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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

¿PARA QUÉ ORO? ¡Dios nunca me hace caso cuando rezo! - 1ª Parte

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 1ª Parte.// Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com
«Oren en todo tiempo... Perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca» (Ef 6, 18)

«No tengo ganas de orar, ¿para qué hacerlo si a mí Dios no me escucha nunca?»; «Dicen que Dios sí me oye, pero de nada me sirve porque igual no atiende a mis súplicas»; «Yo, cuando rezo, sólo pido cosas buenas, cosas que no van en contra de la voluntad de Dios; ¿entonces por qué a otros sí les hace caso y a mí no?»; «Dicen que Dios me ama; si es así, ¿por qué dejó que se muriera mi papá después de tanto que rezamos para que se curara?».

¿Todo cuanto pidan en la oración...?

Expresiones como las anteriores todos las hemos escuchado; incluso alguna vez nosotros mismos, cristianos, las hemos esgrimido en momentos de desaliento. Y es que no hay nada más doloroso que descubrir la —aparente— ineficacia de la oración, que choca tan abiertamente con lo prometido por Dios mismo en las Sagradas Escrituras. San Alfonso María de Ligorio da un rápido resumen de dichas promesas bíblicas en su libro El gran medio de la oración:

«Invócame en el día de la tribulación... Llámame y Yo te libraré... Llámame y Yo te oiré ... Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.. Cosas buenas dará mi Padre que está en los cielos a aquel que se las pida... Todo aquel que pide, recibe... Lo que queráis, pedidlo, y se os dará. Todo cuanto pidieren, lo hará mi Padre por ellos. Todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo recibiréis y se hará sin falta. Si alguno pidiereis en mi nombre, os lo concederá».

La teoría del instructivo incompleto

Y aquí empieza uno a hacer interpretaciones para salvar su fe: «Seguramente Jesucristo quiso decir otra cosa y los apóstoles lo malentendieron»; «como los evangelistas sólo pusieron por escrito una pequeña parte de la enseñanza de Cristo [cfr. Jn 21, 25], tal vez no anotaron todo lo que el Señor les enseñó acerca de la oración, y por eso ésta casi nunca nos funciona, porque no nos llegaron las instrucciones completas». Conclusiones así nos ayudan a no arrojar la toalla, a no condenar a Dios, a seguir creyendo o a intentar seguir creyendo.

Pero, por desgracia, el sentimiento de fracaso, la sensación de haber sido burlados por las sentencias bíblicas, puede llevar —y de hecho ha llevado a muchos en todas las épocas— a la abierta enemistad con el Altísimo, o a dudar seriamente de su existencia.

La teoría del Dios ficticio

Escribe el ingeniero Alfonso Aguiló en su libro ¿Es razonable ser creyente? (Ediciones Palabra) este ejemplo de una mujer decepcionada:

«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía... Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací».

Y volvemos a lo mismo: si se supone que Dios es no sólamente todopoderoso, sino que nos ama tanto como verdadero Padre, ¿cómo es que no atiende las súplicas de sus hijos? Es más, ¿quién fue el... sinvergüenza al que se le ocurrió escribir en la Biblia, como salidas de la boca de Jesús, las siguientes palabras?: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11). Como la fórmula bíblica no funciona, luego entonces Dios es sólo una ilusión.

La teoría del Dios a mi servicio

El mismo Alfonso Aguiló hace notar de inmediato, tras el ejemplo de la frustrada mujer, que la actitud con la que muchos suelen recurrir a la oración es la más inapropiada, comenzando por el hecho de que nunca o casi nunca rezan sino cuando tienen una necesidad, «y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida, tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. ‘Son ese tipo de personas —decía Martín Descalzo— que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás’». Ésta sería, pues, una lamentable pero muy común visión utilitarista de Dios, es decir: Dios debe estar a mi servicio y no yo al servicio de Él; Dios es bueno si hace lo que le pido; Dios no me ama o no existe si no me cumple aquello por lo que le recé.

Pedir no es malo

Lo anterior no significa que orar para pedir sea malo, pero sí es una llamada de atención en el sentido de que orar es mucho más que sólo estar solicitando favores.

El Catecismo de la Iglesia Católica hace notar que ciertamente la petición es la forma de oración «más habitual, por ser la más espontánea» (n. 2629). Pero también recuerda que hay muchos otros modos de orar; por ejemplo, la oración de acción de gracias, con la que se reconoce que todo bien recibido es obra de la mano de Dios; la oración de alabanza, en la que se le da gloria Dios no por lo que hace sino por lo que es, y la oración de adoración, en la que, al reconocer que Dios es Dios, se ejerce una sumisión voluntaria a Él.

Obviamente, Dios quiere que le pidamos. Por eso, cuando los discípulos le suplicaron: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1), Jesús les enseñó el Padrenuestro, una oración compuesta por un saludo y siete peticiones (Mt 6, 9-13).

Pedirle a Dios es un modo de glorificarlo pues así se reconoce que es el verdadero y único Señor de la historia, capaz de cambiar los acontecimientos y hasta de pasar por alto las leyes de la naturaleza. De igual modo, la oración de petición puede constituir un acto de humildad, pues hace evidente que el que reza no es autosuficiente sino una siemple criatura, necesitada de la bondad divina.

