Los efectos de la gracia santificante - 6

¿Qué significa estar en gracia de Dios? ¿Cuáles son sus efectos en nuestras vidas? // Por: Catholic.net | Fuente: contempladores.com

Vimos que la acción de los dones del Espíritu Santo en el hombre implica que éste deje de lado su propia iniciativa humana, y reduzca su actividad a secundar con docilidad las mociones del Espíritu Santo que llegan en forma directa a su razón, en el momento que Dios así lo dispone.

Es muy importante que quede claro esto: los dones del Espíritu Santo funcionan, de alguna manera, como "antenas" receptoras de las mociones que vienen directamente del Espíritu Santo. Pero no son principios de acción, sino que siempre son las virtudes infusas las que producirán las acciones, ya sea las teologales, dirigidas hacia Dios, o las cardinales y sus derivadas, en orden a los medios sobrenaturales necesarios en ese camino de ir hacia Dios. Así encontramos un distinto motor que pone en actividad las virtudes cristianas: pueden estar dirigidas por el hombre, a través de su razón esclarecida por la luz de la fe, o por el Espíritu Santo, a través de la razón del hombre iluminada directamente por los dones del Espíritu Santo.


Este accionar sobrenatural tiene exactamente la misma diferencia que encontramos en el orden natural, en la vida del hombre racional. En el plano humano, generalmente se obra a partir de un razonamiento, que implica meditar sobre una situación determinada, considerando las razones a favor y en contra, evaluando las distintas posibilidades que se tienen, y la probabilidad de éxito de cada alternativa, y, finalmente, se toma una decisión y se ejecuta la acción resultante.

Pero, a veces, se actúa de otra manera, por una inspiración repentina, a modo de "corazonada" o instinto, en donde, sin todo ese proceso de meditación y evaluación, se sigue en el obrar a esta inspiración que llegó de improviso, a modo de un "flash" o relámpago que ilumina la inteligencia e indica qué es lo que se puede hacer.

Esto mismo es expresado muy claramente por el mismo autor citado anteriormente:
"Mientras que en el plano humano, sólo algunos privilegiados geniales -artistas, pensadores, hombres de acción- aparecen intermitentemente como los beneficiarios de una inspiración de lo alto, todos los cristianos, en cambio, si son fieles, son moradas del Espíritu Santo, que les anima con su intervención personal tantas veces cuantas les sea preciso para su salvación. Puede formularse como principio que "cada vez que la razón humana se halla ante una dificultad insuperable por sus propias fuerzas, interviene el Espíritu Santo para inspirarle, por un instinto divino, la solución liberadora".
Todo cristiano que necesita del especial socorro de Dios según su vocación y su misión en la Iglesia, puede contar con la intervención personal e inmediata del Espíritu Santo, como los Apóstoles y sus primeros discípulos." (156)

Con este panorama de la acción de los dones en el alma del cristiano aparece en toda su dimensión la característica más importante de la acción de la gracia en el hombre, si se persevera en el crecimiento y se tiene cada vez más docilidad a la acción profunda del Espíritu Santo: llegará un momento en que, a partir de la acción de los siete dones, la mente del hombre sufrirá una transformación sobrenatural, por la que dejará de funcionar al modo humano, y se moverá según el modo divino.

Allí es donde, a partir de esta transformación prodigiosa, aparece el "hombre nuevo", "adulto espiritual" u "hombre perfecto", según la terminología empleada por san Pablo, o, en definitiva, el santo. San Pablo nos va describiendo la existencia de esta transformación, en la comunidad cristiana o Iglesia, que lleva al "niño espiritual" a ser un "hombre perfecto":

"El mismo (Cristo) "dio" a unos ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error." (157)
Aquí San Pablo diferencia el "niño" cristiano, que es movido y confundido en su razón por las cosas e influencias que llegan del mundo, del "hombre perfecto", que es el que ha alcanzado "la madurez de la plenitud de Cristo". ¿En qué consiste esta madurez? El mismo Pablo lo explica: "Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto." (158)

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera
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