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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Formación y discernimiento - 1

Formación y discernimiento. Los centros espirituales ante el supermercado de ofertas espirituales: Líneas de pensamiento frente a las diferentes ofertas religiosas o pseudoreligiosas que ofrece la cultura actual. // Autor: S. Em. José Ángel Rovai | Fuente: http://www.humanitas.cl

Valparaíso, 17, 18 y 19 de Septiembre de 2003

El presente trabajo intenta ofrecer algunas líneas de pensamiento, frente a las diferentes ofertas religiosas o pseudoreligiosas que se ofrecen en nuestra cultura actual. Tendremos en cuenta, además de otras consultas y lecturas realizadas, el documento interdicasterial sobre la problemática de la nueva era, titulado Jesucristo portador del agua de la vida[1]

Intentaremos desarrollar nuestra exposición en tres núcleos fundamentales que nos permitirán tener una visión aproximadamente integral a una cuestión nada fácil de encarar por las múltiples incidencias que tal propuesta encierra en sí misma.

1. Las raíces de esta cuestión. El pensamiento kantiano. El subjetivismo absoluto. La disolución de la identidad cultural y personal (que afecta hasta la estructura misma de la persona, como es el llamado "problema del género") el constructivismo pedagógico, la disolución de los fines y de la moralidad. Los medios masivos de comunicación social como divulgadores y promotores de estas corrientes. El problema gnoseológico y la no-aceptación de límite alguno (ni siquiera el límite que la realidad impone).[2]

2. Consecuencias concretas: disolución del esquema tradicional de los trascendentales del ser: el bien la verdad y la belleza objetiva, su reemplazo por el imperio del consenso y la opinión. La muerte de la moral. El nuevo valor de las palabras. La inversión de la relación hombre-Dios. L oferta de un Dios sin exigencias morales.


3. Propuestas de superación desde una perspectiva católica. Encarnación y revalorización de la historia. La realidad humana individual y social. La posibilidad del conocimiento objetivo. El eficaz impacto del testimonio. El verdadero dialogo inter-religioso, el respeto por la alteridad y la diversidad, la fidelidad a la verdad objetiva.[3]
Intentaremos teniendo en cuenta lo anteriormente expresado desarrollar nuestra exposición, que tiene en cuenta las claves fundamentales con las que es indispensable enfrentar esta nueva situación.

Es importante determinar con claridad el tipo de relación que desde la óptica judeocristiana se establece entre Dios y el hombre. Entre estas características, se destacan la objetividad y la distinción entre Dios y el hombre, la gratuidad de la alianza establecida. Es importante distinguir para unir, evitando toda forma de confusión que se realiza en la propuesta de la nueva era. Por eso si bien, como lo establece el documento citado, hay elementos positivos que responden a necesidades auténticamente humanas, sin embargo la confusión diluye en el fondo una auténtica relación entre Dios y el hombre y entre éste el mundo y Dios mismo. Elementos panteísticos y sincréticos aparecen por doquier, y en el fondo todo es Dios y Dios es todo, lo cual lleva la despersonalización completa de la religión en todos sus niveles. Al separar la religiosidad de la fe, hace imposible la relación armónica entre fe y razón que permite una complementación mutua y un crecimiento armónico de la persona que asume el compromiso de la fe.[5]

I.- Relación de alianza entre Dios y el hombre


El cristianismo se basa en una auténtica intervención divina en el ámbito de la historia humana. La revelación cristiana lo expresa con toda claridad a lo largo de todo el proceso de la historia de la salvación, No es el hombre el que toma la iniciativa sino Dios. El cristianismo será siempre una gracia indeducible de la sola naturaleza humana. Es lo sobrenatural que sobrepasa las exigencias completas de la naturaleza. Nadie por sus solas fuerzas puede pretender llegar al orden de la gracia. Por eso el cristianismo más que un esfuerzo está constituido por una acogida que es Dios mismo el que la hace posible. Dios esta fuera y al mismo tiempo desde dentro mueve el corazón del hombre y esto posibilita la respuesta. Somos llamados a participar de la divina naturaleza y ser templos de la Trinidad Santísima.[6]

