Reverendo Padre Fabián A. Barrera, c.m.

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Felicidades

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6 oct. 2012

El demonio de la acedia - XII


La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.// Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN

Lucha y victoria sobre la acedia

Lucha y victoria sobre la acedia

A lo largo de nuestros encuentros en que nos hemos ido ocupando de este fenómeno, hemos ido apreciando la importancia que tiene y como y como ignorar la acedia es ignorar un aspecto esencial del mensaje cristiano, de la revelación de Dios, de la revelación cristiana.

En este espacio nos vamos a ocupar por lo tanto de la lucha que implica la acedia para el hombre creyente, la lucha espiritual, que a comenzado con Cristo pero sigue empeñándose con la Iglesia a lo largo de los siglos, y la victoria sobre la acedia que Nuestro Señor Jesucristo nos promete y nos asegura si permanecemos fieles a Él y lo seguimos.

Victoria que es el triunfo del amor sobre el desamor, porque, hemos visto al comienzo de esta serie, que la acedia es el pecado contra la caridad.

Recordemos como el Catecismo de la Iglesia Católica enumeraba los pecados contra la caridad diciendo que eran: indiferencia, ingratitud, tibieza, acedia y odio a Dios.

Y decíamos que, en el fondo, todos ellos se reducen a la acedia o son distintas formas de la acedia, son defectos del amor.
1.- La indiferencia ante el que nos ama;
2.- La ingratitud ante el que nos ama;
3.- La tibieza en el amor al que nos ama; o
4.- El odio al que nos ama.
Son todas formas de la debilidad del conocimiento del bien, o de confundir el bien con el mal. Esa es la acedia.

Pero esta descripciones teóricas que hemos hecho nos pueden hacer olvidar o perder de vista que estos son fenómenos personales, que lo que está en juego aquí es la lucha entre el creador y la creatura libre que puede rebelarse contra el creador, y Satanás es eso, el demonio es eso, es un ángel de luz que se revela contra Dios y dice no serviré, que considera que Dios es malo, y que por lo tanto trata de destruir la obra creadora de Dios, especialmente destruir al ser humano, al varón y a la mujer, abolir la obra de Dios.

Ya en el comienzo de la Sagrada Escritura aparece esta lucha. Dios, en el primer acto de la creación del Paraíso, crea al barón y a la mujer, los destina a un destino glorioso, a gobernar todas las cosas, a entregarle el mundo como regalo de bodas... y en el segundo acto aparece inmediatamente la serpiente oponiéndose a este plan de Dios y tratando de destruirlo, trata de abolir el plan, pero no sólo el plan, sino de abolir al varón como varón, y a la mujer como mujer.

Y logra, parece, en un tercer acto vemos las penas de lo que ha logrado ese ataque demoníaco intentando abolir al varón y a la mujer, y por lo tanto su amor, y su descendencia, y gobierna una humanidad amorosa de Dios sobre las criaturas, participando en el gobierno de la Divina Providencia.

Esa lucha está entablada, en esa lucha llegamos hasta nuestros tiempos, pero ha habido un acto nuevo que es el de la encarnación del Verbo, en el que el Verbo ha venido para remediar y para desarticular ese esfuerzo de demolición de las fuerzas demoníacas.

Nuestro Señor Jesucristo en su última cena, cuando está por despedirse de sus discípulos rumbo a la pasión, les dice:
Yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Estas cosas las he hablado con ustedes para que tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad! yo he vencido al mundo.
Jesús nos anuncia que tendremos tribulaciones en este mundo, no podemos ilusionarnos los cristianos, no es el discípulo mayor que su maestro, anuncia Jesús en otro pasaje del Evangelio, “sí a mi me han perseguido, a vosotros os perseguirán”, “el que a vosotros desprecia, a mi me desprecia, y el que me desprecia a mí desprecia a aquel que me envió”, estamos en esa comunión con el Padre y con el Hijo y por lo tanto “si por eso queréis matarme –va a decir Jesús– es porque no conocéis al Padre”. Y por lo tanto, la oposición a Cristo, la oposición en el martirio, es consecuencia de esta lucha que está entablada.

