El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina - Capítulo 3: Conclusión: «Qué Cristo sea formado en vosotros»



El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina
Autor: Congregación para el Clero

Capítulo 3: Conclusión: «Qué Cristo sea formado en vosotros» (Gal 4, 19) [135-140].

135. Los “munera” sacerdotales, cuando se ejercen con el espíritu de Cristo, dejan en el corazón la huella de la « alegría pascual » [123] y de la “alegría en la esperanza” (cfr. Rm 12,12). Lo recordaba Juan Pablo II al conmemorar el segundo centenario del nacimiento del Santo Cura de Ars: « Estad siempre seguros, queridos hermanos sacerdotes, de que el ministerio de la misericordia es uno de los más hermosos y consoladores. Os permitirá iluminar las conciencias, perdonarlas y vivificarlas en nombre del Señor Jesús, siendo para ellas médicos y consejeros espirituales; es la insustituible manifestación y verificación del sacerdocio ministerial » [124] .

136. En el ministerio de ser “médico y consejero espiritual”, no se trata sólo de perdonar los pecados, sino también de orientar la vida cristiana para corresponder generosamente al proyecto de Dios Amor. La generosidad con la que el sacerdote ministro responde a este proyecto, facilita el florecimiento efectivo de las gracias que el Espíritu Santo da a su Iglesia en cada época. Lo afirma el Concilio Vaticano II recordando que « para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del Evangelio por el mundo entero, así como de diálogo con el mundo actual, exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando todos los medios recomendados por la Iglesia, se esfuercen por alcanzar una santidad cada vez mayor, para convertirse, día a día, en más aptos instrumentos en servicio de todo el pueblo de Dios » [125] .

Los munera profeticos, litúrgicos y diaconales, ejercidos con este espíritu, harán que los contenidos de las cuatro Constituciones del Concilio Vaticano II se apliquen a una Iglesia que, siendo “sacramento”, o sea signo transparente de Cristo (Lumen Gentium), es la Iglesia de la Palabra (Dei Verbum), del Misterio Pascual (Sacrosanctum Concilium), insertada en el mundo y solidaria con él (Gudium et Spes); es misterio de comunión para la misión.

Todo esto comporta, como siempre ha sucedido en la actuación de los Concilios, el compromiso de los bautizados en el camino de la santidad y del apostolado.

137. La pastoral de la santidad, que se anuncia en la predicación y se realiza de forma particular con el sacramento de la reconciliación y con la dirección espiritual, siempre en relación con la eucaristía, se actúa principalmente con el ministerio sacerdotal. Se requieren ministros que vivan gozosamente este servicio que producirá ciertamente grandes frutos y disipará dudas y desánimos.

138. Es necesario difundir “anima” o “espiritualidad” en los valores actuales del progreso y de la técnica, como afirma el Papa Benedicto XVI « El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente […] No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo » [126] .

La dirección o acompañamiento espiritual de los bautizados es un itinerario entusiasmante, que impulsa al mismo confesor o director espiritual a vivir alegremente su camino de donación al Señor. « Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese “algo más” que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad » [127] .

Los sacerdotes experimentan, pues, que « no están nunca solos en la ejecución de su trabajo » [128] , pues saben que quien los manda, los acompaña y los atiende es Cristo resucitado, que camina con ellos en el «designio de salvación de Dios […] y que sólo poco a poco se lleva a efecto, […] para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que se cumpla la medida de su tiempo » [129] .

139. La perenne reforma de la vida de la Iglesia tiene necesidad del tono inequívoco de la esperanza. El crecimiento de las vocaciones sacerdotales, de vida consagrada y del compromiso eclesial de los laicos en el camino de la santidad y del apostolado, exige la renovación, el incremento del ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual, ejercidos con motivado entusiasmo y don generoso de sí. Ésta es la “nueva primavera” presagiada por Juan Pablo II: « Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo » [130] .

140. Las nuevas situaciones y las nuevas gracias son un presagio de un nuevo fervor apostólico: « Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con “María, la Madre de Jesús” (Hch 1,14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu » [131] . El ministerio de la reconciliación y el servicio de la dirección espiritual constituirán una ayuda determinante en este proceso constante de apertura y de fidelidad de toda la Iglesia y, en particular, del sacerdocio ministerial a la acción actual del Espíritu Santo.

Vaticano, 9 de marzo de 2011
Miércoles de Ceniza

Mauro Card. Piacenza
Prefecto

Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo tit. de Alba marittima
Secretario


Notas:


[123] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 11.


[124] Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo 1986, 7: l.c., 696.


[125] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 12.


[126] Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, 76.


[127] Ibidem, 77.


[128] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 22.


[129] Ibidem.


[130] Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 92: l.c., 339.


[131] Ibidem.
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