Traduce esta página /Translate

English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

Los efectos de la gracia santificante - 8

¿Qué significa estar en gracia de Dios? ¿Cuáles son sus efectos en nuestras vidas? // Por: Catholic.net | Fuente: contempladores.com

Don de Consejo: es una luz con que el Espíritu Santo inspira al creyente lo que ha de hacer en cuanto a su vida en relación con Dios, dándole a entender pronta y seguramente, por una especie de intuición sobrenatural, lo que conviene hacer o decir, especialmente en situaciones difíciles que rebasan la capacidad de la razón humana.

Los otros dones, que obran sobre la voluntad, son los siguientes:

Don de Fortaleza: perfecciona la virtud de la fortaleza, dando al alma fuerza y energía para poder hacer o padecer alegre e intrépidamente cosas grandes para su salvación o la de los demás, a pesar de todas las dificultades.


Don de Piedad: produce en el corazón un afecto filial sobrenatural para con Dios y las cosas divinas, de manera que el cristiano puede cumplir con gran devoción y alegría sus deberes religiosos y obras de misericordia con el prójimo.

Don de Temor de Dios: lleva a la voluntad del hombre al respeto filial de Dios, y lo aparta del pecado, en cuanto a no ofender a ese Padre amoroso. No es miedo a Dios o al infierno, que puede entristecer o perturbar, sino que es reverencia y respeto por un Dios tan grande y bueno al que no se quiere ofender.

Vamos a aclarar desde ahora algo fundamental: la aparición de la acción de los dones del Espíritu Santo, especialmente de los llamados "dones intelectuales" se va evidenciando a partir de la vivencia de la llamada oración de contemplación infusa, por lo que resulta que la experiencia de este tipo de oración, que muchos creen equivocadamente que está reservada solamente a los así llamados "místicos", se encuentra necesariamente dentro del camino normal y ordinario de la verdadera vida cristiana.
El cristiano que no llega a ser contemplativo, tampoco tendrá "activados" en su vida espiritual los siete preciosos dones del Espíritu Santo, y no podrá alcanzar la verdadera y profunda conversión hacia una vida nueva, que debería ser la consecuencia normal del bautismo.

La oración de contemplación infusa es entonces la "escuela" para conocer y experimentar la acción de los dones del Espíritu Santo, y es tan grande su importancia que le dedicaremos todo el espacio necesario en la Tercera Parte, cuando hablemos de la oración cristiana.

No nos debe preocupar si esto que hemos desarrollado no nos ha quedado del todo claro; lo debemos tomar como una introducción al tema de los dones del Espíritu Santo, ya que en el próximo capítulo, en donde veremos este nuevo organismo sobrenatural en acción, terminaremos por comprender su utilidad, al ver como se manifiestan en la práctica.

La Gracia Actual.

Vamos a ver ahora otro tipo de gracia que viene de Dios. Para ejercitar las facultades sobrenaturales, las virtudes y los dones, se necesita un impulso de Dios, una moción divina que se denomina gracia actual. A su vez, estas gracias disponen al alma a recibir la gracia habitual, cuando no la tiene todavía o la ha perdido.

Sin esta gracia no es posible al hombre, primero, disponerse a la conversión cristiana, ni perseverar después efectivamente en el ejercicio de las virtudes infusas para llegar a la santidad.
Podemos definir la gracia actual diciendo que es aquella que dispone o mueve de manera transitoria, para recibir o actuar los hábitos sobrenaturales infusos (virtudes y dones del Espíritu Santo).

Hay dos diferencias fundamentales entre la gracia habitual y la gracia actual. Veamos cuales son:

a) La gracia habitual (acompañada de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo) es una cualidad permanente o hábito, que produce su efecto de manera continua en el sujeto en que reside, mientras que la gracia actual es una moción que se presenta en un momento dado, con un fin específico, por lo que se llama transeúnte, y su efecto final depende de la docilidad o resistencia que le opone el que la recibe.

b) La gracia habitual produce la disposición para la acción, mientras que la gracia actual es la que empuja y produce la acción misma.

La gracia actual es imprescindible para poner en ejercicio los hábitos infusos de las virtudes y los dones, ya que el esfuerzo puramente natural del alma no puede llevar a operar a principios de acción sobrenaturales, como lo son las virtudes y dones. De aquí resulta que en todo acto de una virtud infusa cualquiera, o en la actuación de los dones, se supone necesariamente que existió una previa gracia actual.

También la gracia actual es necesaria para lograr la disposición necesaria para recibir la gracia habitual, ya sea por no haberla tenido nunca o por haberla perdido por el pecado mortal. La gracia actual trabaja en el espíritu del hombre, generando arrepentimiento y contrición por las culpas, confianza en la misericordia de Dios, temor a las consecuencias del pecado, etc., lo que, si es atendido, produce la disposición para volver a recibir la gracia, por ejemplo por el sacramento de la reconciliación o penitencia.

Según las distintas formas que actúan las gracias actuales, encontramos, entre las más importantes, las siguientes:

Gracias operantes y cooperantes: Dios a veces mueve al hombre a obrar según su propia deliberación, según el modo humano natural. Por ejemplo: si una persona se ha propuesto orar todos los días a una determinada hora, cuando ve que llega ese momento, deja lo que está haciendo, busca un lugar adecuado, y se pone a orar. Aquí actúa una gracia actual cooperante, que ayuda la acción humana para que se haga efectiva, para cumplir con un propósito. Otras veces, la gracia actual obra de modo imprevisto; por ejemplo, estando una persona ocupada en una tarea, recibe de pronto la inspiración de orar, y, dejándolo todo, así lo hace. Esta gracia especial se denomina gracia actual operante, porque actúa en el hombre sin una deliberación expresa, siendo el alma inspirada directamente por Dios, aunque necesita siempre el consentimiento libre de la voluntad humana.