Jesús nos anuncia la lucha pero nos anuncia la victoria, y es a esto a lo que quería dedicar con ustedes este tiempo, leyendo algunos textos de la Sagrada Escritura que nos iluminan sobre esto.

Otro texto de la victoria, en la primera carta de Juan, en el capítulo V, dice:
Porque este es el amor de Dios que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados. (1 Jn 5, 3)
Claro, para los hijos no son pesados los mandamientos del Padre, porque si amamos al Padre hacer su voluntad no es pesado, el amor hace liviano inclusive aquello que para otros puede parecer imposible, el amor facilita todas las cosas, y continúa San Juan:
Porque todo –todo hijo de Dios– el que ha nacido de Dios vence al mundo (1 Jn 5, 4)
El Hijo de Dios vence al mundo, Cristo ha vencido al mundo, y nosotros participamos en esa victoria si vivimos como hijos.
Y esta es la victoria que venció al mundo, nuestra fe.(1 Jn 5, 4).
¡Qué profundidad la de este texto, queridos hermanos!, hay que dejar que este texto ilumine nuestra vida, nuestra fe nos da la victoria sobre el mundo, no nos la da acciones exteriores, podemos aparecer como derrotados ante el mundo por mantenernos creyentes y vivir nuestra fe, como los mártires parecieron quizás débiles o vencidos ante el mundo pero fueron vencedores porque mantuvieron su fe hasta el final.

Esta es la visión que Cristo tiene acerca de la victoria, hay una revelación acerca de nuestra lucha, de las características de nuestra lucha, de la naturaleza teológica, religiosa, de nuestra lucha, y de cual es también la victoria que se nos promete, si nosotros permanecemos creyentes hasta el fin vencemos al mundo, el mundo no ha podido nada en nosotros.

Cuando más el mundo parece poderoso ante nosotros, cada uno de nosotros puede experimentar y decirse pero a mí no me ha vencido, ¿como es posible que un mundo tan poderoso, ante el cual sucumben tantos que yo he conocido, incluso sacerdotes o gente que parecía santa y ha sucumbido ante el mundo, qué pasa conmigo que no he sucumbido?, ¿a qué se debe esta victoria de la gracia en mí, que yo experimento como algo superior a mis fuerzas porque soy bien consciente de mi debilidad?.

Nuestra lucha, queridos hermanos, nos la explica San Pablo en la carta a los efesios, en el capítulo VI, versículo 10 y siguientes, diciéndonos, exhortándonos a que nos fortalezcamos en el Señor, en su ejemplo, en la comunión con Él, diciendo:
Por lo demás, confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza. (Efesios 6, 10)
Fíjense en la redundancia esta: la fuerza nos viene del Señor, y continúa:
Revestidos de la armadura de Dios –como los antiguos soldados que se revestían para el combate con una armadura–, para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo. (Efesios 6, 11)
¿Cómo?, ¿acechanzas del diablo?, ¿vamos a luchar contra el diablo?, sí, nos dice Pablo, y nos explica:
Porque nuestra lucha no es contra no es contra carne y sangre. (Efesios 6, 12)
Es decir no es contra seres humanos, podrán parecer pero son servidores de una fuerza superior que los mueve y que de pronto ellos mismos ignoran.
Sino que nuestra lucha es contra los principados, las potestades, los poderes de las tinieblas de este mundo y de este siglo (Efesios 6, 12)
Es decir los ángeles caídos, el príncipe de este mundo que lo maneja. Claro porque el demonio en el Paraíso se anotó una victoria que fue hacer que nuestros primeros padres pecaran y que todos nosotros naciéramos con el pecado original, por lo tanto los hombres pecadores, que nacen con el pecado original, ya desde Babel, desde esa ciudad que se quiere levantar hasta alcanzar a Dios y usurpar el poder divino, está herida por el pecado original, y por lo tanto nuestra lucha es contra esos hombres carnales que no han sido redimidos, que no conocen el amor de Dios, y que se oponen al amor de Dios movidos por el espíritu de acedia que los hace considerarnos malos.

