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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Lectio Divina. 18o. Domingo del Tiempo Ordinario





Lectio Divina. 18o. Domingo del Tiempo Ordinario
Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A. 
1. INVOCA

  • El Señor está esperando que tú le invoques para descubrirte el sentido de la Palabra y para animarte a acogerla en tu corazón y así vaya transformando tu vida.
  • Prepara tu ánimo, Biblia, hoja, etc., para entrar con todo interés en este tiempo de oración.
  • Invocamos al Espíritu, con el canto: Veni, Sancte Spiritus

    Ven, Espíritu Santo,
    te abro la puerta,
    entra en la celda pequeña
    de mi propio corazón,
    llena de luz y de fuego mis entrañas,
    como un rayo láser opérame
    de cataratas,
    quema la escoria de mis ojos
    que no me deja ver tu luz.

    Ven. Jesús prometió
    que no nos dejaría huérfanos.
    No me dejes solo en esta aventura,
    por este sendero.
    Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
    mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
    Te necesito en mi noche
    como una gran tea luminosa y ardiente
    que me ayude a escudriñar las Escrituras.

    Tú que eres viento,
    sopla el rescoldo y enciende el fuego.
    Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
    Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
    Tengo las respuestas rutinarias,
    mecánicas, aprendidas.
    Tú que eres viento,
    enciende la llama que engendra la luz.
    Tú que eres viento, empuja mi barquilla
    en esta aventura apasionante
    de leer tu Palabra,
    de encontrar a Dios en la Palabra,
    de encontrarme a mí mismo
    en la lectura.

    Oxigena mi sangre
    al ritmo de la Palabra
    para que no me muera de aburrimiento.
    Sopla fuerte, limpia el polvo,
    llévate lejos todas las hojas secas
    y todas las flores marchitas
    de mi propio corazón.

    Ven, Espíritu Santo,
    acompáñame en esta aventura
    y que se renueve la cara de mi vida
    ante el espejo de tu Palabra.
    Agua, fuego, viento, luz.
    Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza) 
    • 2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 14, 13-21) (Qué dice la Palabra de Dios) 

    † Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (14, 13-21)
    Al conocer esa noticia, Jesús se alejó discretamente
    de allí en una barca y fue a un lugar despoblado. Pero
    la gente lo supo y en seguida lo siguieron por tierra
    desde sus pueblos. Al desembarcar Jesús y encontrarse
    con tan gran gentío, sintió compasión de
    ellos y sanó a sus enfermos.
    Cuando ya caía la tarde, sus discípulos se le acercaron,
    diciendo: «Estamos en un lugar despoblado, y
    ya ha pasado la hora. Despide a esta gente para que
    se vayan a las aldeas y se compren algo de comer.»
    Pero Jesús les dijo: «No tienen por qué irse; denles
    ustedes de comer.» Ellos respondieron: Aquí sólo
    tenemos cinco panes y dos pescados. Jesús les dijo:
    «Tráiganmelos para acá.» Y mandó a la gente que se sentara en el pasto. Tomó los cinco
    panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes
    y los entregó a los discípulos. Y los discípulos los daban a la gente. Todos comieron
    y se saciaron, y se recogieron los pedazos que sobraron: ¡doce canastos llenos! Los que
    habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.



  • Contexto bíblico
  • La noticia del martirio de Juan Bautista (Mt 14, 1-12) hace que Jesús se retire a Galilea, a un lugar tranquilo, para estar a solas (Mt 14, 13).
  • Pero, pronto la gente le busca. Y Jesús, conmovido otra vez, como al comienzo de la misión (Mt 9, 30), se dedica a sanar a los enfermos y multiplica el pan para saciar a la multitud.
  • Mateo nos describe dos veces la multiplicación de los panes (14, 13-21 y 15, 32-39). Los exegetas señalan algunas diferencias en estos dos relatos. En el primero, Jesús presenta la invitación al Reino hecha en primer lugar a los judíos. Pues, este milagro se realiza dentro de las fronteras de Israel y a orillas del lago de Tiberíades. Se recogen 12 canastos de sobrantes, uno por cada tribu de Israel.
  • El segundo relato significa la oferta del pan, que ofrece Jesús, dirigida a los paganos. Pues este relato ubica a Jesús fuera de las fronteras palestinas, en las ciudades paganas de Tiro y Sidón (ver: Mt 15, 21). Allí cura a la hija de la cananea (Mt 15, 22-28).
  • En este segundo relato, Mateo subraya que se recogieron 7 canastos de lo sobrante, en recuerdo, tal vez, de los diáconos helenistas, que fueron elegidos e instituidos como diáconos, para atender a las viudas de origen helenista (pagano) en la distribución de los alimentos (Hch 6, 1-7).