Este es el misterio central y profundo del cristianismo. El hombre es criatura y está abierto a Dios para que El realice en su propio ser, todo aquello que no repugna a la misma naturaleza que ha sido creada por Dios. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios está abierto para toda intervención divina que siempre asume la naturaleza humana, la purifica, la plenifica y la eleva aún en su propio orden.[7]

a.- Una imagen objetiva del Dios de Jesucristo. Padre-Hijo y Espíritu Santo

Esto constituye el fundamento más profundo de la realidad cristiana. Dios decide comunicarse a lo largo de la historia de la salvación, en un proceso largo y complejo (la pedagogía de Dios) para lograr establecer con el hombre un dialogo fecundo. Por eso Dios mismo abre en el corazón humano una apertura de fe-esperanza y caridad, que hacen posible al hombre abrirse a la iniciativa de la gracia. En este sentido el hombre es un auténtico oyente de la palabra que le posibilita la alianza con Dios. El hombre en su libertad y ayudado siempre por la gracia tiene la posibilidad de abrirse ( también la de cerrarse en si mismo) y de esta forma descubrir la delicadeza de Dios que respeta cálidamente la estructura del hombre creado a su imagen y semejanza.[8]

Esta "alteridad" nunca se pierde. Aún en la eternidad Dios será Dios y nosotros sus criaturas. No hay ninguna posibilidad de fusión entre Dios y el hombre. Aquí radica precisamente la dignidad de la persona humana, que es llamada, invitada nunca presionada para aceptar el misterio que Dios le propone. En las afirmaciones de la nueva era, esto desaparece por completo. Se trata más bien de una confusión no de una distinción. En este sentido el hombre no responde sino a si mismo y no a Dios. En el fondo el hombre cuando busca a Dios se busca a sí mismo en su más honda profundidad. La divinidad es el hombre mismo que mediante un proceso subjetivo llega a encontrarse plenamente consigo mismo, no existe una alteridad propiamente dicha ni una libertad dialógica.[9]

b.- Algunas "raíces" del pensamiento moderno que conspiran contra esta imagen.

No vamos a exponer aquí plenamente y detenidamente este pensamiento. Hay trabajos realizados al respecto realizados por algunos expertos de la comisión de fe y cultura de la CEA.[10]

En su exposición el Dr. Castro hace ver las consecuencias que se siguen por la acentuación de algunas dimensiones del pensamiento moderno y que contribuyen a algunas afirmaciones de la nueva era.

La excesiva acentuación del pensamiento subjetivo hasta el absoluto, la desconexión permanente desde allí entre objeto y sujeto, la dificultad en las líneas de un pensamiento marcadamente antimetafísico que imposibilita el acceso a la verdad objetiva, las dificultades gnoseológicas que afectan en esta dimensión, tienden a neutralizar la posibilidad de acceso a un Dios objetivo. Cierra esto la mente humana a la apertura hacia el ser y sus trascendentales. La trascendencia es más bien un trascendental subjetivo kantiano que favorece excesivamente la introspección. Solo accedemos a los fenómenos, la realidad metafísica se nos escapa. Esto nos hace descubrir el sentido y la importancia que la Iglesia ha concedido a la mediación filosófica en relación con la teología. Es interesante como la Iglesia ha subrayado una filosofía objetiva que favorece el acceso a la realidad, la capacidad metafísica del hombre abierto a la verdad-el bien y la belleza[11]

En orden al constructivismo pedagógico hace perder de vista la existencia y la objetividad del fin en el ámbito educativo. Todo termina diluyéndose en consensos que no llegan a la objetividad que debe estar presente en todo ámbito educativo.

