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Señor, te doy gracias por todo lo bueno que siempre haces en mi vida. y por todas las fuerzas que me das cuanto siento que voy a caer y saldré derrotado. Tu poder misericordioso me levanta en victoria, porque no hay problema, dificultad o situación complicada que se resista a tu fuerza. Creo firmemente que de Ti me vienen todas las gracias con las que salgo a dar la batalla por la paz y la alegría, porque la esperanza quede sembrada y fija en mi corazón. Gracias por ser el aliento de mi vida y ayudarme a librarme de los peligros que quieren apartarme de Ti. Pongo en tus manos todos mis proyectos y todo en lo que en estos momentos voy a realizar. Amén

Los efectos de la gracia santificante - 2

¿Qué significa estar en gracia de Dios? ¿Cuáles son sus efectos en nuestras vidas? // Por: Catholic.net | Fuente: contempladores.com

Otra diferencia de la adopción divina es que es muchísimo más amorosa y liberal. Los hombres adoptan porque carecen de hijos en quienes se complazcan; pero Dios Padre ya tenía en su Hijo tan amado infinitas delicias y complacencias. Sin embargo, quiso que estas delicias llegaran a nosotros con su adopción, y su amor por nosotros llega hasta el extremo:
"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna." (144)

La consecuencia que se sigue inmediatamente del hecho de la filiación divina adoptiva es que nos hace en verdad herederos de Dios. Pero ¡qué distinta es esta herencia divina de las herencias humanas! Entre los hombres, los hijos no heredan sino cuando muere el padre, y además la herencia disponible tiene que dividirse entre todos los herederos. En cambio, la herencia divina la comenzamos a recibir desde el mismo momento que somos adoptados, y la recibiremos plenamente cuando lleguemos a la presencia del Padre después de nuestra muerte, ya que Él vive eternamente, y además, como esta herencia es el goce de Dios por la visión beatífica en el cielo, y Dios es infinito, la herencia eterna para cada uno de sus hijos es igual, no tiene disminución por el número de ellos.


Ya veremos más adelante en forma completa lo que significan la vida y el gozo eternos en presencia de Dios, dentro de lo que es posible abarcar por nuestras mentes humanas de tan grande misterio, pero pensemos por ahora solamente en lo que significará que, por esa herencia, Dios ponga a nuestra disposición todos sus bienes externos, su gloria, su poder, sus dominios, su realeza, su honor, etc. El alma será llenada de tal manera por una felicidad y dicha verdaderamente inefables, que todas sus aspiraciones y anhelos serán colmados en una abundancia rebosante y que no tendrá fin.

Por último, según la Palabra de San Pablo que nos ayuda en esta reflexión, la vida nueva recibida de Cristo hace que vengamos a ser hermanos suyos, y, por lo tanto, también coherederos de Dios junto a Él.
También San Pablo afirma este hecho de la hermandad con Jesucristo:
Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos;" (145)

Por supuesto está claro que no somos hermanos de Cristo según la naturaleza, así como tampoco somos hijos de esta manera. Por la adopción el Hijo por naturaleza del Padre pasa a ser hermano de los hijos adoptivos y comparte su herencia con ellos. Esto que parece tan sencillo tiene una significación enorme, pues Dios Padre nos ama como a Cristo, como si fuésemos una misma cosa con su Hijo, y, entonces, aparece un hecho maravilloso: ¡todas las palabras de amor que el Padre ha pronunciado respecto de su Hijo primogénito, son también para nosotros, sus hijos adoptivos!

Tomemos algunas de las expresiones del Padre para hacerlas nuestras:
"Y una voz que salía de los cielos decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco."(146) "Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube:"Este es mi Hijo amado, escuchadle." (147)

También Jesús nos revela qué implica ser Hijos del Padre y hermanos de Él:
"El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él." (148)
"Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor." (149)
"No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer." (150)
"Yo les he dado la gloria que tú me diste (Padre), para que sean uno como nosotros somos uno." (151)

¡Si realmente pudiéramos captar el significado de estas palabras, y luego vivirlo, comenzaríamos entonces a vivir plenamente la vida divina en nosotros, que es vivir la vida cristiana plena!
Tenemos así resumido el primer gran misterio de nuestra deificación por la gracia: podemos llamar a Dios verdaderamente con el dulce nombre de Padre y a Jesucristo con el reconfortante título de Hermano.

