de este encuentro de paz, silencio y amor. Veni, Sancte Spiritus.

    Ven, Espíritu Santo,
    te abro la puerta,
    entra en la celda pequeña
    de mi propio corazón,
    llena de luz y de fuego mis entrañas,
    como un rayo láser opérame
    de cataratas,
    quema la escoria de mis ojos
    que no me deja ver tu luz.

    Ven. Jesús prometió
    que no nos dejaría huérfanos.
    No me dejes solo en esta aventura,
    por este sendero.
    Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
    mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
    Te necesito en mi noche
    como una gran tea luminosa y ardiente
    que me ayude a escudriñar las Escrituras.

    Tú que eres viento,
    sopla el rescoldo y enciende el fuego.
    Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
    Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
    Tengo las respuestas rutinarias,
    mecánicas, aprendidas.
    Tú que eres viento,
    enciende la llama que engendra la luz.
    Tú que eres viento, empuja mi barquilla
    en esta aventura apasionante
    de leer tu Palabra,
    de encontrar a Dios en la Palabra,
    de encontrarme a mí mismo
    en la lectura.

    Oxigena mi sangre
    al ritmo de la Palabra
    para que no me muera de aburrimiento.
    Sopla fuerte, limpia el polvo,
    llévate lejos todas las hojas secas
    y todas las flores marchitas
    de mi propio corazón.

    Ven, Espíritu Santo,
    acompáñame en esta aventura
    y que se renueve la cara de mi vida
    ante el espejo de tu Palabra.
    Agua, fuego, viento, luz.
    Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza) 



    2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Jn 20, 19-31) (Qué dice la Palabra de Dios)

    Contexto bíblico


  • Este relato confirma el cumplimiento de las promesas hechas por Jesús a los discípulos.

  • Jesús había dicho: Regresaré con ustedes (Jn 14, 18). Y ahora nos dice: Jesús se presentó en medio de ellos (Jn 20, 19).

  • Jesús había prometido: Dentro de poco volverán a verme (Jn 16, 16). El evangelista afirma: Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (Jn 20, 20).

  • Jesús les anunció el envío del Espíritu (Jn 14, 26; 15, 26; 16, 7) y con él, la paz (Jn 16, 33). Y el evangelista nos trae las palabras de Jesús: La paz esté con ustedes... y reciban el Espíritu Santo (Jn 20, 21ss).

  • Jesús afirmó: Me voy al Padre (Jn 14, 12). Y el evangelista nos trasmite las palabras de Jesús, que ratifican la promesa cumplida: Voy a mi Padre, que es el Padre de ustedes (Jn 20, 17).

    1. Con las puertas cerradas por miedo a los judíos (v. 19)

  • Con expresiones gráficas nos narra el evangelista la situación lamentable de los discípulos:

  • Por la tarde (noche), con las puertas cerradas, llenos de miedo. La noche es el signo de las tinieblas y de las dudas de fe.

  • Están los discípulos sumergidos en la antigua creación. No han experimentado la luz del Resucitado, el domingo, el primer día de la semana, de los nuevos tiempos, de la nueva creación.

  • Los discípulos, no sólo no esperaban ver a Jesús Resucitado, sino que estaban predispuestos a todo lo contrario. A María Magdalena lo único que se le ocurre, al ver el sepulcro vacío, es que han robado el cuerpo de Jesús. Y cuando Magdalena va a anunciarles que había visto al Señor; ellos, a pesar de oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no creyeron (Mc 16, 11).

  • Sólo desde la fe se puede aceptar la revelación de que Jesús resucitó y está vivo entre nosotros. Tanto los vestidos blancos como los ángeles hacen referencia al ámbito de lo divino y de la fe.

  • Podemos afirmar que Jesús está resucitado y creerlo firmemente. Pero, el testimonio de vida nos dirá y dirá a los que nos vean que de verdad creemos en Él y que va recreando las personas, el tiempo y los sucesos de nuestra historia. Sólo con Jesús Resucitado podemos vencer todos los miedos, dudas y persecuciones.

    2. Reciban el Espíritu Santo (v. 22)

  • El evangelista nos describe los signos de la presencia del Resucitado:

    1. La donación de la paz. La paz esté con ustedes (v. 21). Para quitar el miedo, Jesús les da la paz. Repetidas veces nos trasmiten los evangelistas estas palabras del Resucitado. Es el fruto del encuentro con que arrebata el miedo, trae la vida y la esperanza y devuelve el sentido de la existencia como personas y como discípulos.