Nuestra lucha no es contra ellos, es contra los poderes de las tinieblas, y entonces nos exhorta San Pablo a:
Por eso, tomen la armadura de Dios para que puedan oponer resistencia en el día malo –y, así, prevenidos con todos los aprestos de un militar–,y sosténganse firmes en esta lucha.
Pónganse de pie, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, calzados los pies con la preparación pronta para el evangelio de la paz, embrazando en todas ocasiones el escudo de la fe, con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado.
Tomad también el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu Santo, que es la palabra de Dios; siempre en oración y súplica.
En todo tiempo en el Espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y súplica. (Efesios 6, 13-18)
Claramente aquí Pablo nos pone que nuestro enemigo principal es el príncipe de este mundo, es el demonio, pero nosotros luchamos con el Espíritu Santo. Todas esas alegorías que hace Pablo, esas corazas, son las obras del Espíritu Santo, el Espíritu Santo nos fortalece, él es el gozo del Señor en nuestra fortaleza en este combate.

Pero nuestro combate –nos dice la tradición cristiana– es contra el príncipe de este mundo en primer lugar, pero el príncipe de este mundo organiza a los hombres que le pertenecen, a la raza de serpientes que dice Nuestro Señor Jesucristo, a los hijos de Satanás; los organiza en lo que la Escritura llama el mundo, la sociedad perversa, la Babilonia.

San Agustín va a hablar de que existen en la historia dos ciudades, la Babilonia y la Jerusalén, la Jerusalén es la Iglesia, es la que ama a Dios y aborrece el mundo y la Babilonia es la que ama el mundo y aborrece a Dios. Nosotros pertenecemos a la Jerusalén celestial, queremos pertenecer a ella, estamos en lucha con la Babilonia.

Pero también, en ultimo lugar, nuestro enemigo es nuestra propia carne herida por el pecado original, de modo que nosotros luchamos contra la carne, contra el mundo y contra el príncipe de este mundo.

La lucha contra la carne nos la explica San Pablo principalmente en el capítulo VII de la carta a los romanos, donde habla de esa lucha que experimenta el hombre en si mismo:
Porqie se que no habita en mi el bien –quiere decir la carne, la carne para San Pablo es el hombre herido por el pecado original y todavía no sanado por la gracia–, quiere decir, en mi carne cosa buena; porque querer el bien lo tengo a mano, pero el poner en obra lo bueno no. (Romanos 7,18)
Conozco los valores, pero me falta la virtud para ponerlo en práctica.
Porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro. (Romanos 7, 19)
Quiero hacer el bien y obror el mal, se que obro el mal y no me puedo corregir. Los adictos sí podrán comprender esta ley que tienen en su corazón, quisieran dejar la adicción y no logran salir de ella porque se ha convertido como en una cárcel, eso es la prisión de la carne, de eso nos tiene que librar el Señor también, del desorden de nuestras pasiones que nos quitan la libertad y nos hace adictos al mal, a un mal que reconocemos pero que no podemos zafar.

Esa es la lucha contra la carne, también sobre eso el Señor nos asegura la victoria, dice San Pablo al final del capítulo VIII, precisamente después de hablar de la vida en el espíritu y la libertad de los hijos de Dios, animando a los cristianos a esta lucha, diciendo:
¿Qué diremos pues a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Aquel que a su propio hijo no le perdonó, sino que que por nosotros lo entregó. (Romanos 8, 31-32)
Como no juntamente con el nos dará la gracia en todas las cosas. Un mensaje hermoso para quienes están sufriendo la adicción, no deben bajar los brazos, deben acercarse al Cristo victorioso para participar en su victoria.
¿Quien presentará acusación contra los elegidos de Dios? Dios es quien justifica ¿Quién será el que condene?.
¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; o más bien el que resucitó, quien así mismo esta a la diestra de Dios e intercede por nosotros? (Romanos 8, 33-34)
¿Quién nos apartará de este amor de Cristo?, el espíritu de la acedia es quien nos quiere apartar de Cristo, la tribulación de las persecuciones, la angustia, el hambre, desnudez, el peligro, la espada, las carencias humanas. Según está escrito:
Por tu causa somos matados todo el día. (Romanos 8, 36)
En todas estas cosas –dice Pablo, y esta es la frase que culmina todo esto–, soberanamente vencemos por obra de aquél que nos amo. (Romanos 8, 37)
Aquí esta la victoria, después de hacer la enumeración de las cosas que pueden erosionar nuestro amor a Dios y frenarnos en el camino que vamos corriendo hacia el amor de Dios que nos alcanzó primero, en todas estas cosas el Cristiano súper vence.