La inhabitación de la Trinidad en nuestra alma.

La vida divina comunicada a nosotros por la gracia santificante tiene como efecto otro don muy especial, cuya realidad llena el cielo de gozo inmenso, y derrama raudales de luz en nuestra alma, dándole una fecundidad y plenitud que producirá frutos divinos sin interrupción en ella: es la inhabitación de la Trinidad Santísima en nuestra alma. Veamos en detalle en qué consiste este extraordinario misterio:

Una de las verdades más claramente manifestadas en el Nuevo Testamento es la de la presencia real de la Santísima Trinidad en el alma del que está en estado de gracia, aunque también constituye uno de los grandes misterios de la revelación de Dios. Jesús quiso enseñar esta verdad a todos los hombres antes de dejar esta tierra, luego de su resurrección, para así consolarlos de su ausencia física y, de alguna manera, darles un anticipo de la vida del Cielo.

En la última cena que compartió con sus apóstoles, sus amigos, como los llamó en esa noche, les acababa de anunciar la venida del Espíritu Santo, que permanecería siempre con ellos. Luego, les agregó una promesa más, que será para siempre el gran consuelo de toda alma en gracia, tal como la transmite San Juan: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él." (152)
Así es que según esta promesa solemne de Jesús, toda alma que viva su amor por él y por ese mismo amor respete sus mandamientos, será amada por el Padre, y éste vendrá a ella, junto con el Hijo, no como si fuera simplemente una visita, sino para establecer en ella su morada y quedarse allí.

También Jesús nos revela lo siguiente: "Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros." (153)
El "Paráclito" ("defensor" o "abogado" en griego) es el Espíritu Santo que "mora con nosotros" y "estará" con nosotros para siempre, es decir, también el Espíritu Santo mora en nuestra alma.

Esta presencia real y sobrenatural de las tres Personas de la Trinidad en el alma de los justos se denomina en teología inhabitación de la Trinidad, y se diferencia grandemente de la presencia natural de Dios en todo lo creado, incluyendo al hombre, que se denomina presencia de inmensidad.

Tenemos que hacer aquí una aclaración para evitar confusiones, ya que muchos autores hablan de "inhabitación del Espíritu Santo"; existe una fórmula teológica que se utiliza para facilitar el estudio de la Santísima Trinidad, y es la que se conoce como apropiación.
La apropiación consiste en atribuir a una sola de las tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, una operación o una perfección que es común a las tres. Esto se hace porque así es más fácil de entender la infinita manera de obrar de Dios, ya que atribuyendo a una de las personas ciertas y determinadas perfecciones y operaciones, aunque sepamos que son comunes a las tres Personas, se entiende mejor lo que hay de inteligible para la mente humana en esas perfecciones.

Por ejemplo, en el Credo decimos: "creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra", cuando todopoderoso es también el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres han creado el mundo visible e invisible. Así, por apropiación, decimos que el Padre es omnipotente y creador; el Hijo es la Sabiduría, la Palabra o el Verbo de Dios, y el Espíritu Santo es el amor, el santificador.
Por lo tanto, aunque por apropiación se hable, como lo hace en general el Nuevo Testamento y la Tradición de la Iglesia, de la presencia y acción del Espíritu Santo en el alma en estado de gracia, sepamos que en ella siempre está presente la Trinidad Santísima.

Resulta entonces que la presencia de la Trinidad por inhabitación es una presencia especial, íntima, que nos da la posesión real y verdadera del mismo Ser infinito de Dios. No tendemos ya, en efecto, hacia Dios como algo que esté fuera de nosotros, sino que lo poseemos dentro de nuestra propia alma.