    2. La donación del Espíritu. Reciban el Espíritu Santo (v. 22). El Espíritu es el soplo de vida. Es el mismo soplo que dio vida al primer ser humano (Gn 2, 7). El aliento del Creador confirió la vida al primer ser humano. Ahora, el soplo del Resucitado, que transmite el Espíritu, quiere recrear al ser humano. La fe en la resurrección conduce a afirmar y defender la vida y luchar contra todos los signos de muerte.

    3. El perdón de los pecados. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará (v. 22). El Resucitado otorga la salvación, y perdona la deserción y abandono de los discípulos en los momentos de la pasión y muerte del Maestro. No reciben por su traición ningún reproche ni les exige ningún gesto de reparación. El Resucitado trasmite a los discípulos su mismo poder para que, en su nombre, ellos mismos, débiles y pecadores, perdonen los pecados de sus semejantes.

    3. Dichosos los que han creído sin haber visto (v. 29)

  • La persona y conducta de Tomás representa a muchas personas que, llenas de dudas, quieren razonar y comprobar el ámbito de la fe. Como Tomás, buscamos certezas a la medida de nuestras limitaciones humanas.

  • Pero el proceso de la fe comienza por “ver” las señales del Resucitado en los mismos seres humanos y en la realidad en que vivimos. Son las señales y las llagas de los que sufren. Y el testimonio de todos aquellos que superan las dudas afirmando al Resucitado.

  • Hay que escuchar la Palabra, que nos habla de muchas maneras y para todas las ocasiones. Hay que reconocer el testimonio de los que cambian y entregan su vida porque creen en el Resucitado, como les sucedió a los discípulos. Hay que integrarse en la comunidad de la Iglesia, donde se presenta el Resucitado con sus dones: paz, perdón, Espíritu.


    3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios) 

  • Si, con un acto radical de fe, me entregara del todo a Jesús Resucitado, mi vida sería otra.

  • Si, con un acto radical de fe, me decidiera a experimentar la paz y el perdón del Resucitado...

  • Si, con un acto radical de fe, me dejara conducir por la Palabra y el Espíritu, podría experimentar la bienaventuranza: Dichosos los que han creído sin haber visto.


    4. ORA (Qué le respondo al Señor) 

  • Jesús Resucitado, quiero decirte que no necesito milagros para entregarme y confiar en Ti. Tú eres el mayor milagro de toda la historia. Porque el Padre te resucitó, para que también nosotros resucitemos contigo.

  • ¡Señor mío y Dios mío! ¡Mi Dios y todas mis cosas! ¡Tú eres el Bien, todo Bien, Señor Dios, vivo y verdadero!


    5. CONTEMPLA

  • A Jesús, que te muestra las llagas de su dolor en tantos que sufren.

  • A las personas de tu entorno. ¿Ves que sufren, en su cuerpo, en sus sentimientos, en su fe? ¿Ves que andan desviados del Resucitado? ¿Ves que caminan sin rumbo? En espíritu, descubre en ellos al Resucitado, ámalos, perdónalos, compréndelos, introdúcelos en la llaga gloriosa del costado de Jesús glorificado.


    6. ACTÚA 

  • Daré testimonio con mis obras del Resucitado. Sacaré de mi interior: dudas, complejos, miedos, resistencias, perezas.

  • Diré confiado y entregado: ¡Señor mío y Dios mío!

  • Recitamos el salmo 118 (117). Repitamos el estribillo: Éste es el día en que actuó el Señor.

    ¡Aleluya! ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!

    Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor!

    Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor!

    Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor!

    En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó dándome un alivio.

    El Señor está conmigo: no temeré: ¿qué podrán hacerlo los hombres?

    El Señor está conmigo y me ayuda: yo veré derrotados a mis adversarios.

    Es mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres;
    es mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los poderosos.

    Todos los paganos me rodearon, pero yo los derroté en el nombre del Señor;
    me rodearon por todas partes, pero yo los derroté en el nombre del Señor;
    me rodearon como avispas, ardían como fuego en las espinas, pero yo los derroté en el nombre del Señor.

    Me empujaron con violencia para derribarme, pero el Señor vino en mi ayuda.

    El Señor es mi fuerza y mi protección; él fue mi salvación.

    Un grito de alegría y de victoria resuena en las carpas de los justos: «La mano del Señor hace proezas, la mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas».

    No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor,

    El Señor me castigó duramente, pero no me entregó a la muerte.

    «Abran las puertas de la justicia y entraré para dar gracias al Señor».

    «Esta es la puerta del Señor: sólo los justos entran por ella».

    Yo te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación.

    Yo te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación.

    Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos.

    Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él.

    Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.

    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: el Señor es Dios, y él nos ilumina. «Ordenen una procesión con ramas frondosas hasta los ángulos del altar».

    Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias; Dios mío, yo te glorifico.

    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! 








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