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¿Cómo romper en la oración cualquier temor a mi indignidad?

La oración es enviar un aviso a Jesús de lo que hay en nuestro corazón. Es presentarse con nuestra historia, nuestros amores, nuestras debilidades, miedos, temores y enfermedades. Ser yo ante un Tú que me acoge, me conoce y se adelanta. // Autor: P. Guillermo Serra, L.C. en http://la-oracion.com

Estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace». Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano. (Lc 7, 6-10)


El amor y el dolor rompen cualquier distancia cuando hay fe

No hay distancias porque el amor, el dolor y todo lo que había en el corazón del centurión rompe cualquier barrera cultural, ideológica. Siendo pagano, no judío, no duda en pedir a Jesús este favor. No acude Él mismo por no considerarse digno.

Así, yo también tengo que ser capaz de romper esas barreras en la oración, esas ataduras que me impiden acercarme con sencillez, con confianza a Dios. Mi indignidad ha sido curada por su amor, su interés en escuchar lo que hay en mi corazón. Lo que es importante para mí, es importante también para Él.

El camina con prisa a tu corazón cuando detecta tu fe

Mira a Jesús y déjate mirar por Él. Contempla quién es Él y quién eres tú. Maravillarte de cómo por cada paso que das por mejorar tu comunicación con Él, Él da muchos más para acercarse.

Él detecta tu fe, admira tu confianza y se encamina a tu casa, aunque no seas digno. Él se acerca a ti en cada oración cuando le presentas tu necesidad, aunque sea oculta. Él camina con prisa a tu corazón.

La fuerza de la Palabra deshace cualquier indignidad

La palabra de la Palabra, del Verbo encarnado deshace cualquier sentimiento de indignidad. Él nos hace "dignos de servirle y de estar en su presencia" como decimos en la Santa Misa. Su amor expresado en palabras nos dignifica y nos eleva a Él. Por eso es tan importante hacer silencio sobre nuestra indignidad para escuchar al que es Digno. Este diálogo nos hará abrazar nuestra miseria para quemarla en la misericordia de Dios.

Dejar que Él venga a mi casa

Estar en su presencia es más que un esfuerzo humano un dejar que Él venga a mi casa, pues sabe que mi corazón no está perdido, no está "muerto". Es posible la sanación de mi corazón en cada oración. Pero ante esta venida, es importante prepararme, saber qué parte de mi corazón está enferma y necesita sanación. Quién es el que viene a visitarme y quién soy yo. Alegrarme porque la oveja que aparentemente estaba perdida ha sido hallada porque el Señor se ha dignado entrar en mi morada.

Lecciones para la oración:

1. La palabra de Jesús es poderosa, dejar que llegue a nuestro corazón. La palabra de la Palabra es como una bomba atómica que explota en mi corazón y crea un eco de su Presencia: "una palabra tuya bastará para sanarme". Claro que sí, una palabra tuya será esa bomba atómica de amor en mi corazón que producirá mayores efectos cuanto más grande sea mi fe.

2. La indignidad nuestra, no "somos dignos de que entre en nuestra casa". Es descalzarse para estar en su Presencia como Moisés. Pero un descalzarse espiritualmente de debilidades, apegos, miedos, soberbia, pereza, enfermedades del alma... Ser quien soy ante Él.

3. El tesoro de la Eucaristía: Jesús quiere entrar en nuestra alma. En cada Santa Misa decimos antes de la comunión: "No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra bastará para sanarme". Y Él, en silencio "se dice a Sí mismo", "Yo soy el que soy". Y esa es la palabra de la Palabra, y entra personalmente en mi corazón.

Para el diálogo personal con Dios

Tú, Señor, la Palabra, me sanas porque entras en mi corazón. Gracias Señor por humillarte al desear habitarme para que yo sea tu morada, ayúdame a estar atento a tu Presencia en mí. Aumenta mi fe.
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