Esta inhabitación de la Trinidad tiene dos objetivos muy especiales para las almas, de un orden muy superior a la presencia natural.
La primera finalidad es que la Santísima Trinidad quiere hacernos participar de su vida íntima divina, y así transformarnos en Dios, no por esencia, sino por participación de esa su misma vida. Quiere transformarnos con su presencia y acción, y volver a darnos la imagen y semejanza con ella, la que el hombre perdió por el pecado original, y sigue desfigurando con sus actuales pecados.

El otro efecto fundamental, que realmente asombra a toda persona, y desborda la razón humana, es que la Santísima Trinidad quiere que seamos capaces de gozar, disfrutar, gustar de la presencia de este divino huésped.

Un destacado teólogo contemporáneo nos dice al respecto:
"Esta es, en toda su sublime grandeza, una de las finalidades más entrañables de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera del pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología del príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, plenamente comprobada en la práctica por los místicos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado más elevado y sublime de la unión mística con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo "extraordinario" a la manera de las gracias "gratis dadas"(o carismas extraordinarios); entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos están llamados a estas alturas, y a ellas llegarían efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la acción santificadora progresiva del Espíritu Santo." (154)

Como vemos es muy categórica esta opinión, compartida por la inmensa mayoría de los especialistas en teología mística actuales. Algunas personas habrán leído u oído hablar de las profundas experiencias de los grandes místicos experimentales, como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Catalina de Siena, la Beata Angela de Foligno, Santa Magdalena de Pazzis, Santa Catalina de Génova, sor Isabel de la Trinidad, Santa Teresita del Niño Jesús y tantísimas almas más.
Tengamos claro desde ahora que hoy, en este mundo, todo fiel cristiano, laico o consagrado, si persevera y es fiel a la "acción santificadora progresiva del Espíritu Santo", está llamado a vivir esta vida de relación íntima y llena de gozos inefables con la Santísima Trinidad que habita en su alma en gracia.

Precisamente la forma de lograr esto en la práctica, en la vida de cada uno, es que esta Santísima Trinidad, a partir de su presencia en el alma, forma en el cristiano un nuevo organismo sobrenatural, que la capacitará para lograr la transformación que le permitirá ir viviendo cada vez más una vida semejante a la suya, dando lugar a esa relación cada vez más íntima y profunda con las tres Personas divinas, de la que nos dan testimonio tantos santos que la han vivido.

El organismo sobrenatural.

Este huésped divino que vino a habitar en las almas que lo reciben, y que es Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, quiere darse plenamente a quien lo hospeda y llevarlo hacia Él, y, en su bondad, se ocupa de completar y perfeccionar nuestra alma, dándonos un organismo sobrenatural, que nos transformará, sin quitarnos nada de lo que pueda haber de bueno naturalmente en nosotros, y nos permitirá elevarnos gradualmente, para que la distancia que nos separa con él sea cada vez menor.
Cuando Dios viene de esta manera al hombre, no es precisamente para permanecer allí inactivo, sino para trabajar desde el interior, para provocar en las almas divinizadas por su presencia actos similares a los que constituyen su propia vida.

Podemos visualizar algunos destellos de lo que esto implica considerando un ejemplo a nivel humano. Pensemos que llega a nuestra casa un huésped muy encumbrado, para quedarse a vivir con nosotros; supongamos que fuera el exponente más alto de la nobleza de nuestra época, por ejemplo el rey de un país europeo muy importante, y que, además, al mismo tiempo fuera el pensador e intelectual más conocido del mundo. De pronto, decide dejar toda su vida actual y se muda, viniendo a vivir a nuestra casa.

Si así fuera el caso, más allá de las diferencias que cada uno podamos tener en cuanto a nuestra cultura, nuestra educación o nuestras costumbres sociales, no hay duda que para la inmensa mayoría de las personas esta situación representaría un "shock", un tomar conciencia de que hay una separación, una diferencia más o menos grande entre nuestro estilo de vida, las comodidades de nuestra casa, su mejor o peor estado, y las habituales de este gran personaje.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera
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