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Lectio Divina. Domingo de Ramos

Lectio Divina. Domingo de Ramos
Oración con el Evangelio. Ciclo B.


Mc 11, 1-10


1. INVOCA

Nos abrimos a la acción del Espíritu, que nos va a inspirar el sentido de la Palabra, lo que Dios quiere de nosotros, y además nos va a animar a vivir esa Palabra y el querer del Señor.
Hacemos el silencio exterior e interior. Evitamos los ruidos externos y apagamos los ruidos internos: proyectos, horarios, ocupaciones, tareas...
Invocamos cantando suavemente: Veni, Sancte Spiritus.


2. LEE LA PALABRA DE DIOS Mc 11, 1-11 (Qué dice la Palabra de Dios)

Contexto litúrgico

En este Domingo de Ramos, leemos este texto de Marcos en la bendición de las palmas o ramos y la Pasión según Marcos en el momento de la proclamación del Evangelio en la celebración de la Eucaristía. Tomamos el texto que la liturgia proclama en la bendición de los ramos.
La liturgia de este domingo nos presenta un doble aspecto sobre Jesús. La procesión con los ramos es una celebración de alabanza a Jesús, como Mesías y Rey. En cambio, los textos litúrgicos de la Misa nos manifiestan el lado doloroso de la Pasión.

Texto

1. Vayan al poblado de enfrente (v. 2)

Jesús se presenta como el “Señor”, que dispone del borrico, con normas que imparte a los discípulos para ello. Toma la iniciativa para los preparativos.
Jesús también se presenta como el Mesías, que se deja vitorear y alabar por la multitud.
En esta ocasión, Jesús no impone silencio sobre su condición de Mesías, como Marcos destaca que lo hace en otras circunstancias.
La misma inspección del templo (v. 11), aunque rápida, indica la actitud de Jesús, que se siente investido de una misión especial.
Sin embargo, Jesús evita cualquier interpretación errónea sobre sí mismo en un sentido triunfalista y dominante de su condición de Mesías. Cabalga sobre un jumento, animal utilizado por la clase humilde y no por la clase alta de aquella sociedad, que desfilaba en caballos enjaezados y utilizados para la guerra.
Quien cabalga es un Mesías humilde, sencillo, al servicio del pueblo. No, al estilo de los señores y reyes de este mundo.
Tampoco Jesús busca el aplauso y el reconocimiento popular sobre su condición de Mesías. Pues, terminado el desfile, se retira sencillamente a Betania, lugar de descanso y encuentro con los amigos.

2. Bendito el que viene en nombre del Señor (v. 9)

Según los evangelistas, la aclamación popular indica que el pueblo sencillo captó, de algún modo, la misión de Jesús. La descripción que hacen los evangelistas de la entrada triunfal en Jerusalén es, sin duda, una afirmación y una manifestación de Jesús Mesías.
Los discípulos pensaron que llegaba la hora de proclamar a Jesús el Mesías esperado, el Liberador, el Rey que venía a instaurar el Reinado de Dios y a realizar el juicio contra los paganos que dominaban Israel. Los mantos, extendidos por el camino, y los ramos, agitándose en el aire, eran expresión de la euforia popular con que acompañaban la entrada de los reyes en la ciudad de Jerusalén.
Diversas serían las expectativas. Tal vez, los grupos radicales (los zelotas entre ellos), verían en este gesto un motivo para un alzamiento popular contra los romanos.
Jesús entra en Jerusalén. Es la sede de los adversarios de Jesús. Ahí viven los responsables de la ortodoxia, del culto y de la Ley. Y en ese lugar, Jesús será sentenciado, condenado y asesinado. En el relato de Marcos, no es la gente de la ciudad la que sale a recibir a Jesús y la que le aclama. Entran con él los peregrinos, los discípulos y otras gentes venidas de las afueras de la ciudad.

3. Fue al templo y observó todo a su alrededor (v. 11)

El templo es el final del recorrido. No va Jesús al templo a orar. La mirada de Jesús sobre el templo prepara el gesto profético, que Marcos nos describe un poco más adelante (vs. 15-19).
Jesús ve en aquel enorme edificio una estructura que significa la resistencia de las autoridades religiosas y civiles a su mensaje de salvación. Por eso, se enfrentará y atacará al corazón de las instituciones judías, que impedían aceptar y vivir la misión liberadora de Jesús.
El gesto de Jesús es un desafío claro y provocativo, que sus enemigos lo tendrán en cuenta en el momento de la acusación y de la sentencia de muerte.


3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

A Jesús hay que aclamarle sinceramente en el fondo del corazón, como a nuestro Señor y Rey absoluto de nuestras vidas.
Este Rey, Mesías, Salvador no lleva el estilo de los poderosos de la tierra. Es el servidor de todos. Yo estoy entre ustedes como quien sirve (Lc 22, 27).
Jesús es el Mesías esperado, el Hijo del hombre. Pero no por eso viene para restablecer un reino temporal, sino para entrar en la gloria e introducir en ella a su pueblo pasando por la muerte del Siervo.
Jesús es manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), que anuncia la salvación a los pobres (Lc 4, 18). Y entrega su vida por la redención de la multitud de los pecadores (Mc 10, 43).


4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Gracias, Jesús, por tus gestos sencillos, humildes, pero expresivos. Tú siempre nos ofreces en tu Palabra la señal de quién eres y qué deseas hacer con nosotros.
Tal vez, te aclamamos muchos días de nuestra vida, por medio de cantos, oraciones, procesiones, liturgias, etc. Y lo realizamos con sinceridad en el fondo de nuestra conciencia... Pero, nos olvidamos de que Tú eres la única salvación para nosotros y buscamos y aclamamos y nos entregamos a otros “dioses”: el consumismo, el egoísmo, la soberbia, la insensibilidad por los que sufren, por los sencillos y humildes.
Tú te manifiestas, sobre todo, en la gente sencilla, no tanto en los grandes templos ni en las ceremonias majestuosas. Estás en el corazón del pueblo marginado y humillado por los grandes. Jesús, haz que te reconozcamos siempre entre las personas humildes y sencillas.


5. CONTEMPLA

A Jesús, que se manifiesta como el Enviado y el Liberador, pero con modos y medios sencillos.
A Jesús, que realiza signos y gestos para llevar a cabo el proyecto de Dios de salvación de los humanos.
Al pueblo, sencillo, que se afana y trabaja, buscando su propia salvación...
A ti mismo, que, a veces, quieres señales, visiones y voces prodigiosas del Señor, para despertar tu apatía, tu miedo, tu indiferencia, tu rutina.


6. ACTÚA

Aprenderé de Jesús a ser “manso y humilde de corazón”, a no imponer por la fuerza o violencia mis criterios y mis modos de entender la convivencia familiar, social y eclesial.
Repetiré: Bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Hosanna! Sobre todo, cuando me venga la tentación de gritar desesperadamente: ¡Crucifícalo, crucifícalo!


Autor: P. Martín Irure
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