    1. Jesús sintió compasión de ellos (v. 14)
  • Un vez más, subraya Mateo que la compasión es el móvil de Jesús para curar a los enfermos y saciar el hambre de las multitudes. Es el mismo motivo que siente Jesús cuando envía a los discípulos a la misión. Al ver a la gente, Jesús sintió compasión, porque estaban cansados y desorientados como ovejas sin pastor (Mt 9, 36).
  • Jesús abandona su soledad y retiro, para atender, curar y satisfacer a la gente. Este relato es un signo de la entrega total de Jesús hasta la muerte a favor de la humanidad. Se olvida de sí mismo. Es el “hombre disponible”. Este gesto nos hace recordar la actitud fundamental que de Jesús nos describe la Carta a los Hebreos: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (Hb 10, 7).
  • El mismo Jesús se entrega en comida, en la Palabra y en la Eucaristía, para ser alimento permanente de quien cree en Él. Jesús es el signo visible y definitivo que el Padre otorga a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).
  • El salmo responsorial también nos lo recuerda: El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 145).

    2. Denles ustedes mismos de comer (v. 16)
  • El Reino de Dios consiste en compartir el don de Dios recibido y los bienes. Es significativo el gesto de Jesús y el mandato que da a sus discípulos: Denles ustedes mismos de comer.
  • El discípulo tiene que aprender a darlo todo por el Reino: bienes, familia, y a sí mismo. Es la triple renuncia que Jesús pide a sus seguidores.
  • Tal mandato de Jesús tiene todas las consecuencias en la vida del cristiano: saciar el hambre, trabajar por la dignidad de las personas y por la justicia social, invertir el tiempo y poner las cualidades al servicio de los demás. Jesús pide la colaboración de los suyos. Lo poco que tienen, cinco panes y dos peces (v. 17), no es de propiedad privada ante la necesidad de la multitud.
  • Con la colaboración humana, Jesús hace el milagro de la multiplicación del alimento. Dios quiere y espera siempre nuestra colaboración. Tanto en lo material como en lo espiritual.
  • Éste es el signo que los cristianos debemos dar para hacer creíble el Evangelio. Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos (Jn 13, 35).

    3. Yo soy el pan vivo (Jn 6, 51)
  • Los exegetas ven en el milagro de la multiplicación de los panes un signo de la Eucaristía. El evangelista Juan lo va describiendo claramente en el discurso del pan de vida, después de multiplicar el pan (todo el capítulo 6 de Juan).
  • Para nosotros, la Eucaristía es el signo permanente y actual del gesto de la entrega de Jesús para la vida del mundo (Jn 6, 51). Y la Eucaristía es el Pan partido, repartido y compartido.
  • Podemos afirmar que en cada Eucaristía hay tres comuniones: con la Palabra, con el Pan y con el hermano. Porque en los tres signos está presente el Señor. La conclusión es clara: no podemos participar de la Eucaristía si no “comulgamos” con el hermano. Y toda celebración de la Eucaristía nos lleva a lo mismo: realizar la comunión, la comunidad con el hermano.


    3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios) 
  • ¿Qué me pide el Señor en esta manifestación de su Palabra? ¿Cuál es mi postura ante la gente necesitada? ¿Cómo los interpreto, cómo los trato, cómo los atiendo?
  • ¿Siento verdadera compasión ante el sufrimiento ajeno? Al celebrar la Eucaristía, ¿renuevo el compromiso de comulgar con el hermano?


    4. ORAR (Qué le respondo al Señor) 
  • Señor, Tú sientes compasión por los que sufren. Y Tú me enseñas a darlo todo por los hermanos. Quiero vencer esta apatía, pereza e insensibilidad que me dominan. Tú eres la fortaleza que estás en mí para poder entregar mi tiempo y mi persona a favor de los sufridos y de los abandonados.
  • En cada celebración de la Eucaristía, quisiera experimentar esa compasión tuya que te conduce a darlo todo por los hermanos. Que yo sepa compartir con ellos lo que soy y lo que tengo.


    5. CONTEMPLA
  • A Jesús, entregado del todo por amor y para la salvación de todos.
  • A mí mismo, que me creo “bueno”, pero me siento egoísta que sólo miro por mis intereses.
  • A los demás, hermanos, que necesitan de mi atención y de mi ayuda.


    6. ACTÚA
  • Repite muchas veces: El Señor es compasivo y misericordioso. (Sal 145).



  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Martín Irure


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