Yo pedí sólo cosas buenas y definitivamente Dios no me las concedió

«Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: “Abbá -o sea, Padre-, si para Ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36)
Si realmente hemos pedido con fe, y si también fuimos perseverantes en la oración, ¿por qué aun así no siempre recibimos de parte de Dios lo que le solicitamos? El apóstol Santiago responde: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (Stgo 4, 2- 3).


No pidamos cosas mezquinas

Es verdad: con frecuencia lo que se pide en la oración no es totalmente bueno ni totalmente puro; aun cuando tenga elementos que lo hagan conveniente -la salud de una persona, un empleo en tal o cual lugar-, aquel deseo puede estar contaminado por inconvenientes intereses -quiero que mi padre se cure porque lo amo pero también para que me siga manteniendo, deseo aquel puesto de trabajo no sólo para ganarme el pan sino para estar más cerca de aquella persona que me interesa aunque sea casada-. Por eso exhorta san Agustín:

«Tratamos con un Dios que es infinito en poder y riquezas. No le pidamos cosas ruines y mezquinas, sino cosas muy altas y grandes. Pedir a un rey poderoso un céntimo vil, sería sin duda una especie de injuria. ¿ Y no lo será hacer lo mismo con nuestro Dios? Aunque seamos pobres y miserables y muy indignos de los beneficios divinos, sin embargo, pidamos al Señor gracias muy grandes, porque así honramos a Dios».

Añade el santo que pedimos no pocas veces a Dios bienes temporales y no nos escucha, y que esto es porque nos ama y nos quiere bien: «Cuántos que caen en pecados, estando sanos y ricos, no caerían si se encontraran pobres o enfermos. Y por esto cabalmente a algunos que le piden salud del cuerpo y bienes de fortuna se los niega el Señor».

Pero lo anterior «no quiere decir -afirma san Alfonso María de Ligorio- que sea una falta pedir cosas convenientes para la vida presente. También las pedía el Sabio en las Sagradas Escrituras: "Dame tan sólo, Señor, las cosas necesarias para la vida cotidiana"... Por eso, cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros de que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual que es lo único que merece consideración».

Lo primero que se debe pedir

Otro tanto afirma san Claudio de la Colombiere: Jesucristo «nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores. He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón... Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía: "Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto". Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar de que hasta ahora hayamos orado sin éxito».

Y añade el santo jesuita francés: «Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las creaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos».

¿Y cuando pedimos cosas buenas?

Sin embargo, hay ocasiones en que realmente pedimos cosas en orden a nuestra salvación eterna, y aun así Dios no parece escuchar. ¿Qué ocurre aquí?

Responde san Alfonso María de Ligorio: «Sucede también a menudo que pedimos al Señor que nos libre de una tentación peligrosa, mas el Señor no nos escucha y permite que siga la guerra de la tentación. Confesemos entonces también que lo permite Dios para nuestro mayor bien. No son las tentaciones y malos pensamientos los que nos apartan de Dios, sino el consentimiento de la voluntad. Cuando el alma en la tentación acude al Señor y la vence con el socorro divino, ¡cómo avanza en el camino de la perfección! ¡Qué fervorosamente se une a Dios! Y por eso cabalmente no la oía el Señor».

El monje dominico francés Antonin Dalmace Sertillanges se refiere a este proceder del Señor con una genial frase: «Dios muchas veces nos ayuda no ayudándonos».

Hasta el propio san Pablo atestigua haber sido «víctima» del «no» divino. El santo era presa de un mal o de una tentación muy particular y gave, y oraba al Señor para que se la quitara: «Por este motivo tres veces rogué al Señor que la alejase de mí. Pero Él me dijo: "Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"» (2 Co 12, 8-9).

¿Hágase mi voluntad o la de Dios?

Quien de verdad confía en el Señor debe estar dispuesto a aceptar su voluntad, porque siempre será de más provecho que la nuestra. «Así como elcielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de sus caminos y mis proyectos son muy superiores a los de ustedes» (Is 55, 9), dice Yahveh.

Por eso escribe José Antonio Pagola en su libro La oración de Cristo y la oración de los cristianos que «la eficacia de la oración no consiste en que Dios cambie su voluntad para hacer la nuestra, sino en que nosotros conformemos nuestra voluntad a la suya. De ahí, que todas nuestras peticiones deben estar condicionadas al plan salvífico de Dios».

San Francisco de Borja, antes de convertirse en jesuita, era un hombre casado y rezaba por la salud de su esposa enferma con total confianza. El Señor se le apareció y le dijo: «Te concedo lo que me pides: la salud de tu esposa, pero te advierto que ni a ti ni a ella les conviene». El santo, entonces, aceptó con generosidad la voluntad de Dios y su esposa falleció a los pocos días.

Por eso, cuando pedimos a Dios algo, es recomendable repetir lo que Jesucristo mismo nos enseñó cuando oraba en el Huerto de los Olivos: «Abbá -o sea, Padre-,... no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36).

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com
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