En griego usa una expresión muy fuerte hypernicomen súper vencemos por aquel que nos amó.

Acá tenemos entonces la victoria sobre la carne, la victoria sobre el mundo, la victoria sobre Satanás.

Otro texto que quiero comentar con ustedes, es el de la carta a los gálatas, capítulo 5, que nos explica muy bien la causa de la acedia y la naturaleza de esta lucha que se entabla en nosotros, que tenemos entablada también a nivel de nuestra carne, pero que podemos ver después entablada en el mundo y dirigida, teledirigida, por el príncipe de este mundo.

En el capítulo V de la carta a los gálatas San Pablo nos dice:
Vosotros fuisteis llamados a la libertad hermanos, sólo que no toméis esa libertad –la libertad de ser hijos para hacer la voluntad del Padre– como pretexto para soltar las riendas a la carne –es decir a las pasiones–. Sino que por la caridad –por el amor al Padre– haceros servidores los unos de los otros –servirnos como hermanos en el camino al Padre–. Porque la ley entera condensa su plenitud en una sola palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Pero si los unos a los otros os mordéis y devoráis, mirad no os aniquiléis los unos a los otros. (Gálatas 5, 13-15)
Este es el escándalo de la división entre los cristianos que se debe a una debilidad en su espíritu filial, ¿por qué no nos sentimos y vivimos como hermanos?, ¿por qué no vivimos con intensidad nuestro ser hijos?, y muchas veces nos esforzamos en remediar las divisiones tratando de cultivar la fraternidad y eso es inútil, tenemos que tratar de fomentar y cultivar nuestra filialidad, unirnos al Padre como hijos, eso nos une como con redundancia, a los demás como hermanos. Si no estamos unidos todos al Padre, no podemos estar unidos entre nosotros.

La debilidad de la unidad de los cristianos se debe a esa debilidad de su unión amorosa con Dios Padre. Y esto ocurre por la acedia, por la tibieza, por la tibieza del amor al Padre somos tibios en nuestro amor fraterno.
Si los unos a los otros os mordéis... os aniquilaréis. Digo pues, caminad en Espíritu y no daréis satisfacción a las concupiscencias de la carne. (Gálatas 5, 16)
Acá están los dos polos que hay en nosotros a los que se refería San Pablo cuando hablaba de esa lucha que hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero, y continua:
Porque la carne tiene deseos contrarios al Espíritu, y el Espíritu deseos contrarios a la carne.
Este antagonismo entre carne y Espíritu que es una lucha que está dentro de nosotros, porque en nosotros está el pecado original y en nosotros está la gracia luchando uno contra el otro.

Esta oposición entre la carne y el Espíritu nos divide interiormente y explica por lo tanto los momentos de acedia y las tentaciones de acedia que nosotros podemos padecer, la que vimos que padecían los monjes, ,la que vimos que padecían los perseguidores y los perseguidos.

Hay apetitos contrarios de la carne y del Espíritu, el Espíritu ama a Dios y quiere el amor de Dios, y ese amor de Dios muchas veces implica el sacrificio de los apetitos de la carne, implica sufrimiento, el amor sacrifica. El amor sacrifica.

