¿Cómo apagar mi sed en la oración? Segunda Parte

En la primera parte hemos contemplado la iniciativa de Dios, cómo nos conoce y nos lleva a caminar en su presencia. // FUENTE: P. Guillermo Serra, L.C. - www.la-oracion.com

Ahora vemos cómo la oración es desear ser deseados, desear ser amados, comprendidos, queridos, acogidos. Este es el primer movimiento del alma que siente atracción hacia un encuentro misterioso. Esa atracción viene como don de Dios, don que viene anticipado brevemente en ese deseo, por iniciativa suya, y que al final viene completado en la oración al decirnos: «Si conocieras el don de Dios”.

Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». (Lucas 4, 10-19)

Conocer el don de Dios

El diálogo en este pasaje se sucede de un modo veloz y aparentemente contradictorio. Cristo pide de beber y pocos segundos después Él mismo se ofrece para dar de beber el agua viva. Conocer el don de Dios en la oración es escuchar en primer lugar ese deseo de Dios «Dame de beber». El alma se estremece al sentirse necesitada, amada. “Señor, no tengo nada, soy poca cosa, mi agua no es pura, ni transparente y poco quitará tu sed” – podemos pensar – pero Cristo quiere transformar nuestra agua enturbiada por el pecado en agua limpia y pura gracias al contacto con “el don de Dios”. Basta con estar abierto en la oración a recibir el don, a “conocerlo”, que aquí tiene significado de unión, más que de conocimiento intelectual. Si uno mi corazón al del don de Cristo, el Espíritu Santo, mi corazón se purificará, brotará vida nueva y saltará hasta la vida eterna: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt, 5,8)

Probar el cielo en la tierra

“El agua del pozo no quita la sed por completo. Volverás a tener sed, oh mujer samaritana. Volverás a caminar en busca de algo que no es eterno, algo que no sacia. Yo te prometo evitarte tantos viajes incómodos, tristes aunque disfrazados de alegría y placer. Yo quiero que tu corazón no sufra, ni tenga sed, quiero que puedas caminar por cualquier lugar en esta vida, atravesar cualquier circunstancia y que puedas avanzar sin sed, sin desesperación. Quiero que pruebes el cielo aquí en la tierra”. Este es el agua que Cristo promete.

Purificarse para recibir el don de Dios

Es el don de Dios presentado no por un judío cualquiera sentado en el pozo de Jacob, sino por el Mesías, el prometido, el esposo de nuestras almas. En la oración tenemos que actuar la presencia de nuestro Jesús. Es Dios hecho hombre el que viene a visitarnos, el que se sienta en el pozo de nuestra vida. No es un “judío” cualquiera, no es una invención. Actuar su presencia es dejarse tocar por su palabra, por su amistad, cariño, consuelo y ternura. Es un dejarse conquistar por su amor.

Ahora esta mujer ya está preparada para la pregunta dolorosa que Cristo le quiere hacer. La samaritana ha decidido aceptar el agua de la vida para así no tener que volver a sacar agua. Quizás hay algo de imperfección en este deseo, algo de motivación “práctica”.

Sí, al inicio de nuestro encuentro con Dios puede que nos falta un deseo puro, queremos que nos conceda muchas cosas, que nos mejore, más que darle nosotros nuestro amor. No te preocupes, es parte del proceso de purificación de nuestros deseos y anhelos. Él te irá guiando para avanzar y centrarte más en Él.

Así lo vemos cuando Cristo le dice: “Sí, estoy dispuesto a darte de beber de mi agua viva, pero antes, quiero que me presentes tu corazón, tu vida, tus amores, tu pasado, presente y futuro”. Por eso le dice «Vete y llama a tu marido y vuelve acá». La mujer sorprendida ante esta petición, de un modo quizás superficial le responde: «no tengo marido». Cristo confirma esta respuesta, lee su corazón, y la invita a bajar a lo más íntimo de su conciencia para sanarla y ofrecerle el don más grande. “Sí, no tienes marido, cinco has tenido, mujer, y el que ahora tienes no es el tuyo”. Y subraya esta afirmación: “en esto has dicho verdad”. Así es, Cristo busca nuestra verdad, quiere entrar en nuestra vida, para que hagamos la verdad en nuestro corazón. Quiere sanarlo de todo mal, pecado, apego, temor. Pero esta sanación no es para dejarlo vacío, sino al revés, para llenarlo de esa agua que no se acaba. Vaciar el corazón de nuestra inmundicia para llenarlo de su amor y presencia.

Corazón a corazón: unidos para siempre

Estos seis maridos son aventuras pasajeras, distracciones, consuelos, intentos de encontrar un amor definitivo. Cristo vacía su corazón con la intención de llenárselo. El número 7 es el número perfecto en la cultura judía. Estos maridos son signos de la imperfección de un amor que no satisface, ni puede llenar. Cristo se presenta como el séptimo “marido”, como el definitivo, el auténtico, el perfecto, el que puede llenar y saciar su corazón. Es el esposo de nuestras almas, el que llena de amor y nos inunda con el agua de su gracia.

En la oración Dios nos irá ayudando a descubrir quiénes son estos maridos que nos impiden verlo, abrazarlo, experimentarlo. Quizás requiera tiempo, pero merece la pena adentrarse en esta aventura para encontrar el amor verdadero, el amor que salta hasta la vida eterna, pues «en esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17,3)
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