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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Lectio Divina. 29o. Domingo del Tiempo Ordinario



Lectio Divina. 29o. Domingo del Tiempo Ordinario
Tiempo Ordinario. Oración con el Evangelio. Ciclo A. 
1. INVOCA

  • Orar es: reconocer que soy “agraciado” de Él y por Él.
  • Sentir que su misma vida fluye por mis venas.
  • Ser consciente de que Él me lo regala todo generosamente: vida, familia, amigos, pasado, presente y futuro.
  • Ser agradecido es el mejor regalo que Él me da, que es Él mismo.
  • Para reconocer todo lo que el Señor me regala con tanto amor, deseo estar este rato con Él con más intensidad, en la oración de reconocimiento y alabanza.
  • Invoco al Espíritu, quien me otorga la vida del mismo Dios: Veni, Sancte Spiritus

    Ven, Espíritu Santo,
    te abro la puerta,
    entra en la celda pequeña
    de mi propio corazón,
    llena de luz y de fuego mis entrañas,
    como un rayo láser opérame
    de cataratas,
    quema la escoria de mis ojos
    que no me deja ver tu luz.

    Ven. Jesús prometió
    que no nos dejaría huérfanos.
    No me dejes solo en esta aventura,
    por este sendero.
    Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
    mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
    Te necesito en mi noche
    como una gran tea luminosa y ardiente
    que me ayude a escudriñar las Escrituras.

    Tú que eres viento,
    sopla el rescoldo y enciende el fuego.
    Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
    Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
    Tengo las respuestas rutinarias,
    mecánicas, aprendidas.
    Tú que eres viento,
    enciende la llama que engendra la luz.
    Tú que eres viento, empuja mi barquilla
    en esta aventura apasionante
    de leer tu Palabra,
    de encontrar a Dios en la Palabra,
    de encontrarme a mí mismo
    en la lectura.

    Oxigena mi sangre
    al ritmo de la Palabra
    para que no me muera de aburrimiento.
    Sopla fuerte, limpia el polvo,
    llévate lejos todas las hojas secas
    y todas las flores marchitas
    de mi propio corazón.

    Ven, Espíritu Santo,
    acompáñame en esta aventura
    y que se renueve la cara de mi vida
    ante el espejo de tu Palabra.
    Agua, fuego, viento, luz.
    Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza) 



    2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 22, 15-21) (Qué dice la Palabra de Dios)

    Contexto bíblico

  • El evangelista Mateo nos trae tres preguntas capciosas que los fariseos hacen a Jesús, después de haberse dado cuenta que las tres parábolas anteriores (hijo que dijo que sí, pero no fue a trabajar, los viñadores homicidas y los invitados al banquete de bodas) les acusaba abiertamente. Los fariseos ahora, en desquite, buscan pruebas para acusar a Jesús.

    Texto

    1. Den al César lo que es del César (v. 21) 

  • Los fariseos y los herodianos tienden una trampa a Jesús. Si afirma que hay que dar el tributo al emperador, le acusarían de colaborador con el imperio romano. Y si dice que no hay que pagar, la acusación le viene como rebelde al imperio.
  • Pero, Jesús afirma, al mismo tiempo, la autoridad humana y la autoridad de Dios. Toda persona humana vive en una sociedad, que consta de autoridades en diversos niveles y sentidos. A la autoridad hay que respetarla, escucharla y colaborar con ella, para ayudar a los ciudadanos, sobre todo, a los que carecen de medios básicos para su desarrollo como personas.
  • Jesús nos enseña que la autoridad debe ser la que reparta justamente el dinero que los ciudadanos entregan para el bien común y así evitar, cuanto más, la injusticia.
  • En definitiva, Jesús reconoce la responsabilidad de la autoridad civil, que debe estar al servicio del bien común: justicia, solidaridad...
  • El cristiano está llamado a trabajar por una auténtica justicia social en todos los estamentos de la sociedad, como: políticos, empresarios, trabajadores, ciudadanos, etc.. La política social mira al bienestar de los ciudadanos, evitando la injusticia y la pobreza. El cristiano debe trabajar en la política. No se puede afirmar que esto no le incumbe al cristiano. Puesto que es una consecuencia del precepto del amor al prójimo.
  • La doctrina social de la Iglesia expone claramente estos principios en los diferentes documentos del magisterio.

    2. Den a Dios lo que es de Dios (v. 21) 
  • No hay que sublimar la política por encima del Evangelio. No hay que confundir la política con el Evangelio. No hay que separarlos tajantemente. El Evangelio no es neutro frente a la política. Ni Jesús es un “apolítico”.
  • La política tiene autonomía propia. Y Jesús nos enseña a vivir y trabajar por la política sana en fidelidad al espíritu del Evangelio. Jesús nos enseña que la política y la Iglesia deben trabajar en armonía por el mejor bienestar de las personas que integran una sociedad.
  • La Iglesia, como comunidad de fe, no tiene función de dominio ni de gerencia. Sí tiene su misión y voz profética para llamar a la conversión de los corazones y al cambio de las estructuras injustas.
  • La persona humana es imagen de Dios. Y toda la sociedad (por supuesto, la Iglesia) debe trabajar para que la dignidad de cada ciudadano quede garantizada por las leyes y los recursos económicos.
  • La distinción entre las competencias del César (sociedad civil) y las de Dios (su Reino) ha sido siempre difícil y, en ocasiones, polémica. En un mundo secularizado, la introducción de la categoría “Reino de Dios” produce una nueva extrañeza. Para los creyentes, es un principio necesario. Porque lo fue para Jesús.


    3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios) 
  • ¿Cómo me ubico ante esta doble perspectiva: ciudadano de un país o de una sociedad y discípulo de Jesús? ¿Tengo claros los planteamientos del Evangelio en relación a vivir y ejercer el amor al prójimo?
  • ¿Cómo miro a los políticos? ¿Se dedican a trabajar por el bien común, por la justicia, por el bienestar de los ciudadanos?
  • ¿Qué les pediríamos a los políticos cristianos?
  • ¿Qué puedo hacer yo, como ciudadano y como cristiano, en favor de los necesitados? ¿Sólo rezar? ¿Puedo trabajar por la auténtica justicia social? ¿Está bien que un cristiano milite en un partido político?
  • En este sentido, ¿qué le promete a Dios y qué le prometo a mi comunidad cristiana?


    4. ORA (Qué le respondo al Señor) 
  • Ante este dilema (el César o Dios), ¿qué le respondo como creyente al Señor? ¿Siento que el Señor me pide trabajar por una verdadera y auténtica política? ¿Qué estoy dispuesto a poner de mi vida en este sentido?
  • O ¿me conformo solamente con rezar por las autoridades para que cumplan su deber?


    5. CONTEMPLA 
  • A Jesús que desafía a los fariseos, saduceos y herodianos a favor de la dignidad de las personas.
  • A la sociedad, necesitada de políticos y profesionistas honrados, que se preocupen por el bien ajeno.
  • A ti mismo, tan evasivo o tímido cuando se trata de trabajar por la justicia social.


    6. ACTÚA
  • Haz un propósito para colaborar con alguna entidad, civil o eclesiástica, en beneficio de la gente necesitada. Lleva este buen propósito a la oración.
  • Recuerda el mandato de Jesús: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado (Jn 15, 12). Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos (Jn 13, 35).



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  • P. Martín Irure



    Autor: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net
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