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Lectio Divina. 16o. Domingo del Tiempo Ordinario



Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A. 
1. INVOCA

  • Hagamos nuestra preparación externa e interna para escuchar y meditar la Palabra de Dios: ausencia de ruidos y de preocupaciones.
  • Invocamos al Espíritu con el canto Veni, Sancte Spiritus. Él siempre está preparado para inspirarnos y animarnos a llevar a la práctica la Palabra de Dios.

    Ven, Espíritu Santo,
    te abro la puerta,
    entra en la celda pequeña
    de mi propio corazón,
    llena de luz y de fuego mis entrañas,
    como un rayo láser opérame
    de cataratas,
    quema la escoria de mis ojos
    que no me deja ver tu luz.

    Ven. Jesús prometió
    que no nos dejaría huérfanos.
    No me dejes solo en esta aventura,
    por este sendero.
    Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
    mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
    Te necesito en mi noche
    como una gran tea luminosa y ardiente
    que me ayude a escudriñar las Escrituras.

    Tú que eres viento,
    sopla el rescoldo y enciende el fuego.
    Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
    Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
    Tengo las respuestas rutinarias,
    mecánicas, aprendidas.
    Tú que eres viento,
    enciende la llama que engendra la luz.
    Tú que eres viento, empuja mi barquilla
    en esta aventura apasionante
    de leer tu Palabra,
    de encontrar a Dios en la Palabra,
    de encontrarme a mí mismo
    en la lectura.

    Oxigena mi sangre
    al ritmo de la Palabra
    para que no me muera de aburrimiento.
    Sopla fuerte, limpia el polvo,
    llévate lejos todas las hojas secas
    y todas las flores marchitas
    de mi propio corazón.

    Ven, Espíritu Santo,
    acompáñame en esta aventura
    y que se renueve la cara de mi vida
    ante el espejo de tu Palabra.
    Agua, fuego, viento, luz.
    Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza) 



    2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 13, 24-43) (Qué dice la Palabra de Dios)

    Contexto bíblico

  • Leemos hoy tres parábolas. La primera (vs. 24-30) sólo se encuentra en Mateo. Con las parábolas, Jesús nos va descubriendo otras dimensiones del Reino de Dios (plan de Dios sobre la humanidad), diferentes a las que la sociedad nos propone y enseña.

    Texto

    1. Dejen que ambos crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha (v. 30)
  • Ésta es la frase central de esta parábola.
  • El trigo y la cizaña crecen juntos. Lo bueno y lo malo están mezclados en cada uno y en la sociedad. Al fina de los tiempos, será el momento de la separación de lo bueno y de lo malo.
  • El Reino de Dios no es: una comunidad de puros. Jesús ha venido para los pecadores y olvidados. El Reino de Dios está presente y enraizado en la historia humana. Dios salva en la historia.
  • Dios es respetuoso y paciente. Ya llegará el día de la cosecha, la hora de la verdad. El tiempo que el Señor nos regala es tiempo de salvación, de conversión.
  • Sepan que hoy es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación (2 Cor 6, 2).
  • Dios no es amigo de fanatismos ni de imposiciones, ni de violencias. El Reino no se impone, se propone. El Reino requiere una paciencia histórica: espera paciente y serena, de aguante activo.
  • Aprendamos la lección: respeto a los que no piensan, sienten, valoran hacen lo mismo que uno. Cada uno es - debe ser - dueño de sus actos ante el Señor y su conciencia.

    2. Lo mismo que con un grano de mostaza (v. 31) 
  • Lo pequeño y lo débil. Esto está simbolizado en esta parábola del grano de mostaza.
  • La eficacia del Evangelio no reside en lo grande y fuerte según los valores de la sociedad. No se mide por el ruido y publicidad que hace. El Reino, el Evangelio, crece en silencio, aunque tenga sus efectos visibles. No es amigo del ruido ni de los aplausos.
  • Nos recuerda la sabiduría de la cruz, que expone san Pablo. He rogado tres veces al Señor para que apartara esto de mí, y otras tantas me ha dicho: `Te basta mi gracia´. Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mi la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 8-10).
  • Lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres (1 Cor 1, 25).

    3. Lo mismo que con la levadura (v. 33)
  • La levadura no se ve cuando está en las entrañas de la masa. Pero convierte el pan en esponjoso y sabroso, agradable a la vista y al gusto.
  • El Reino también necesita del trabajo de los humanos: la mujer que amasa. La petición Venga a nosotros tu reino, indica que Dios espera la colaboración humana.
  • La levadura, como la semilla, es el mismo Jesús, sembrado y metido en el interior de la historia humana. La presencia terrena de Jesús no tuvo una actuación espectacular. Más bien, terminó en un fracaso. Pero su muerte y sepultura fueron el paso necesario hacia su glorificación y la nuestra.
  • Yo les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante (Jn 12 24).
  • El cristiano, como Jesús, ha de ser levadura en la masa. Nunca ha de evadirse de los problemas de la sociedad. Debe ser fermento, para dar frutos para el Reino.


    3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios) 
  • La Palabra nos enseña: la paciencia de Dios, que nos consiente y nos acepta como somos, que espera pacientemente nuestra conversión, para dar buenos frutos de salvación.
  • El crecimiento del Evangelio en cada creyente no produce vistosidad ni ruidos. El crecimiento, sobre todo, es interior. Y, en consecuencia, se manifiesta en lo exterior.
  • El Reino de Dios, su vida, se manifiesta en el silencio. El Evangelio no necesita publicidad, Sí necesita testigos, que hagan de levadura y fermento.
  • El Evangelio nos pide que seamos respetuosos y pacientes con el proceso de crecimiento de cada persona. No ser intransigentes, fanáticos, fundamentalistas. No imponer a los demás nuestro modo de ver y opinar. Dialogar para comprender la situación del otro.


    4. ORA (Qué le respondo al Señor) 
  • Señor, Tú siempre estás sembrando la buena semilla de tu Palabra en nuestro corazón. Tú siempre estás alentando y fermentando nuestra masa. Porque nos conoces y nos amas. Pero, también nos acechan las fuerzas negativas que quieren convertir en cizaña la buena siembra. Haz que resistamos a esta siembra del mal. Haz que, con paciencia, serenidad y fortaleza, podamos seguir creciendo en los valores del Evangelio.
  • Danos el espíritu de vigilancia sobre nosotros mismos. Danos el valor de seguir sembrando y cuidar lo sembrado en nuestra conciencia. Y que no seamos intransigentes con los demás. Que sepamos respetar el rimo de cada cuál.
  • Concédenos un corazón que, como el tuyo, sea paciente, comprensivo y sepa amar y ayudar al que desfallece y cae. Que seamos fortaleza para el débil y seguridad para el vacilante. Que sepamos ser fermento con nuestro testimonio de vida.


    5. CONTEMPLA
  • A Jesús, que espera, con paciencia, nuestros buenos frutos para el Evangelio.
  • A mí mismo, que me inquieto porque no respondo mejor al Señor y también porque soy perezoso en la tarea misionera.
  • A mis prójimos. Para que anime a los desanimados y me anime con los esforzados.


    6. ACTÚA
  • Haz un buen propósito para ser, como Jesús, paciente y comprensivo.
  • Repite: El Señor es clemente y misericordioso, paciente y rico en amor. (Sal 145, 8).
    Fuente: Catholic.net

  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Martín Irure
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