Esta oposición de los deseos de la carne opuestos a los deseos del Espíritu, y los deseos del Espíritu opuestos a los deseos de la carne, son los que explican la posibilidad de que el demonio intervenga en nosotros, oponiendo precisamente nuestros buenos deseos espirituales, oponiéndoles la rebeldía de nuestra carne, la rebelión de la carne, como vimos que sucedía en la acedia en los monasterios.

Para terminar este espacio, veamos un poco lo que nos dice San Pablo acerca de las obras de la carne y los frutos del Espíritu. Fíjense que va a oponer obras de carne –por que son obras nuestras– y frutos del Espíritu porque son lo que la gracia produce en nosotros como un fruto, como un fruto espiritual, fructifica en nosotros la vida divina. No son obras nuestras, son obras que recibimos. Son nuestras pero las recibimos del Padre.

Dice Pablo: Si os dejáis llevar por el Espíritu no estáis bajo la presión de la ley. Porque son patentes las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas –discusiones, riñas, divisiones–, envidias, furores –ira–, provocaciones, maltrato, banderías –partidos, sectas, separaciones de personas–, homicidios –se puede matar de hecho o de palabra–, borracheras, adicciones, comilonas y cosas semejantes a estas, sobre cuales os prevengo, como yo os previne que los que tales obras hacen no entrarán en el Reino de Dios. (Gálatas 5, 18-21)
Es decir no serán hijos, los que hacen estas cosas no viven como hijos, el Reino de Dios es la condición filial misma, es ser hijo, el que obra estas cosas no es hijo.
Pero los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia –longanimidad–, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia. Frente a tales cosas no tiene objeto la ley. (Gálatas 5, 22-23)
Y en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó.

Hasta el próximo espacio en que nos despediremos de esta serie dedicada al demonio de la acedia.
Preguntas y comentarios al autor de este artículo, P. Horacio Bojorge S.J.
Vìdeo relacionado: aquí
Enlace para leer el libro: LA CIVILIZACIÓN DE LA ACEDIA
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Hermanos en Cristo

RECUERDA:

Cristo ha sufrido por todos
"Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rocas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas.
Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desestimar su vocación: Cristo ha sufrido por todos.
Con toda verdad está escrito de Él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad»
(San Agustín, Sermón 304).
***
"Keep that in mind, brethren, in the garden of the Lord not only the rocks of the martyrs, but also the lilies of the virgins and the married ivy and violets of widows.
No man, whatever kind of life, is to dismiss his vocation: Christ suffered for all.
In all truth it is written of Him, our Savior desires all men to be saved and reach full knowledge of the truth "
(St. Augustine, Sermon 304).

Jesús ha optado por amarte
Although you do not remember it, for you it gave the life. Although you do not believe it, for you it worries. Although you are not considered to be important, for It you are. Although you do not accept it, he has excused you. Although you do not perceive it, it is with you. Although you condemn you himself, Jesús has chosen to love you. He sees us otherwise. It is much more, much major than our heart.
***

Aunque no lo recuerdes, por ti dio la vida. Aunque no lo creas, por ti se preocupa. Aunque no te consideres importante, para El lo eres. Aunque no lo aceptes, te ha perdonado. Aunque no lo percibas, está contigo. Aunque a ti mismo te condenes, Jesús ha optado por amarte. El nos ve de otra manera. Es mucho más, mucho mayor que nuestro corazón.

Oración por los bebés abortados

Padre Celestial, que nos has dado el don de la libertad para amar y seguir Tus caminos y mandamientos. Perdona a aquellos padres que abusando de esta libertad destruyen el don de la vida que Tú le has dado a sus hijos. Perdona a esos que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan. Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad. Ayúdame a ser uno en solidaridad con Tus pequeños, aceptando de corazón las palabras de Tu Hijo: "todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos más pequeños, por Mí lo hicisteis." (Mt 25:40) Permíteme, entonces, Padre, adoptar hoy espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, trabajos, gozos y sufrimientos por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria. Te lo pedimos en nombre de Cristo, en unión con el Espíritu Santo, que es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

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