La promesa de ser escuchados es para todos

Como explica el mismo Catecismo en su número 2565, «la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo». Visto así, quien se acuerda de Dios sólo cuando tiene una necesidad, obviamente no es una persona que mantiene con una relación correcta con el Señor.

Sin embargo, aun cuando alguien no se acuerde nunca de hablar con Dios sino cuando tiene una súplica que hacerle, esta oración tiene su importancia en el sentido de que «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).

Más aún, la promesa de que «todo el que pide recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá» (Mt 7, 8) la hizo Cristo sin excluir a nadie, porque en Dios no hay exclusión de personas. Todo el que pide con fe recibe, no importa si no es cristiano, si es un protestante o si es un católico muy pecador.

Hay a quienes el sentimiento de indignidad les impide acercarse a la oración. Jesucristo habló de esto a sor Josefa Menéndez , religiosa española de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien el Señor le concedió revelaciones privadas desde 1921 hasta su muerte, en 1923. El Señor le dijo: «Estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi divino Corazón…porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi Bondad. Si reconocen su impotencia y debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído».

Los pecadores también deben orar

Escribre san Alfonso María de Ligorio en su tratado El gran medio de la oración:

«No faltará alguno que dirá por ventura: soy pecador y por tanto no puedo rezar, porque leí en las Sagradas Escrituras: ‘Dios no oye a los pecadores’. Mas nos ataja santo Tomás de Aquino.... [diciendo] que eso sólo se puede decir del pecador, en cuanto es pecador, esto es, cuando pide al Señor medios para seguir pecando, como si se pidiese al Cielo ayuda para vengarse de su enemigo o para llevar adelante alguna mala intención. Y otro tanto puede decirse del pecador que pide al Señor la gracia de la salvación sin deseo de salir del estado de pecado en que se encuentra».

En tales casos, «sus oraciones no pueden ser oídas de Dios, porque son temerarias y abominables. ¿Qué mayor temeridad la de un vasallo que se atreve a pedir una gracia a su rey, a quien no tan sólo ofendió mil veces, sino que está resuelto a seguir ofendiéndole en lo venidero? Así entenderemos por qué razón el Espíritu Santo llama detestable y odiosa la oración de aquel que por una parte reza a Dios y por otra parte cierra los oídos para no oír y obedecer la voz del mismo Dios. Lo leemos en el Libro Sagrado de los Proverbios: ‘Quien cierre sus oídos para no escuchar la ley, execrada será de Dios su oración’. A estos desatinados pecadores les dirige el Señor aquellas palabras del profeta Isaías: Por eso, ‘cuando levantareis las manos hacia Mí, Yo apartaré mi vista de vosotros, y cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos os escucharé’...

«Hay pecadores que han caído por fragilidad o por empuje de una fuerte pasión y son ellos los primeros en gemir... y en desear que llegue por fin la hora de romper aquellas cadenas y salir de tan mísera esclavitud. Piden ayuda al Señor, y si esta oración fuere constante, Dios ciertamente los oirá... Lo que la amistad no consigue, dice el Crisóstomo, obtiénese por la oración... San Agustín razona muy bien cuando dice que si Dios no oyera a los pecadores, inútil hubiera sido la oración de aquel humilde publicano que le decía: ‘Señor, tened piedad de mí, pobre pecador’. Sin embargo, expresamente nos dice el Evangelio que fue oída su oración y que ‘salió del templo justificado’.

«Mas ninguno estudió esta cuestión como el Doctor Angélico, y él no duda en afirmar que es oído el pecador, cuando reza; y trae la razón que, aunque su oración no sea meritoria, tiene la fuerza misteriosa de la impetración, ya que ésta no se apoya en la justicia, sino en la bondad de Dios».

Condiciones para que la oración sí «funcione»

Es, pues, un hecho indiscutible —que jamás debemos olvidar— que Dios siempre escucha. Es más, como dice el presbítero español Franciso Fernández Carvajal en su libro Hablar con Dios (Ediciones Palabra), «Jesús nos oye siempre, también cuando parece que calla. Quizá es entonces cuando más atentamente nos escucha; quiere que le pidamos confiadamente, sin desánimo, con fe».

Entonces —volvemos al principio—, ¿por qué no vemos resultados en la oración? ¿Por qué seguimos sintiéndonos frustrados a la hora de pedirle algo a Dios? ¿Por qué, por qué? Definitivamente porque fallamos en alguna de las cuatro grandes condiciones que el Señor nos ha enseñado como necesarias para que la oración «funcione»: tener fe al pedir, ser perseverantes en nuestro rezo, pedir cosas buenas y hacerlo con humildad. ¿Realmente las cumplimos cabalmente? ¿No será que nos rendimos fácilmente si no vemos resultados inmediatos? ¿Acaso confiamos al cien por ciento en que Dios nos va a atender? Y, de las cosas que pedimos, ¿no será que no son tan «buenas» como pretendemos o, mejor todavía, no será que Dios tiene pensado para nosotros algo aún mejor?nosotros algo aún mejor?
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