Gracias prevenientes y subsecuentes: las gracias prevenientes suscitan en el hombre buenas ideas o buenos pensamientos, es decir, son gracias previas a los actos del hombre, moviendo y disponiendo a la voluntad. Si no se opone resistencia a esta moción, Dios añadirá otra gracia actual subsecuente, que ayudará acompañando a la voluntad a realizar el acto y dándole la energía necesaria para el mismo.
San Pablo afirma este accionar de la gracia de Dios: "Pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece." (Flp. 2,13).

Resulta de todo esto que la gracia, para que produzca en el cristiano sus efectos, pide siempre su libre cooperación. Dios, que ha creado al hombre libre, respeta de tal modo esa libertad, que, como decía San Agustín, "El que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros."

Compete al hombre acoger las inspiraciones de la gracia actual, seguir dócilmente sus inspiraciones, aún a pesar de los obstáculos, y ponerlas en práctica. Así se transforma en un colaborador de Dios, y su acción será el resultado de la conjunción de la gracia divina y del libre arbitrio humano, ya que la gracia actual es como un impulso de Dios que pone en marcha el organismo sobrenatural dado por la gracia habitual.

Lamentablemente, la inmensa mayoría de las gracias actuales con que Dios llega a los hombres, o no son advertidas, o son desechadas y no seguidas. De ahí la enorme importancia de la oración y de los momentos de recogimiento interior, para comenzar a captar y abrirse a estas mociones que vienen de lo alto.

Conclusiones.

Podemos resumir ahora lo visto en estos dos capítulos, que se trata nada menos que del inmenso tesoro que constituye la gracia recibida en el bautismo cristiano.

En primer lugar, vimos que el hombre se incorpora al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. El individuo que está en el "mundo" es injertado o trasplantado en un verdadero Cuerpo, formando a partir de allí parte integrante de él.
Estando así incorporado, participa de la misma vida de todo el cuerpo, que es la vida misma de su Cabeza, Jesucristo. El hombre pasa a ser hijo adoptivo de Dios, su heredero y hermano de Jesucristo. Se establece entre todos los miembros de este Cuerpo una unión común, llamada Comunión de los Santos, de la que participan los miembros de la Iglesia en su totalidad, formada por la Iglesia militante, es decir, los que están en la tierra, la Iglesia purgante, con los que se están aún purificando después de la muerte, y la Iglesia triunfante, con los santos en la gloria de la presencia de Dios.

Esta vida divina que viene del Cuerpo Místico se difunde en el cristiano incorporado a él, produciéndole dos efectos primordiales: la Santísima Trinidad, Dios mismo, va a habitar en el alma del cristiano, y va a formar en él un nuevo organismo sobrenatural, para que esté capacitado para vivir una vida sobrenatural semejante a la suya. La Trinidad inhabita en el alma, con una presencia real y plena, y el cristiano puede gozar y disfrutar de esta divina presencia.
Esa nueva vida, que implica una novedosa forma de ser y de actuar, un cambio total de su condición humana y natural, es posible vivirla a partir de la acción de las virtudes infusas, que agregan a las capacidades naturales del hombre la posibilidad de realizar actos sobrenaturales.

Las virtudes se ejercen en un principio dirigidas por la misma razón humana del hombre, al modo humano, pero, a medida que el cristiano va creciendo y se va desarrollando en él este nuevo organismo sobrenatural, ira viviendo cada vez más claramente la acción directa en su razón de las mociones del Espíritu Santo, por lo que comenzará a practicar cada vez más asiduamente las distintas virtudes cristianas bajo la dirección inmediata del Espíritu Santo, dejando de lado su proceso natural humano de meditación discursiva.
La acción del Espíritu Santo tiene efecto a través de los dones, que permiten "captar" las mociones que vienen de lo alto, a modo de intuiciones o iluminaciones que acceden directamente al entendimiento y la voluntad. Se producirá allí la transformación del cristiano en adulto espiritual, hombre nuevo o santo, y recién entonces el creyente vivirá la verdadera vida cristiana.

Por último, para poner por obra a través de la acción de las virtudes, los actos que se derivan de ellas, Dios le provee al cristiano un motor divino, un empuje sobrenatural, por la acción de las gracias actuales, que obrarán más y mejor cuanto mayor sea la apertura y docilidad del creyente a las mociones que vienen de Dios.
Ya tenemos todos los elementos para encarar en los próximos capítulos la acción del nuevo organismo sobrenatural en el hombre en estado de gracia.

Referencias:
(141): Catecismo de la Iglesia Católica Nª 978 y 1990(142): Romanos 8,15-17(143): 1 Juan 3,1(144): Juan 3,16(145): Romanos 8,29(146): Mateo 3,17(147): Marcos 9,7(148): Juan 14,21(149): Juan 15,9(150): Juan 15,15(151): Juan 17,22(152): Juan 14,23(153): Juan 14,14-17(154): A. Royo Marín, “Teología de la perfección cristiana”, Parte 1 Cap.2(155): P. M. Philipon, OP, en la introducción de su libro “Los dones del Espíritu Santo”:(156): Idem anterior, 2º Parte, Sección I, Capítulo 2(157): Efesios 4,11-14(158): Romanos 12,2(159): 1 Corintios 2,6(160): 1 Corintios 2,16(161): Gálatas 2,20
Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera
Publicar un comentario

Entradas populares