Lectio Divina. 2o Domingo del Tiempo Ordinario

Lectio Divina. 2o Domingo del Tiempo Ordinario
Oración con el Evangelio. Ciclo B.

Juan 1, 35-42

1. INVOCA

Vas a entrar en un ambiente de escucha de la Palabra y de respuesta a su mensaje.
Limpia tu espíritu de ruidos externos e internos. Descansa y reposa en Él. Ten calma y serénate. Tu vida va a quedar sumergida en el océano del amor del Padre.
Renueva tu promesa de entrega total al Señor. Él desea hacerlo. Y tú también. Con sinceridad.
Invoca al Espíritu, que está dentro de ti desde el Bautismo. Y déjate iluminar y animar por su inspiración.
Vamos cantando suavemente: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS Jn 1, 35-42 (Qué dice la Palabra de Dios)

Contexto litúrgico

Terminado el Tiempo litúrgico de Navidad, comenzamos el Tiempo Ordinario (domingos verdes), que se interrumpen al iniciar la Cuaresma y se continúan después del Tiempo pascual. En este ciclo B se lee principalmente el Evangelio de Marcos. Aunque (como en éste) algunos domingos se completan con el Evangelio de Juan.
Hoy corresponde celebrar el 2º domingo del Tiempo Ordinario, ya que el primer domingo coincidió con la solemnidad de la Epifanía.

Contexto bíblico

Este texto encierra (con algunos versículos siguientes hasta el v. 51, que hoy no se leen) cuatro títulos que el evangelista aplica a Jesús:
- Cordero de Dios (v. 36);
- Maestro (v. 38);
- Mesías (v. 41);
- Jesús, hijo de José (v. 45).

No es verosímil que estos títulos cristológicos el Bautista y los discípulos le aplicaran a Jesús de inmediato. Esto es fruto de una experiencia larga del conocimiento de Jesús. Hay que distinguir en estos textos como en otros, tres niveles de lectura: el histórico, el cristológico y el eclesial.
Es un relato de presentación de Jesús a cargo de Juan Bautista y de los primeros discípulos y además recoge este texto la respuesta de los primeros que se deciden seguir a Jesús.

1. Éste es el Cordero de Dios (v. 36)

La sangre del cordero inmolado marcó las puertas de las casas de los hebreos y así pudieron librarse del exterminio (Ex 12).
Pero, éste es el verdadero Cordero, que nos libra del pecado y de la esclavitud. Sacrificado en el Calvario, su entrega es signo y sacramento de salvación para nosotros.
La Eucaristía es la actualización permanente de esta entrega de Jesús hasta la muerte porque nos ama.

2. Maestro, ¿dónde vives? (v. 38)

Él es la Palabra de Dios humanizada. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). Sus palabras son espíritu y vida (Jn 6, 68).
Jesús es el Maestro, que enseña a sus discípulos, con palabras y conducta, a vivir la misma experiencia de Jesús. Vengan y lo verán (v. 39).
El ser discípulo de Jesús no consiste en saber mucho sobre Él, sino en vivir su misma vida, entrar en el ámbito de su experiencia de comunión con el Padre y con los hermanos.

3. Hemos encontrado al Mesías (v. 41)

Jesús es el Mesías, el Ungido, el Cristo, el Amado de Dios, el esperado de las gentes.
Aunque no le busquemos y no le esperemos, Él sigue saliendo a nuestro encuentro para ofrecernos generosamente su salvación y su amor.
El Padre le ha enviado para eso. Y el que le busca lo encuentra. Como los discípulos que, después de tantas dudas y ambiciones, al fin llegaron a comprender cuál es la misión y el camino del Mesías: dar la vida para que todos la tengan en plenitud.
Las llamadas de Dios se hacen en cadena de unos a otros. Gracias a que Juan el Bautista encontró a Jesús, él mismo fue indicando el camino a los otros discípulos. El testimonio del Bautista se hizo necesario para hacer posible el encuentro con Jesús.
Cada cristiano tiene esta vocación: ayudar a los demás a encontrar a Cristo, sobre todo, con el testimonio del gozo de su propio encuentro. La fe es esto: encontrar a Cristo para vivir con Él. Vieron donde vivía y se quedaron con él (v. 29).


3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

¿Me siento gozoso porque he encontrado al Señor? ¿Experimento que mi vocación a ser discípulo de Jesús es lo mejor que puede ocurrir en mi vida?
¿Agradezco al Señor tanta generosidad: elección, llamamiento, seguimiento, felicidad? ¿Siento que mi vida se transforma cuando estoy con el Señor?


4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Gracias, Padre, porque me has elegido desde antes de la creación del mundo por amor.
Gracias, Jesús, porque me amaste y sigues amándome hasta el extremo.
Gracias, Espíritu, porque eres la expresión total del Amor.


5. CONTEMPLA

A los Tres Divinos, que se han volcado hacia ti para hacerte feliz, entrando en comunión con la Trinidad.
A ti mismo, que estás sumergido en el océano del Amor de Dios.


6. ACTÚA

Reconoce el don generoso del Señor que te regala. Alaba al Señor constantemente. Dale gracias con tu misma vida. Que tu vida sea una “Eucaristía” (acción de gracias) permanente.
Siente el gozo de ser hijo predilecto del Padre, hermano y discípulo de Jesús en el Espíritu. Que las sombras de tus fallos desaparezcan con la alegría de tu vocación.


Autor: P. Martín Irure
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