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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Los efectos de la gracia santificante - 1

¿Qué significa estar en gracia de Dios? ¿Cuáles son sus efectos en nuestras vidas? // Por: Catholic.net | Fuente: contempladores.com

El supremo don de Jesucristo.

Hemos visto en el Capítulo anterior como la Nueva Alianza establecida por Dios con los hombres, a partir del sacrificio de Jesucristo, lleva a la perfección a la antigua Alianza, inscribiendo la Ley de Dios no ya sobre tablas sino directamente en los corazones de los hombres.

Dios, por los méritos de Jesucristo, da el supremo don a los hombres, que significa hacerles partícipes de su misma vida divina, a través del don de la gracia santificante. Incorporados por el bautismo al Cuerpo Místico de Cristo, del cual Él es la Cabeza y los cristianos sus miembros, ellos reciben la vida divina de la gracia que fluye de Aquel que es la plenitud de la gracia, dando lugar a la Justificación.


Estamos Ahora en condiciones de comenzar a ver el aspecto de la gracia santificante más maravilloso y sublime, que se refiere a los efectos que produce en el alma que la recibe, tales que realmente implican una divinización del hombre.

Veremos, por su orden, los siguientes efectos grandiosos de la gracia en los justificados:

* El perdón de los pecados.
* La difusión de la vida de Cristo: hijos adoptivos del Padre, herederos de Dios y hermanos de Cristo y coherederos con Él.
* La Inhabitación de la Trinidad en el alma.
* La incorporación a nuestro ser de un nuevo organismo sobrenatural.

El perdón de los pecados.

La justificación se puede decir que comienza siempre con el perdón de los pecados, que significa una verdadera remisión y cancelación del pecado original que está presente en la naturaleza humana como consecuencia de la caída de los primeros padres, como de todo pecado que actualmente tenga quien vive la justificación.



El Catecismo nos aclara muy bien este especto:
"En el momento que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir, para expiarlas... Sin embargo la gracia del bautismo no libera a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal.
La justificación arranca al hombre del pecado, que contradice el amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana." (141)

Esta es la que se denomina faceta negativa de la justificación, mientras que la faceta positiva es la santificación y renovación interior del hombre. Estos no son dos efectos separados, sino que se puede decir que son uno solo, pues el pecado desaparece y la gracia santificante se infunde, pues son dos realidades que no pueden coexistir (cuando hablamos aquí de pecado nos referimos al pecado mortal, que hace morir la gracia en el alma).

La difusión de la vida de Cristo en el cristiano.

Ya mencionamos en el capítulo anterior que la consecuencia fundamental de la incorporación del hombre al Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia, es la de participar de la misma vida de la Cabeza, que es Cristo, siendo esta vida compartida por todos aquellos que forman ese Cuerpo.
La vida de Cristo se manifiesta en el justificado a través de la gracia santificante por tres efectos que están íntimamente unidos: nos convertimos en hijos adoptivos de Dios, herederos de Él y hermanos de Cristo.

San Pablo resume muy bien estos efectos: "Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados." (142)

En primer lugar, con la gracia santificante nos convertimos verdaderamente en hijos adoptivos de Dios. Para comprender todo el alcance de esta gran verdad es necesario plantearse la diferencia entre hijo natural e hijo adoptivo. En el orden natural los padres son aquellos que transmiten a sus hijos, por vía de generación, su propia naturaleza humana.
Los hombres no somos hijos naturales de Dios por la gracia, ya que Dios Padre tiene solamente un Hijo según la naturaleza divina, que es el Verbo. Cuando el Hijo se une a la naturaleza humana en la persona de Jesucristo, sigue siendo hijo natural de Dios, porque como ya vimos, Jesús es una persona divina.

En cambio la filiación divina por medio de la gracia es muy distinta, ya que la naturaleza humana no se pierde, sino que recibe por añadidura sobrenatural una participación en la vida divina, por lo que los hombres en estado de gracia son hijos adoptivos de Dios.
Según las leyes humanas el hijo adoptivo pasa a tener los derechos de un hijo natural, aunque por sus venas no corre la sangre de los padres adoptivos, ni se producen cambios en su naturaleza y personalidad humana. El padre adoptivo ama a ese hijo adoptado con un amor similar al que tendría para un hijo natural. En cambio, por la gracia santificante, la adopción divina es muy diferente y mucho más completa.

Dios, al adoptarnos, infunde en nuestra alma en forma física, una realidad divina, que es la gracia santificante, que podríamos decir metafóricamente que hace circular la misma sangre de Dios en nuestro ser espiritual. Es una verdadera generación, un nuevo nacimiento, que no nos da solamente el derecho a llamarnos hijos de Dios, sino que nos hace tales en realidad, como lo expresa San Juan:
"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él." (143)

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera
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