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Lectio Divina. 4o Domingo del Tiempo Ordinario

Lectio Divina. 4o Domingo del Tiempo Ordinario
Oración con el Evangelio. Ciclo B.

Mc 1, 21-28

1. INVOCA

Antes de entrar en la escucha de la Palabra y en la respuesta por tu parte, prepárate con el silencio exterior e interior. No hay nada más importante en estos momentos que escuchar lo que Dios quiere decirte, acoger ese mensaje y responderle con mucho amor.
El Espíritu, el Inspirador, está dispuesto a realizar una nueva encarnación de la Palabra en cada uno de nosotros. Para eso, es necesario tener la misma actitud de la Virgen María. Aquí está la esclava del Señor. Que se haga en mí según tu Palabra.
Invocamos al Espíritu, abriéndole las puertas de nuestra vida: Veni, Sancte Spiritus.


2. LEE LA PALABRA DE DIOS Mc 1, 21-28 (Qué dice la Palabra de Dios)

Texto

Según Marcos, Jesús elige las sinagogas para impartir sus primeros mensajes como profeta. Más tarde, predicará en espacios abiertos, mirando más allá de las fronteras de Palestina. Pues, Él venía para todos.
La primera acción pública de Jesús tiene dimensión liberadora, de las opresiones del mal y de la falsa legalidad, ya que la curación se realiza en sábado.

1. Se puso a enseñar a la gente (v. 21)

Jesús es la Palabra de Dios. Y utiliza palabras humanas para abrir los ojos y las conciencias al proyecto de Dios: El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio (Mc 1, 15).
Fiel a su vocación de profeta, enviado por el Padre, Jesús se pone a enseñar a la gente, primero a los judíos que cada sábado se reunían en la sinagoga, lugar de escucha de la Palabra y de oración.
La Palabra de Jesús no era como la de los escribas y fariseos. La de Jesús, era una Palabra coherente, pues quien la proclamaba era el primero en vivirla.
De ahí le venía la buena fama a Jesús, porque enseñaba con autoridad y no como los maestros de la ley (v. 22).
Jesús ha venido a purificar la Ley de Dios de tantas adherencias de explicaciones e interpretaciones confusas, que convierten la Ley, tan nítida, (amarás al Señor tu Dios...y al prójimo como a ti mismo), en obligaciones, preceptos, prohibiciones y mandatos.
Él mismo lo expresará en la Última Cena: Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 13, 34).

2. Cállate y sal de ese hombre (v. 25)

Toda la actividad de Jesús es para luchar contra el mal, que está presente en el mundo. Los espíritus del mal manifiestan que Jesús ha venido para destruirlos (v. 24). Donde está Jesús, el mal y el pecado se retiran.
La Palabra de Dios, Jesús, tiene poder para mandar a los espíritus del mal que se retiren de aquella persona. Jesús, con palabras humanas, manda al espíritu maligno que se calle y salga de aquel hombre. Es una lucha titánica la que, a lo largo del Evangelio, sostiene Jesús contra los poderes malignos. No sólo en sí, como lo experimentó en las tentaciones, sino en los demás.
La Palabra de Dios es eficaz (Hb 4, 12): hace lo que dice. Entonces y ahora. La Palabra de la Escritura nos presenta en este momento lo que entonces se realizó como un signo de las acciones benéficas y liberadoras que realizaría en todos los tiempos. La Palabra de Dios es poderosa. Lo que hizo con aquel poseído puede realizarlo en nuestros días.

3. Todos quedaron asombrados (v. 27)

Los contemporáneos de Jesús se asombran ante la eficacia de la Palabra. Jesús proclama una doctrina nueva llena de autoridad (v. 27).
Las palabras humanas no tienen tal eficacia. Sí, la Palabra-Jesús.
Jesús se presenta como la Palabra que actúa a favor de los necesitados de liberación. Es una doctrina nueva, que la gente no la había conocido de los maestros de la Ley.
La enseñanza de Jesús va al fondo de cada persona. No se queda en lo exterior: lavado de manos, ayunos, etc... Jesús quiere el cambio de vida, liberar de tantas leyes negativas que impiden la auténtica realización personal.
En la sinagoga se predicaba la Ley. Pero, los hombres siguen poseídos de sus pecados. Jesús revoluciona el ambiente. Los letrados, en esta ocasión, callan. Pero, la gente percibe que en las palabras y acciones de Jesús reside el poder del mismo Dios. La reacción de la gente la describe Marcos: Todos quedaron asombrados.
Ante la Palabra, poderosa y eficaz, hay que responder con “asombro” y conversión.


3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

¿Qué esperamos de Dios cuando a Él nos dirigimos en la oración? ¿Soluciones a los problemas humanos? ¿Qué fe tengo en la Palabra de Dios?
¿Nuestro testimonio de vida es “creíble”, ya que decimos ser cristianos? ¿Somos coherentes entre lo que afirmamos “creer” y lo que, de hecho, vamos realizando?
¿Qué eficacia doy en mi vida a la Palabra? ¿Nos dejamos dominar por la palabrería? ¿Somos personas de acción o nos quedamos en los buenos propósitos?


4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Gracias, Padre, por tu Hijo Jesús, que es tu Palabra auténtica y definitiva. Porque, por medio del Verbo, nos has comunicado tu intimidad y tu plan de salvación.
Gracias, Palabra hecha palabra humana. Porque has convertido nuestras palabras en lenguaje y en gestos de liberación y de cercanía.
Gracias, Espíritu, que inspiras siempre la Verdad, nos comunicas la Vida y la autenticidad del mensaje de la Trinidad.
Gracias, Verbo, porque tus palabras son siempre espíritu y vida (Jn 6, 63).


5. CONTEMPLA

Al Padre, que nos entrega a su Hijo como Palabra de vida.
A Jesús, Palabra, que es eficaz para quitar todos los males de nosotros.
Al Espíritu, que nos inspira para comprender la Palabra y nos anima a realizarla.


6. ACTÚA

Leeré constantemente la Palabra de Dios, que sana, arranca mis males y me da la vida.
Trataré de animar a otros para que se acerquen a la Palabra de Dios, para que la comprendan y la lleven a la práctica.
Repetiré: Tu Palabra me da vida, confío en Ti, Señor (Sal 119)



Autor: P. Martín Irure
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