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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina - Capítulo 2: Líneas fundamentales



El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina
Autor: Congregación para el Clero

Capítulo 2: Líneas fundamentales (I)

Naturaleza del sacramento de la penitencia

24. El sacramento del perdón es un signo eficaz de la presencia, de la palabra y de la acción salvífica de Cristo redentor. En él, el mismo Señor prolonga sus palabras de perdón en las palabras de su ministro mientras, al mismo tiempo, transforma y eleva la actitud del penitente que se reconoce pecador y pide perdón con el propósito de expiación y corrección. En él se actualiza la sorpresa del hijo pródigo en el encuentro con el Padre que perdona y hace fiesta por el regreso del hijo amado (cfr. Lc 15,22).


Celebración pascual, camino de conversión

25. La celebración del sacramento es esencialmente litúrgica, festiva y gozosa, en cuanto se dirige, bajo la guía del Espíritu Santo, al re-encuentro con el Padre y con el Buen Pastor. Jesús quiso describir este perdón con los colores de la fiesta y de la alegría (Lc 15,5-7.9-10.22-32). Se hace, así, más comprensible y más deseable la celebración frecuente y periódica del sacramento de la reconciliación. A Cristo se le encuentra voluntariamente en este sacramento cuando se ha aprendido a encontrarlo habitualmente en la eucaristía, en la palabra viva, en la comunidad, en cada hermano y también en la pobreza del propio corazón [26] .

26. En este sacramento se celebra la llamada a la conversión como retorno al Padre (cfr. Lc 15,18). Se llama sacramento de la “penitencia” pues «consagra un camino personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de satisfacción» [27] . Se llama también sacramento de la “confesión” « ya que la acusación, la confesión de los pecados al sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo es también una “confesión”, reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia con el hombre pecador » [28] . Y se llama sacramento del “perdón”, « porque, a través de la absolución sacramental del sacerdote, Dios otorga al penitente “el perdón y la paz” », y de la “reconciliación”, porque « comunica al pecador el amor de Dios que reconcilia » [29] .

27. La celebración sacramental de la “conversión” está vinculada a un esfuerzo para responder al amor de Dios. Por esto, la llamada a la conversión es «un componente esencial del anuncio del Reino» [30] . Así el cristiano se inserta en el « movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10) » [31] .


En el camino de santidad

28. Se trata de un itinerario hacia la santidad requerida y hecha posible por el bautismo, la confirmación, la eucaristía y la Palabra de Dios. Así se actúa la realidad ministerial de gracia que San Pablo describía con estas palabras: « En nombre de Cristo somos, pues, embajadores, como si Dios exhortara por medio de nosotros. Os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2Cor 5,20). La invitación del Apóstol tenía como motivación especial el hecho de que Dios trató a Cristo como « pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2Cor 5,21). De esta forma, « libres del pecado, fructificáis para la santidad » (Rm 6,22).

29. Es posible entrar en esta dinámica de experiencia del perdón misericordioso de Dios desde la infancia y antes de la primera comunión, también por parte de almas inocentes movidas por una actitud de confianza y alegría filial [32] . Es necesario preparar dichas almas a esta finalidad con una adecuada catequesis sobre el sacramento de la penitencia antes de recibir la primera comunión.

30. Cuando se entra en esta dinámica evangélica del perdón, es fácil comprender la importancia de confesar los pecados leves y las imperfecciones, como decisión de “progresar en la vida del Espíritu” y con el deseo de transformar la propia vida en expresión de la misericordia divina hacia los demás [33] . De esta forma, se entra en sintonía con los sentimientos de Cristo « que, el Único, expió nuestros pecados” (cfr. Rm 3,25; 1Jn 2,1-2) » [34] .

31. Cuando el sacerdote es consciente de esta realidad de gracia, no puede no alentar a los fieles a acercarse al sacramento de la penitencia. Entonces « el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador » [35] . « El buen Pastor busca la oveja descarriada. Y encontrada, la pone sobre los mismos hombros que llevaron el madero de la cruz, y la lleva de nuevo a la vida de la eternidad » [36] .


Un misterio de gracia

32. El respeto del “secreto sacramental” indica que la celebración penitencial es una realidad de gracia, cuyo itinerario está ya “marcado” en el Corazón de Jesús, en una profunda amistad con él. De esta forma, el misterio y la dignidad del hombre se esclarecen, una vez más, a la luz del misterio de Cristo [37] .

Los efectos de la gracia del sacramento de la penitencia consisten en la reconciliación con Dios (recuperando la paz y la amistad con Él), en la reconciliación con la Iglesia (reintegrándose en la comunión de los santos), en la reconciliación consigo mismo (unificando el propio corazón). Como consecuencia, el penitente « se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación » [38] .

33. La dignidad del penitente emerge en la celebración sacramental, en la que él manifiesta la propia autenticidad (conversión) y el propio sentimiento. En efecto, « él se inserta, con sus actos, en la celebración del sacramento, que se cumple también con las palabras de la absolución, pronunciadas por el ministro en el nombre de Cristo » [39] . Por esto se puede afirmar que « el fiel, mientras realiza en su vida la experiencia de la misericordia de Dios y la proclama, celebra con el sacerdote la liturgia de la Iglesia, que continuamente se convierte y se renueva » [40] .

34. La celebración del sacramento actualiza una historia de gracia que proviene del Señor. « A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el “ministerio de la reconciliación” (2Cor 5,18), concedido mediante los sacramentos del bautismo y de la penitencia, se ha visto siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal » [41] .

35. Es un camino “sacramental”, en cuanto signo eficaz de gracia, que forma parte de la sacramentalidad de la Iglesia. Es también el camino trazado por el “Padre nuestro”, en el que pedimos perdón mientras ofrecemos nuestro perdón. De esta experiencia de reconciliación nace en el corazón del creyente un anhelo de paz para toda la humanidad: « El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como “¡Padre nuestro!” » [42] .


Notas


[26] « El sacramento de la penitencia, que tanta importancia tiene en la vida del cristiano, hace actual la eficacia redentora del Misterio pascual de Cristo »: Benedicto XVI, Discurso a los Penitenciarios de las cuatro Basílicas Pontificias Romanas (19 de febrero de 2007): l.c., 250.


[27] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1423, b.


[28] Ibidem, n. 1424.


[29] Ibidem; cfr. 2Cor 5,20; Mt 5,24.


[30] Ibidem, n. 1427.


[31] Ibidem, n. 1428.


[32] Cfr. Juan Pablo II, Alocución a los seminaristas yugoslavos, 26 de abril de 1985.


[33] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1458.


[34] Ibidem, n. 1460.


[35] Ibidem, n. 1465.


[36] San Gregorio Nacianceno, Sermón 45.


[37] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 22. El ministerio de la reconciliación « debe ser protegido en su sacralidad, no sólo por motivos teológicos, jurídicos, psicológicos, sobre los que me he detenido en precedentes análogas alocuciones, sino también por el respeto amoroso debido a su carácter de relación íntima entre el fiel y Dios »: Juan Pablo II, Discurso a la Penitenciaría Apostólica (12 de marzo de 1994), 3: AAS 87 (1995), 76; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1467.


[38] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1469; cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia, 31, V: l.c., 265.


[39] Ritual Romanum - Ordo paenitentiae (2 de diciembre de 1973), Praenotanda 11: editio typica (1974), páginas 15-16.


[40] Ibidem.


[41] Juan pablo II, Carta apostólica Motu Proprio Misericordia Dei : l.c., 452.


[42] Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, 79.
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