Lectio Divina. 6o Domingo del Tiempo Ordinario

Lectio Divina. 6o Domingo del Tiempo Ordinario
Oración con el Evangelio. Ciclo B.
Mc 1, 40-45


1. INVOCA

Ante la llamada del Señor, cada uno debe responder con toda su capacidad sicológica y espiritual. El Señor te llama a que escuches su Palabra, su mensaje. ¿Hay algo más importante que hacer en este momento?
Abre tu mente y tu conciencia a la acción del Espíritu, que está dispuesto siempre a iluminar el sentido de la Palabra y a fortalecer nuestra debilidad para llevarla a la práctica.
Invoca al Espíritu, para que tú respondas a la inspiración que te ofrece. Veni, Sancte Spiritus:

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS Mc 1, 40-45 (Qué dice la Palabra de Dios)

Contexto bíblico

El Evangelio de este domingo nos habla de la curación por Jesús de un leproso. Hay que darse cuenta que, en tiempos de Jesús, el leproso no sólo era un enfermo, sino además un pecador, castigado con la lepra por su pecado. Tenía que apartarse de su familia y de la sociedad, para vivir entre los leprosos, marginado de todo trato social.
Las leyes prohibían acercarse al leproso y el que lo hacía quedaba igualmente “contaminado” por la lepra y por el pecado.
Los evangelistas, al narrar las curaciones milagrosas de Jesús con los leprosos, presentan estos gestos como una liberación total del mal y del pecado y, además, la reintegración a la sociedad civil y religiosa.

Texto

1. Jesús, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo (v. 41)

Lo que mueve a Jesús para acercarse al leproso, “intocable”, pecador y maldito, es la compasión. Es el amor de Dios que se conmueve ante el dolor y la marginación de la persona. El gesto de Jesús nace de su amor liberador, que rompe las leyes injustas contra la dignidad de la persona. Es decir, Jesús rompe las normas de la marginación social, a la que estaba sometido el leproso.
Hay más todavía en esta curación que hace Jesús. Rompe la mentalidad religiosa de aquel tiempo, que miraba al leproso como un pecador, castigado por el mismo Dios por los pecados que el enfermo había cometido.
Lo tocó. Tocar a un leproso era hacerse semejante a él, asumiendo toda la condena social y religiosa que pesaba sobre el enfermo.
Jesús asume toda la responsabilidad ante las autoridades religiosas y civiles. Y así Él mismo “se convierte” en un “pecador” ante Dios y un marginado ante la familia y la sociedad.

2. El leproso comenzó a divulgar entusiasmado lo ocurrido (v. 45)

La curación instantánea de la lepra era signo de los tiempos mesiánicos, de la presencia del Mesías en el pueblo. Había llegado el Mesías, ya que la persona humana era reintegrada a la sociedad y Dios “limpiaba” el pecado del leproso.
Es como la confirmación de la alianza de Dios con su pueblo, el Dios que ha convertido la historia de Israel en historia de salvación, el Dios que ha cumplido en el Mesías la promesa de liberar cuerpos y espíritus.
El leproso curado, a pesar del mandato de Jesús, no oculta su alegría. Pregona entusiasmado el cambio de vida, su nueva regeneración, su dignidad de persona.
Jesús sufre las consecuencias de esta “buena noticia” que pregona el leproso curado. Pues no podía estar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados (v. 45). Jesús es el marginado, que asume las consecuencias de enfrentarse a unas leyes injustas. Así va encontrando su propia vocación de “Mesías oculto”, que, incomprendido totalmente por las autoridades políticas y religiosas, terminará crucificado.


3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

Jesús viene a romper las barreras de la injusticia y la discriminación entre las personas. ¡Todas las injusticias, todas las marginaciones! Dios no quiere personas esclavas que vivan con temor. Dios nos ha creado para que, siendo sus hijos, vivamos en alegría y en libertad.
Dios se manifiesta en Jesús como el “Compasivo”, que sintoniza con nuestro dolor, lo vive y sufre con el que sufre. También Cristo sufrió por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas (1 Pe 2, 21).
Jesús es el verdadero Siervo de Yavé, que se entrega a la persecución, soporta nuestros sufrimientos y dolores (Is 53).
Jesús, por su entrega hasta la muerte de cruz, se convierte en salvación y resurrección para todos. Él es nuestra fuerza, resurrección y vida (Jn 11, 25).


4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Jesús, Tú nos das una hermosa lección. Vas por la vida haciendo el bien a todos, sobre todo, a aquellos que te suplican con fe y confianza. Te compadeces de los humillados. Y les devuelves la dignidad como personas y como hijos de Dios.
Tú nos acompañas a cada uno de nosotros, con solicitud y entrega. Cargas con nuestras cruces más que nosotros mismos. Y quieres que respondamos a tu actitud y a tu gran amor. Y todo, para nuestro bien y felicidad.
Cuando me siento como “leproso”, acomplejado y dominado por mis pecados, te gritaré: Puedes limpiarme, Jesús, porque lo quieres Tú mucho más que yo.
Creo, Jesús, en tu poder, que es compasivo y misericordioso. Creo en tu amor, que hace todo lo que puede, para que yo viva alegre aun en medio de los problemas. ¡Gracias, Jesús! Seré el pregonero de tus bondades.


5. CONTEMPLA

Contempla a Jesús en su acercamiento al leproso: extiende su mano, le toca y le dice: Quiero, queda limpio.
Contempla a ese mismo Jesús que hace lo mismo contigo. Siéntete curado, sanado, limpiado, resucitado.
Contempla a otros “leprosos” de nuestra sociedad. Marginados por los humanos y, a veces, sometidos a una religiosidad que inculca el miedo a Dios. ¿Qué sientes por ellos?


6. ACTÚA

¿Cómo va a ser tu relación con el Señor? ¿De confianza total, de temor? Aunque te sientas pecador, recuerda que Él ha venido para los pecadores, sobre todo.
¿Qué vas a hacer por los “marginados” sociales y religiosos?
Repetiré: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Yo sé que lo quieres, hágase en mí tu deseo.



Autor: P. Martín Irure
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