Los sacerdotes no salvarán el mundo

No hay para mí nada mayor en este mundo, ni alegría más grande, que aproximar, acercar y servir en el encuentro de la humanidad con Cristo // Autor: José Fernando Juan | Fuente: mambre.wordpress.com

Los laicos entregados tampoco. Ni los obispos, ni el Papa. Ni la legión de religiosas y consagrados que hay repartidos por el mundo, en infinidad de tareas y carismas. Ni los que viven en familia, o en comunidad, se organicen como se organicen. Tampoco salvarán el mundo quienes poseen grandes y magnos colegios, hospitales donde se asiste fervientemente a los enfermos. Aquellos que trabajan entre obreros, luchando por la justicia social, y aquellos que acogen en sus monasterios y lugares de oración recónditos y silencios, también saben que ellos no salvarán la humanidad, la sociedad, el mundo. Quienes estudian, quienes dan la vida, quienes enseñan, quienes dan de comer, quienes predican, quienes bautizan, quienes anuncian y denuncian, haciendo de sus vidas un sacrificio humilde y pequeño dentro de toda la historia, en su foro interno saben que, pese a la grandeza de su deseo, no son ellos quienes salvarán a la humanidad.

Si alguno se arroga este poder y esta fuerza dentro de la Iglesia, engaña a los hombres. Cualquiera que hable ante el mundo como si los hombres pudieran salvarse a sí mismos, ofrece una promesa vacía y exige más, mucho más, de lo que la humanidad puede darse a sí misma. La herida es muy profunda. Ahora bien, el hombre no está solo. Y no tiene por qué permanecer encerrado en sí mismo, queriendo lo que no puede lograr con sus fuerzas y con su inteligencia y con su vida. Puede escoger el camino que le conduzca a la reconciliación y la paz que desea, al amor y la entrega. Puede entrar dentro del torrente que hace fértil y que da frescor y esplendor. Puede situarse en el mundo como si no fuera “su mundo”, y con humildad saber que no es él quien se salvará, quien se dará la paz, quien construirá el mundo feliz y justo y bondadoso que todos desean y quieren y sueñan.

¡Cuánto daño hacen aquellos que dividen y que rompen la comunión, la unidad! ¡Cuánto dolor y sufrimiento, con su falta de misericordia e inteligencia aquellos que piden a otros más de lo que pueden dar y no comprenden y acogen la debilidad y el pecado! ¡Cuánta mentira siembran los que falsean los argumentos y las palabras, y unas veces dicen que con Dios y otras que sin Dios!

Los sacerdotes, insisto, no salvarán el mundo. Son administradores de la gracia, aproximan con su vida al Señor que salva. Ahora bien, no están al servicio de cualquier señor o dueño, sino del Señor y Creador de todo, ni de cualquier manera. Dios los llama como amigos, pronuncia su nombre, los asocia a su Misterio, les invita a compartir su todo lo que Él es y todo lo que tiene. ¡No son dignos de lo que hacen, sino dignificados! Ellos son los primeros en recibir. Y reciben mucho: Palabra, Perdón, Misericordia, Libertad, Amor, Dignidad, Servicio.

Al menos así me entiendo, así comprendo lo que Dios ha hecho conmigo. No seré yo quien salve a nadie. Aunque quiera, no puedo hacerlo. Yo no, Dios sí, en Jesucristo. Podré pedir perdón a los hombres tantas veces como sea necesario por la debilidad de la vida y la infidelidad que en ella puede haber. Pero no puedo pedir perdón por no salvar a nadie, porque eso no puedo. No soy el salvador del mundo. El Salvador tiene un nombre que empieza por J, pero no es el mío. No me confundo con Él, Él me asoció consigo. Ahora bien, ¡qué grandeza la de Dios que me permite colaborar en esta historia de la salvación, meterme en el curso de la historia al modo de Cristo, y brindar la oportunidad concreta a todos los hombres de conocer al Señor, de amarle escuchando su Palabra, de recibirle en la Eucaristía y los sacramentos!

No hay para mí nada mayor en este mundo, ni alegría más grande, que aproximar, acercar y servir en el encuentro de la humanidad con Cristo, el Señor, que salva, que es el Reino, que es la Justicia, que es la Paz, que es la respuesta última a las preguntas radicales del hombre. Acojo con libertad de espíritu, también con dolor y sufrimiento, las críticas que quieren una iglesia santa y cerca del Señor, servidora de la humanidad y del Reino. También las comparto, me las apropio. Tienen razón quienes afirman que no somos perfectos, aunque quisiéramos serlo; que no hacemos todo bien, aunque lo desesamos; que no alcanzaremos todo, sin pasar por dejarlo todo menos a Dios, lo único necesario. Lo sé, lo saben. Es vox populi. Ahora bien. Lo que algunos desconocen es el Misterio que inunda y penetra la Iglesia, el Misterio que le da vida y consistencia, que la estructura por dentro, que permite a la Iglesia escuchar y amar, hacerse humilde. Lo que algunos desconocen es que la Iglesia está primeramente al servicio de Dios, y que el mismo Señor la quiere y se sirve de ella, y que Él se hace presente muy especialmente en su ella entregándose a sí mismo. Esta es una diferencia grande, muy importante, que algunos con sus palabras desconocen. Pero que yo celebro, en la debilidad e imperfección, y comparto mi alegría con otros.
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