Educar será siempre abrir al ser humano integralmente a la verdad a la belleza y al bien, donde aparecerá con toda claridad el fin objetivo de la educación que no consistirá en llevar al hombre solo a la certeza, sino que ésta deberá fundamentarse en la adecuación a la verdad objetiva. Es el ser integralmente el que mide al hombre y no al revés.
En el ámbito religioso esto conduce a la exaltación de la realidad religiosa como un momento objetivo, desconectando al hombre del objeto externo y pleno del contenido de la religión que se expresa en el objeto real de la misma.[12]Todo lleva a considerar el cristianismo como un misterio comunitario y eclesial que evita el individualismo de la nueva era. De esta manera podemos comenzar un camino que nos lleva progresivamente a la objetividad de todo el proceso y que tiende a terminar con cualquiera proyección del propio yo

c.- La revelación cristiana. Historicidad del cristianismo el "adviento" y el "éxodo" del misterio cristiano de la vida. (El Dios de la historia y la historia de Dios) [13]

Es pues muy importante el misterio histórico de lo cristiano. Nos aleja de cualquier forma mitificada y nos obliga a sentirnos interpelados permanentemente por la realidad la cual tiene una trascendencia objetiva, un ser consistente en sí mismo que hace que nuestro conocimiento de la verdad cristiana exceda nuestra capacidad objetiva. Solo con la analogía logramos aproximarnos al Dios siempre mayor que demanda de nosotros una actitud de respeto y adoración.[14]

Logramos de esta manera responder a las preguntas más profundas del corazón humano asumiendo integralmente a la persona con sus legítimas aspiraciones.

d.- El aspecto esencialmente eclesial del cristiano y tiene su origen en la Iglesia como misterio de comunión es contemplando a la Trinidad en ese misterio como surgen en la Iglesia la espiritualidad de la comunión. [15]

Viviendo auténticamente esta espiritualidad de comunión se deja de lado los individualismos que aparecen en la nueva era, y al subrayar la comunión evita que las personas se pierdan en el todo, que es otro aspecto de la afirmación de la nueva era.

El misterio cristiano se alimenta de la persona y la comunidad. Todos vivimos como personas en el seno de la comunión y esto permite ahondar y vivencias la experiencia comunitaria y realizar discernimientos en esa dirección. La comunidad ayuda a poner los límites precisos para evitar formas que absorban al individuo en la totalidad y que se evite a su vez el individualismo.

Por eso es tan importante la experiencia comunitaria en el cristianismo. Nos permite ahondar juntos nuestra relación con Dios que por otra parte compartimos porque el centro y el contenido de la Iglesia es precisamente compartir la misma vida trinitaria en nosotros a punto tal que como dice la carta NMI, el hermano es en cierto sentido alguien que me pertenece. Vivenciamos el misterio de Dios que nos conduce a sentirnos parte de la comunidad. Caminamos juntos como Iglesia peregrina hacia la casa del Padre y podemos vivenciar el misterio central de la comunión de los santos.. Por eso estamos convencidos que uno de los cometidos de la Iglesia es asumir plenamente lo que es en su praxis pastoral cotidiana.[16]

Es en la vivencia de todo este camino que lograremos proponer una auténtica espiritualidad eclesial viviendo lo que siempre se ha vivido de auténtico en la tradición cristiana y al mismo tiempo corrigiendo lo que haya que corregir y asumiendo algunos elementos que hemos perdido en nuestras comunidades cristiana.[17].

Solo si logramos una formación sólida arraigada en la tradición más genuina cristiana y sabiendo leer los signos de los tiempos, podremos responder adecuadamente a las exigencias del tiempo presente.

Es importante aprender a leer los signos de los tiempos y en ellos los desafíos que se presentan a nuestra fe.
El Card. Carlo María Martini solía decir que debemos mirar la cultura como un gran desafío y no como un peligro, pues si lo miramos desde este punto de vista nos defendemos en cambio si lo encaramos como un desafío buscamos los caminos evangelizadores para enfrentarlos positivamente, realizando un auténtico dialogo fecundo que permite descubrir lo legítimo de algunas afirmaciones del error que también se oculta en ellas.

Solo desde esta actitud ejercitamos una auténtica tarea evangelizadora que siempre produce sus frutos.
La nueva era y sus propuestas constituyen para los cristianos un intenso desafío que debemos encarar con la confianza puesta en el Espíritu que es el auténtico sujeto evangelizador.[18] Esto nos conduce al corazón de la actitud cristiana frente fenómeno de la nueva era, como nos ayuda a enfrentar todos los desafíos que debe enfrentar el cristianismo.
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